Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 219
Перейти на страницу:

La última de las personas triunfantes fue el padre Forteza. No sólo porque organizó en las Congregaciones Marianas un "Concurso de piropos a la Virgen" -que tuvo gran resonancia y que fue ganado por un hijo del Delegado de Hacienda, un joven congregante llamado Álvaro-, sino porque cada tarde, sin faltar una sola, se fue a la Gran Vía a deambular por entre las atracciones y las barracas. Por desgracia, dada su condición sacerdotal no podía entrar en todas partes, no podía verlo todo; pero apuró hasta el límite sus posibilidades. Prefería, desde luego, recorrer sin compañía la Feria; sólo en una ocasión accedió al ruego de Alfonso Estrada y visitó con éste la Caverna del Miedo, en cuyo antro una serie de monstruos y de esqueletos fosforescentes los asustaron rozándoles la cabeza. Lo demás, el padre Forteza lo visitó por su cuenta. Y así presenció una y otra vez la fantasía de la Gran Noria, que subía casi hasta el cielo. Y asistió, rodeado de chicos, a múltiples sesiones de títeres, aplaudiendo a rabiar cuando el diablo era apaleado al final. También le gustaba detenerse ante el sencillo aparato en el que, si el puñetazo era certero, se encendía la luz de arriba; comprobando que los hombres fuertes solían ser bajitos y anchos de espaldas. Su vagabundeo era espasmódico y fruto de la improvisación. Pasaba rápido delante de los barracones de tiro -no le gustaba que los mozos apretaran el gatillo- y en cambio se detenía largo rato ante las pistas de los autos de choque -la Comisión de Festejos consiguió la energía eléctrica necesaria-, donde los desconocidos y los enamorados se perseguían y se embestían con o sin mala intención. El padre Forteza, con sus ojeras, su barbilla afilada, a causa de las disciplinas, y sus calcetines blancos seguía siendo el gran apasionado de lo imprevisible y por ello las enormes ruedas del "siempre toca", en las que lo mismo podía uno llevarse una olla, que una muñeca, que un peine, lo hacían feliz. Al señor obispo no le hubiera gustado nada saberlo por allí; pero en cambio los procaces clientes de la caseta regentada por Paz y las chicas descaradas lo pasaban en grande al localizar una sotana. "¡Mira el curita! ¿Qué andará buscando?". Poca cosa. Buscaba poca cosa. Si acaso, algodón dulce, de ese que brotaba de la nada, como las tentaciones. O almendras garapiñadas. O compadecer por igual, porque estaban enjaulados, a las fieras del Circo y a los pajaritos que adivinaban el porvenir. O contemplar a los prestidigitadores o a un pobre feriante que no tenía otra mercancía que ofrecer que dos paquetes de tabaco y seis caramelos sobre un cajoncito de madera. ¡Ah, claro, la Feria era también antidemocrática! En ella existían leones y palomas, domadores y esclavos, opulencia y mendicidad. Pero lo extraordinario, lo que hacía del padre Forteza un espectador de especie única, era que le gustaba visitar la Feria también al amanecer, cuando no había nadie, sólo algunas lonas cubriendo todo lo que durante el día hacía reír. La Feria a la luz vagarosa del alba le conmovía extrañamente. Tenía la impresión de que las mudas barracas, los tiovivos, los anuncios tenían frío a aquella hora, como lo tuvo Mateo al pisar la escarcha de las rutas de España, rumbo a El Escorial. Los perros olisqueaban entre los residuos y los cucuruchos de papel y pasaba fugaz alguna que otra rata. Unos y otros se comían el cadáver de lo que la víspera fue algarabía y pasión. ¡Ah, no importaba! Al mediodía todo volvería a rutilar. "¡Siempre toca!". "¡Pasen, señoras, pasen!". El padre Forteza soltó en aquellas fiestas de San Narciso, grandes carcajadas, como las que soltaba a veces ante el Sagrario pensando y sintiendo la magnificencia de Dios. No creía que el contacto con lo liviano y pueril le dañara el alma. Todo lo contrario. Por otra parte ¿era liviano que un hombre se ganara la vida tragándose ante el público enhebradas hojas de afeitar? ¿Y era pueril la galería de espejos deformantes? ¡De ningún modo! Especialmente esos espejos representaban en el fondo las diversas verdades de la vida y los diversos yo que cada hombre cobijaba inevitablemente en su interior. Espejos cóncavos, que lo convertían a uno en el elegante y espigado doctor Chaos. Espejos convexos, que lo convertían a uno en el barrigudo patrón del Cocodrilo. El padre Forteza, jugando frente a aquellos cristales, pasaba en un santiamén de la cordura al disparate, de lo angélico a lo demoníaco. Igual que, a lo largo del día, le ocurría con la conciencia.

Bueno, y el caso es que, entre norias, algodón dulce y melancolía de las barracas al amanecer, llegó el momento de clausurar la Feria. Ahí el triunfo correspondió a la Junta en pleno del Casino de los Señores: el baile de gala. Celebróse en el Casino el tradicional Baile de Gala, que más tarde Amanecer calificaría de "manifestación de buen gusto y sano esparcimiento". ¡Cómo relucieron las lámparas, lámparas que el Responsable, milagrosamente, había respetado! ¡Qué hermosos vestidos estrenaron las señoras y las hijas de las señoras! ¡Qué buen servicio de bar, según apreciación del capitán Sánchez Bravo! Hasta las mesas de póquer -perdición del camarada Rosselló- fueron arrinconadas en el salón de billar al objeto de ganar espacio. Todo se abarrotó, excepto la biblioteca, instalada en el piso de arriba. La biblioteca estaba siempre desierta, lo mismo si los de abajo celebraban la conquista de Huesca por los milicianos 'rojos' que si celebraban la paz de Franco.

También en el baile de gala hubo triunfadores. En primer lugar, los músicos de la Gerona Jazz, que el 18 de julio hicieron su presentación en la Piscina, en honor de los productores. No sólo el trompeta Damián transportó a las parejas a un mundo irreal, sino que el contrabajo, un hombre ya mayor, llamado Ambrosio, hizo un solo -¡con qué brío pulsó las durísimas cuerdas!- que dejó pasmados a los asistentes. ¡Un solo de contrabajo! No se había oído eso en Gerona todavía. Por otra parte, los músicos estrenaron chaquetón escarlata y corbata de seda del mismo color, e impusieron un nuevo ritmo, la Conga, que consistía en ponerse todos en fila india, asiéndose por la cintura, y en avanzar y dar vueltas moviendo las caderas a placer.

Triunfó, ¡cómo no!, Pila-. Su traje rosa, el que le confeccionaron las hermanas Campisto, gustó a todo el mundo, excepto a Ignacio, que lo encontró ligeramente rural. El Gobernador la felicitó: "Estás preciosa", le dijo. Por su parte, la muchacha, que estaba muy excitada, le susurró a Mateo: "Es como mi presentación en sociedad". Y Mateo, que sentía cómo sus manos se derretían al contacto con el talle tembloroso y joven de Pilar, le contestó, también al oído: "Tenemos que casarnos cuanto antes". Triunfó también, ¡no faltaría más!, doña Cecilia, la esposa del general. Estrenó otros guantes blancos, otro collar y un traje muy escotado. "No se preocupe -le dijo Manolo, acariciándose su barbita de abogado independiente-. El señor obispo sólo está en contra de los escotes en los bailes populares". Doña Cecilia soltó una carcajada. "¡Qué picarón eres, Manolo, qué picarón!". Triunfó Marta. ¡Por fin Ignacio pudo verla sin el uniforme de Falange! Traje negro, tal vez austero en exceso, pero exquisito. "Estás preciosa, Marta". "¿Lo dices de veras, Ignacio? Cuando me piropeas nunca sé si lo haces en serio o en broma". Triunfó María del Mar, la esposa del Gobernador, con sus ojos glaucos y sus buenas maneras. María del Mar iba de un lado para otro como haciendo los honores de la casa. El general inició con ella el baile, y los asistentes estallaron en una cálida ovación. Por último, triunfó también, inesperadamente, Adela, la guapetona mujer de Marcos. Aquella fue su noche: había luchado lo suyo para que su marido fuera admitido en calidad de socio en el Casino y por fin lo había conseguido. Gracias a ello podía, ¡ya era hora!, codearse con la buena sociedad. Sus brazaletes tintineaban como los de doña Amparo Campo y era evidente que los hombres no le quitaban ojo. Triunfó en toda la línea. Marcos era feliz viéndola pasar de brazo en brazo y repartiendo miradas lánguidas. "Espero -dijo- que eso la tranquilizará por una semana".

1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 219
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)