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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¡Oh, me da lo mismo! -dijo ella, cansadamente,-. Si no vas a hacerme daño, ¡haz lo que quieras!

– Deberías ser más cariñosa, Meg.

– ¿Para qué?

Él se excitaba de nuevo; hacía dos años que no había tenido tiempo ni energía para ello. ¡Oh! Era agradable estar con una mujer, excitante y prohibida. En realidad, no se sentía casado con Meg; era lo mismo que darse un revolcón en la dehesa, detrás de la taberna de Kynuna, o sujetar a la vigorosa señorita Carmichael contra la pared del esquiladero. Y Meg-gie tenía hermosos senos, firmes gracias a su ejercicio ecuestre, tal como a él le gustaban, y prefería la sensación de su pene desnudo entre los vientres de los dos. Los preservativos reducían mucho la sensibilidad del hombre, pero, el hecho de no ponérselo, podía provocar contratiempos.

Como él observaba una actitud pasiva, tenía tiempo para pensar. Y entonces a Meggie se le ocurrió una idea. Despacio y con el mayor disimulo posible, se colocó de manera que él se encontrase en su parte más dolorosa, y, respirando profundamente para cobrar valor, forzó la entrada del miembro, apretando los dientes. Y, aunque le dolió, fue menos que las otras veces. Sin la funda de goma, era más fácil de soportar.

Luke abrió los ojos. Trató de empujarla, pero, ¡ay!, nunca lo había hecho de esta manera, y la diferencia era increíble. Estaban tan unidos, y él tan excitado, que no pudo rechazarla. Después, la besó cariñosamente.

– ¿Luke?

– ¿Qué?

– ¿Por qué no podemos hacerlo siempre así? Entonces, no tendrías que ponerte eso..

– No deberíamos haberlo hecho, Meg. (Estaba encima de ti en el momento preciso.

Ella se inclinó sobre él y le acarició el pecho.

– Pero, ¿no lo ves? Estoy sentada, y todo saldrá igual que entró. ¡Oh, Luke, por favor! Así es mucho más agradable y duele mucho menos. Estoy segura de que no pasará nada. ¡Por favor!

¿Qué ser humano habría podido resistir la repetición de un placer tan perfecto, ofrecido de un modo tan plausible? Luke asintió con la cabeza, como Adán, pues, en aquel momento, estaba mucho menos informado que Meggie.

– Supongo que es verdad lo que dices, y es mucho más agradable para mí cuando no te resistes. Está bien, Meg, en adelante lo haremos de esta manera.

Y ella sonrió satisfecha en la oscuridad. Porque no había salido todo, sino que, cuando él se había apartado, había contraído todos sus músculos internos, como haciendo un nudo, y había cruzado las rodillas casualmente, pero con toda la determinación de que era capaz. Bueno, mi bravo caballero, ¡ahora será la mía! Espera a ver, Luke O'Neill! ¡Voy a tener un hijo, aunque me cueste la vida!

Lejos del calor y de la humedad de la llanura costera, Luke se reponía rápidamente. Como se alimentaba bien, empezó a recobrar el peso que necesitaba, y su piel perdió el enfermizo color amarillo y volvió a ser morena como de costumbre. Con el señuelo de una Meggie ansiosa y complaciente en la cama, no fue demasiado difícil convencerle de alargar las dos semanas proyectadas hasta tres y, después, hasta cuatro. Pero, al cabo de un mes, él se rebeló.

– Ya no hay excusa, Meg. Estoy mejor que nunca. Y aquí seguimos como unos reyes, gastando dinero. Ame me necesita.

– ¿Por qué no lo piensas, Luke? Si lo quisieras de veras, podrías comprar la finca ahora mismo.

– Esperemos un poco más, Meg.

Desde luego, no quería confesarlo, pero llevaba el cebo del azúcar en la sangre, la extraña fascinación que sienten algunos hombres por los trabajos más duros. Mientras el joven marido conservase su vigor, permanecería fiel a la caña de azúcar. Lo único que Meggie podía esperar era obligarle a cambiar de idea dándole un hijo, un heredero de la propiedad de los alrededores de Kynuna.

Y así volvió ella a Himmelhoch, a esperar a ver lo que pasaba. ¡Señor, que tenga un hijo! Un hijo lo resolvería todo. ¡Haz que lo tenga, Señor! Y, en efecto, lo llevaba en su seno. Cuando se lo dijo a Añne y a Luddie, éstos se alegraron muchísimo. Luddie, en particular, resultó ser un tesoro. Era maestro en el arte del fruncido y el bordado, dos labores que Meggie no había tenido nunca tiempo' de aprender, y así, mientras él introducía la fina aguja en la delicada tela, con sus callosas y mágicas manos, Meggie ayudaba a Anne a preparar la canastilla.

Lo único malo era que el niño no se presentaba bien, ya fuese a causa del calor o de la infelicidad de la madre; Meggie no habría sabido decirlo. Los mareos de la mañana se prolongaban durante todo el día, y continuaron mucho después del tiempo en que normalmente hubiesen tenido que cesar. A pesar de un ligero aumento de peso, ella empezó a sufrir de un exceso de fluidos en el cuerpo, y la presión sanguínea aumentaba hasta el punto de que el doctor Smith se alarmó. Al principio, habló de trasladarla al hospital de Cairns para que pasara allí el resto de su embarazo, pero, después de reflexionar largamente sobre su situación, sin marido y sin amigos, resolvió que era mejor que se quedase con Luddie y Anne, que cuidarían de ella. Sin embargo, debería pasar en Cairns las tres últimas semanas de embarazo.

– ¡Y procure que su marido venga a verla! -le gritó a Luddie.

Meggie había escrito en seguida a Luke, para decirle que estaba embarazada, con el normal convencimiento femenino de que, sabiendo que la cosa no tenía remedio, Luke acabaría por sentirse entusiasmado. La carta de contestación apagó estas ilusiones. Luke se hallaba furioso. Para él, el hecho de ser padre sólo significaba que tendría dos seres improductivos a los que alimentar, en vez de no tener ninguno. Fue una pildora amarga para Meggie, pero se la tragó, porque no tenía más remedio. "Ahora, el hijo que esperaba la ataba a él con tanta fuerza como su orgullo.

Pero se sentía enferma, desvalida, abandonada; como si el propio hijo no la amase, no quisiera haber sido concebido, no deseara nacer. Podía sentir en su interior las débiles protestas de la diminuta criatura que no quería llegar a ser. Si hubiese podido soportar el viaje de tres mil kilómetros en ferrocarril, se habría marchado a casa, pero el doctor Smith sacudió enérgicamente la cabeza en ademán negativo. Un viaje en tren de una semana o más, aunque fuese por etapas, significaría el fin para la criatura. Por rnuy afligida y desesperada que estuviese, Meggie no haría conscientemente nada que pudiera perjudicar a su hijo. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, su entusiasmo y su afán de tener a alguien a quien amar, se marchitaba en su interior; aquel diablillo era cada día más pesado, más ingrato.

El doctor Smith volvió a hablar de su traslado a Cairns; no estaba seguro de que Meggie pudiese sobrevivir al parto en Dungloe, donde sólo contaban con un dispensario de pueblo. La presión sanguínea era rebelde, y el exceso de líquidos seguía aumentando; habló de toxemia y de eclampsia, y pronunció otras largas palabras médicas que asustaron a Anne y a Luddie, obligándoles a acceder, por mucho que anhelasen ver nacer un niño en Himmelholch.

A fines de mayo, sólo faltaban cuatro semanas, cuatro semanas para que Meggie pudiese librarse de su intolerable carga, de aquel hijo desagradecido. Empezaba a odiarle, a odiar ai propio ser que tanto había deseado antes de descubrir las complicaciones que traería consigo. ¿Por qué había presumido que Luke miraría con ilusión a su hijo, cuando su existencia fuese una realidad? Nada en su actitud ni en su conducta, desde su matrimonio, indicaba que sería así.

Ya era hora de que admitiese que todo había sido un desastre, de que renunciara a su orgullo y tratara de salvar lo que pudiese de la ruina. Se habían casado por razones indignas: él, por su dinero; ella, para huir de Ralph de Bricassart, pero tratando, al mismo tiempo, de retener a Ralph de Bricassart. Nunca habían estado enamorados, y el amor era lo único que habría podido ayudarles, a ella y a Luke, a superar las enormes dificultades creadas por sus diferentes objetivos y deseos.

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