Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
La casa de los Alvear no había de ser excepción. Pese a la declaración de Ignacio en casa de Manolo: "La Navidad me pone triste", el 25 de diciembre penetró en el piso de la Rambla bajo el signo de la alegría. Carmen Elgazu se había lavado la cabeza la víspera y se levantó radiante, con menos ojeras, revitalizada. "¡Estaría bueno que por mi culpa se estropeara un día como éste!". Matías estrenó un sombrero gris perla e invitó a todos a acariciar su pelusilla, agradable al tacto. Pilar estrenó una pulsera y unos zapatos, y les dijo a Ignacio y a Eloy: "¡A que me llamaríais "guapa" si no fuera de la familia!".
Sin duda contribuyó a la alegría de la casa el número y la calidad de las felicitaciones recibidas. Un montón. Esparcidas sobre la mesa la ocupaban casi por entero y constituían una prueba palpitante de la estimación general de que gozaban los Alvear. Una de dichas felicitaciones era de Julio. Julio García deseaba a sus amigos "mucha prosperidad". Otra era de José Alvear, alias monsieur Bidot. José les deseaba "que lo pasaran fetén". De la abuela Mati se recibió una carta escrita en tinta violeta… carta firmada por todos los Elgazu. Ignacio, personalmente, recibió sendas tarjetas de Moncho, de Cacerola, de Ana María… A Moncho le faltaba curso y medio para terminar Medicina; Cacerola, el cocinero romántico, quería opositar a lo que fuere con tal de poder salir del pueblo; en cuanto a Ana María, le deseaba a Ignacio todo lo bueno que hubiera en el mundo y le comunicaba que había llegado a Barcelona, en calidad de turista, "el guapísimo actor Robert Taylor". "Estoy loca por él, Ignacio. ¿O es que crees que en la tierra no hay mas hombres que tú?".
Por supuesto, entre todas las felicitaciones recibidas destacaba, por su originalidad… la de Manolo y Esther. No era ni estampa, ni tarjeta, ni postal con un paisaje nevado. Era un 'christmas' -"costumbre protestante", según Pilar-, coloreado a mano por la propia Esther y que representaba al Niño Jesús recién nacido, recibiendo en la frente un poderoso rayo de sol. Carmen Elgazu no acabó de comprender que en el 'christmas' no hubiera nieve, sino prados verdes, pero Ignacio le dio la explicación debida. "Parece ser -le dijo a su madre- que eso de que Jesús naciera el 25 de diciembre es una leyenda. Según las últimas investigaciones, más bien se cree que nació en pleno verano". Carmen Elgazu, al oír esto, abrió de par en par los ojos y se santiguó. "Pero ¿habéis oído una barbaridad semejante?". Matías comentó: "Investigamos tanto, que las fiestas acabarán yéndose al carajo".
No existía tal peligro, por lo menos de momento. En el piso de la Rambla el festejo central de la jornada iba a ser el almuerzo, cuyos preparativos dieron lugar a un pequeño incidente. Pilar quería que fueran Mateo y don Emilio Santos quienes compartieran con ellos la mesa; pero Matías e Ignacio entendieron que era obligación ineludible que los invitados de honor fueran tía Conchi, Paz y Manuel. "En todo caso, Mateo y don Emilio pueden venir a última hora". Pilar insistió, pero no tuvo más remedio que ceder. "¿Entonces les digo que vengan a las siete?". "Cuanto más tarde, mejor. ¿No comprendes que sería una insensatez enfrentar a Mateo y a Paz? Se armaría la de San Quintín".
Pleito resuelto. El almuerzo se inició bajo los mejores augurios. Tía Conchi, ¡por fin!, se presentó bien peinada, con pendientes, un limpio chal sobre los hombros y los labios ligeramente teñidos de carmín. Manuel estrenó un traje de ocasión, ¡azul marino!, que el Patronato de Damas les envió, sin haberlo ellos solicitado. En cuanto a Paz, dio el golpe. Las propinas obtenidas en la Feria y el aguinaldo con que la obsequió Dámaso, su patrón, le permitieron exhibir un precioso vestido amarillo y un broche reluciente, broche que arrancó de Pilar una pregunta intencionada: "¿Te ha costado muy caro, si puede saberse?".
Pero lo cierto es que el almuerzo transcurrió jubilosamente. Todo el mundo hizo cuanto pudo para estar a la altura de las circunstancias. Eloy colaboró con Ignacio en la misión de animar la fiesta y cada intervención de Matías, repitiendo cosas oídas en el Café Nacional y contando anécdotas de Telégrafos, era coreada con risas. Risas bañadas primero en vino tinto, luego en vino blanco y por fin en champaña. Los tapones salieron disparados hacia arriba y Carmen Elgazu exclamó cada vez: "¡Jesús! ¡A ver si se nos cae el techo encima!".
Por su parte, Paz estuvo ocurrente. Admitió que pasar de la fábrica de lejía a despachar agua de colonia detrás de un mostrador, era una inconfesable concesión a la burguesía. Ignacio hizo notar que la capacidad autocrítica de la muchacha era ovacionable; Paz negó con la cabeza. Nada de eso. En realidad no se trataba de aburguesarse, sino de oler bien, puesto que estaba enamorada y quería conquistar al mozo de sus sueños. Todo el mundo se interesó por el nombre de tal mozo; ella afirmó que era un secreto que no revelaría a nadie. "Quizá, quizás un día de estos se lo diga a Eloy". A continuación parodió perfectamente a las señoronas de la ciudad que entraban en Perfumería Diana con la pretensión de que por cincuenta pesetas les proporcionaran una cara agradable. "Es pedirle peras al olmo. ¡Las hay que asustan, ésa es la verdad!".
Todo se desarrollaba a plena satisfacción y con lentitud extrema. Tanta lentitud que a la hora del postre abrió brecha en el comedor cierta melancolía. Llevaban ya dos horas en la mesa. Las mejillas se habían coloreado. Matías, disimuladamente, se había desabrochado el cinturón y tía Conchi, poco acostumbrada a tales festines, se había puesto un si es no es alegre. Había eructado un par de veces, pidiendo perdón, y decía cosas extrañas.
– ¿Un poco más de champaña, Matías, eh? ¡Está riquísimo, ea!
La primera rotura se produjo debido precisamente a la cuñada de Matías. De pronto, los ojos de la mujer se humedecieron visiblemente. Todo el mundo lo atribuyó a la bebida, hasta que Paz se dio cuenta de que su madre estaba llorando.
– ¿Qué te ocurre? -le preguntó, en tono amable.
Hízose un respetuoso silencio. Tía Conchi, que había empezado a despeinarse, dijo:
– No me hagáis caso. Es que… -no terminó la frase. Pero su mirada giró en torno al comedor, como buscando algo.
Carmen Elgazu comprendió que la nostalgia había invadido el ánimo de la mujer, precisamente debido a aquel compás de felicidad.
– Anda, Conchi. Que estamos todos reunidos. Que todos te queremos…
– Sí… -sollozó la mujer-. Ya lo sé.
Ignacio se percató de que su tía Conchi tenía bigote, un bigote negro y desagradable. No acertó a intervenir. El pequeño Manuel se compadeció de su madre y con afán de distraerla propuso:
– ¿Queréis que os recite una poesía?
– ¡Sí, sí!
– ¡Bravo, bravo!
Paz miró a su hermano y bromeó:
– ¡Que no sea aquella de Gibraltar…!
Matías soltó una carcajada e Ignacio corroboró: "¡Caray con el Peñón!".
Manuel recitó una poesía navideña alusiva al Niño Jesús, al que llamó "dulce amor mío" y mencionó a los pastores y la mansedumbre de San José. A Paz se le hizo tan raro oír tales cosas en boca de su hermano, que también ella empezó a girar la vista por el comedor. Vio la radio Telefunken; el reloj de la pared; el Sagrado Corazón entronizado; los visillos, sin una mancha. Un ambiente de calor humano muy distinto al que reinaba en aquel lóbrego piso que perteneció al Cojo. Pilar dijo:
– ¡Eloy, Eloy, ahora te toca a ti! ¡Hala, una poesía! Eloy se excusó:
– Yo sólo sé meter goles… -Y como su comentario provocara hilaridad, la mascota del Gerona Club de Fútbol, aupado, se levantó y pegó en el aire un puntapié imaginario.
Paz, que quería mucho a Eloy, aplaudió como los demás. De vez en cuando su mirada se cruzaba con la de Pilar y entonces brotaba una pequeña chispa. Evidentemente, la cosa no era nueva. Desde que Paz llegó de Burgos las dos muchachas no habían hecho más que azuzarse. Por ejemplo, con motivo del éxito de Paz en la caseta de la Feria repartiendo muestras de jabón y perfumes, Pilar no escatimó sus comentarios agresivos. "Es una descocada -había dicho-. Nos dará algún disgusto serio". Por su parte, Paz mantenía el criterio de que Pilar no servía para nada. "Le quitas la camisa azul y el amparo de Mateo y no queda nada. ¡Vendiendo tabaco y chicles la querría yo ver!".