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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Yo me quedo -dijo simplemente. Y miró a Paz con ojos entre suplicantes y decididos.

Algo estalló en el cerebro de la hermosa Paz, en el que el nombre de Mateo martilleaba con extrema dureza.

– ¿Que tú te quedas? ¡Te he dicho que nos vamos!

Manuel permanecía clavado en la silla y había cobrado insólita dignidad.

– Por favor, Paz… No veo por qué he de marcharme yo también…

Y miró con gran afecto a Eloy.

Paz tuvo entonces una salida de tono. ¡El reloj avanzaba! Se sentía en falso y notaba que todos los ojos rebotaban en ella.

– Ya no te acuerdas de Burgos, ¿verdad? -su tono era agrio-. ¡Quédate si quieres! Y cuando suene el timbre de la puerta haces el saludo fascista…

Se hizo un silencio tremendo en el comedor. Conchi llevaba ya el chal en los hombros y se había levantado. Mosén Alberto miraba absurdamente la colilla de su cigarrillo en el cenicero. Fue una despedida penosa. Pilar tuvo que aguantarse para no replicar a su prima. Matías e Ignacio acompañaron a las dos mujeres.

Mientras avanzaban por el pasillo, Ignacio iba repitiendo:

– ¡Esto es una barbaridad!

Paz dijo:

– La culpa es mía. Debí pensar en eso.

Las dos mujeres se marcharon y se oyó su taconeo al bajar la escalera. Matías cerró por fin la puerta y él e Ignacio regresaron al comedor, en cuya mesa las botellas, los platos y los restos de turrón parecían haber envejecido.

Matías tomó asiento. Y entonces todos, sin poderlo evitar, miraron a Manuel con gran respeto: el muchacho, encogido, era la viva estampa de la soledad. Manuel se dio cuenta de ello y de pronto, sintiendo un nudo en la garganta, rompió a llorar sin consuelo.

Nadie decía nada. Ni siquiera Pilar. Poco después Mateo y don Emilio Santos llamaron a la puerta. Pilar se levantó como un rayo. Carmen Elgazu, reaccionando, se compuso el moño. ¡Era preciso disimular!

Eloy, que parecía el más tranquilo, tocó con la mano el brazo de Manuel y le propuso:

– ¿Quieres que vayamos a mi cuarto y juguemos al parchís? Manuel, que continuaba llorando, hurgaba en los bolsillos buscando inútilmente un pañuelo.

E Ignacio pensaba que, en efecto, la Navidad era triste.

CAPÍTULO XXVIII

Pasó el fin de año -Ignacio cumplió los veintitrés- y llegó el 6 de enero de 1940, festividad de los Reyes Magos. Sin saber por qué, la conmoción fue en Gerona más explosiva y jubilosa aún que la de Navidad. Probablemente se debía a que los mayores, al cabo de tres años de no ofrecer a los pequeñuelos más que cartuchos y bombas, podían por fin obsequiarlos -confirmando con ello el vaticinio hecho por la abuela Mati- con las fantasías llegadas de Oriente, y con juguetes.

La Asociación de Padres de Familia organizó para la víspera la Gran Cabalgata: Gaspar, Melchor y Baltasar, montados a caballo -tres varones barbudos, uno de los cuales, el tiznado, era José Luis Martínez de Soria-, desfilaron por las calles céntricas y detrás de ellos la infinita comitiva de los niños llevando en la mano el clásico farolillo encendido. El espectáculo arrancó dulces lágrimas a la esposa del profesor Civil, que quiso levantarse de la cama y asomarse al balcón para presenciar el luminoso acontecimiento.

Otro solemne acto fue el de la entrega de premios del "Concurso de Juguetes Patrióticos" convocado por las Organizaciones Juveniles. Ganó el primer premio nada menos que el hijo mayor del jefe de Telégrafos, con una miniatura, realmente asombrosa, del crucero Baleares. El segundo premio correspondió a la hija de un ferroviario, con un tren militar que hubiera hecho las delicias de don Anselmo Ichaso. ¡El tercer premio se lo llevó 'El Niño de Jaén', con un minúsculo avión de caza bautizado con el nombre de García Morato! Sí, el gitanillo "bailaor" de la calle de la Barca había elaborado, con el asesoramiento de sus dos grandes amigos, el barbero Raimundo y el patrón del Cocodrilo, aquel avión, que planeaba como los ángeles y que se posaba en el suelo con magnífica serenidad. Mateo entregó los trofeos. A 'El Niño de Jaén' le correspondió una copa que decía: "¡Arriba España!".

Otro emotivo acto fue el obsequio de juguetes a los niños y niñas acogidos en los comedores de Auxilio Social. El profesor Civil, Delegado Provincial, presidió la ceremonia; pero los encargados de la entrega -lápices de colores, caballos de cartón, peonzas, ¡muñecas!- fueron los hijos del Gobernador, Pablito y Cristina, quienes representaban el afán protector de las autoridades. Pablito mostró cierta incomodidad en el transcurso del acto; en cambio, Cristina, que era un pequeño poema de carne, se sintió importante, hada buena. A veces al entregar el juguete se equivocaba y decía: "De parte de papá". En tales ocasiones Pablito le daba un codazo y le susurraba, rectificando: "No seas boba. De parte de los Reyes Magos".

Sin embargo, la idea cumbre de la jornada la tuvo el señor obispo, doctor Gregorio Lascasas. El señor obispo, que guardaba en Palacio, como una reliquia del período 'rojo', aquella imagen del Niño Jesús que el anarquista Porvenir, en el frente de Aragón, había vestido de miliciano -con un gorro a lo Durruti, un pitillo en la boca y dos pistolones en el cinto-, pensó que podía organizar con ella una Acción Reparadora. Tratábase de hacer desfilar delante de la imagen a todos los niños de todos los colegios de la ciudad. "El día de Reyes es el apropiado -manifestó el prelado-, por ser el día de la Adoración". Las instrucciones que al efecto cursó a los colegios religiosos y a los maestros señalaban que la concentración tendría lugar en la iglesia de San Félix, a las doce en punto de la mañana.

La Acción Reparadora se llevó a cabo y se hablaría de ella durante mucho tiempo, por el impacto que produjo en la mente de los niños. A la hora convenida la iglesia de San Félix cobijó a la mayor asamblea infantil que recordaba la ciudad. La imagen profanada por Porvenir fue colocada, sin quitarle siquiera el pitillo, en el altar mayor, sobre una alta peana, con la sola escolta de dos cirios temblorosos. Y empezó el desfile. Desfile mucho más nutrido y ostentoso que el de los farolillos y durante el cual reinó en el templo un silencio casi fantasmal. El pasmo de los niños, al encontrarse ante aquel Niño Jesús con gorro chulesco y dos pistolas, era absoluto. No sabían si arrodillarse, si pegar un grito o echarse a llorar. Mosén Falcó, encargado de mantener el orden, de pie en el presbiterio iba repitiendo: "genuflexión, genuflexión…" Así lo hacían los chicos, uno por uno, enredándose en sus propios pies. Asunción, la maestra, que estaba también en el presbiterio, experimentó tan intensa emoción que, acercándose al dinámico consiliario, le sugirió al oído: "¿No le parece a usted que deberíamos cantar el Credo?". Mosén Falcó negó con la cabeza. "Es mucho mejor el silencio". Y continuó con su sonsonete: "genuflexión, genuflexión", hasta que el último niño -precisamente Félix Reyes, el hijo del ex cajero del Banco Arús- hubo hincado la rodilla.

Terminada la "adoración" el párroco del templo, que era un santo varón, subió al pulpito y dirigió una plática muy poética aludiendo a la festividad del día, al oro, al incienso y a la mirra que trajeron los Reyes Magos, prédica que cerró con algo insólito: con una oración por el alma de quienes fueron capaces de ponerle dos pistolones al Niño Jesús.

Fue una decisión espontánea, que provocó luego muchas controversias. Realmente, era aquélla la primera vez que desde un pulpito un sacerdote se acordaba de rezar por los vencidos. Hasta ese día, y de ello el padre Forteza había pensado hablarle también al señor obispo, sólo se había rezado "por el eterno descanso de los caídos por Dios y por España".

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