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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Sí, Alteza. Dos.

—Entonces dad gracias a los dioses por que yo no sea Robert. Mi dulce reina es la única mujer que deseo. —Renly extendió la mano para ayudar a Margaery a ponerse en pie—. Hablaremos cuando hayáis tenido ocasión de descansar, Lady Catelyn.

Renly y su esposa se dirigieron hacia el castillo, mientras su mayordomo guiaba a Catelyn hacia el pabellón de seda verde del rey.

—Si necesitáis cualquier cosa sólo tenéis que pedirla, mi señora.

A Catelyn no se le ocurría qué habría podido necesitar que no estuviera ya allí. El pabellón era más grande que los comedores de más de una posada, y contaba con todos los detalles para que resultara acogedor: cojines de plumas y mantas de piel, una bañera de madera y cobre tan grande que cabían dos personas, braseros para espantar el frío de la noche, sillas plegables de cuero, una mesa para escribir con plumas y un tintero, cuencos con melocotones, peras y ciruelas, una jarra de vino con un juego de copas de plata, arcones de roble que contenían las ropas de Renly, libros, mapas, juegos de mesa, un arpa alta, un arco largo y un carcaj de flechas, un par de halcones de cetrería con colas rojas, y una auténtica armería con las armas más hermosas.

«Este Renly no se priva de nada —pensó al mirar a su alrededor—. No es de extrañar que su ejército avance tan despacio.»

Junto a la entrada montaba guardia la armadura del rey, color verde bosque, con los accesorios repujados en oro, y el yelmo coronado por unas enormes astas doradas. El acero estaba tan pulido que veía su reflejo en la coraza, una imagen que le devolvía la mirada como si se estuviera contemplando en un profundo estanque de aguas verdes. «El rostro de una mujer ahogada —pensó Catelyn—. ¿Puede alguien ahogarse en el dolor?» Se dio la vuelta bruscamente, enfadada por su fragilidad. No tenía tiempo para permitirse el lujo de la autocompasión. Debía limpiarse el polvo del cabello y cambiarse las ropas por un atuendo más adecuado para un banquete real.

Ser Wendel Manderly, Lucas Blackwood, Ser Perwyn Frey y el resto de sus acompañantes nobles fueron con ella al castillo. La gran sala de la fortaleza de Lord Caswell sólo era grande por pura cortesía, pero en los atestados bancos se hizo sitio, entre los caballeros del propio Renly, para los hombres de Catelyn. A Catelyn se le asignó un lugar en el estrado entre Lord Mathis Rowan, con su rostro congestionado, y el campechano Ser Jon Fossoway, de los Fossoway de la manzana verde. Ser Jon gastaba bromas todo el tiempo, mientras que Lord Mathis le preguntó con cortesía por la salud de su padre, su hermano y sus hijos.

Brienne de Tarth había ocupado un asiento en uno de los extremos de la mesa. No se ataviaba como una dama, sino que había elegido prendas de caballero: un jubón de terciopelo rosa y azur, calzones, botas y un hermoso cinturón para la espada, y su nueva capa arco iris cubriéndole la espalda. Pero ningún atuendo podía disimular su físico vulgar: las grandes manos pecosas, el rostro ancho y plano, los dientes salientes… Sin la armadura, hasta su cuerpo era feo, de caderas anchas y miembros gruesos, con hombros musculosos pero sin pechos. Y en cada uno de sus gestos era obvio que Brienne lo sabía y sufría por ello. Sólo hablaba si le hacían una pregunta, y rara vez levantaba la vista de la comida.

Porque comida había en abundancia. La guerra no había afectado a la legendaria generosidad de Altojardín. Mientras los bardos cantaban y los saltimbanquis hacían cabriolas, el banquete se abrió con unas peras al vino y prosiguió con rollitos crujientes de pescado a la sal, y capones rellenos de cebollas y setas. Había grandes hogazas de pan moreno, montañas de nabos, maíz y guisantes, jamones inmensos, gansos asados, y platos rebosantes de venado guisado con cerveza y centeno. A la hora del postre, los criados de Lord Caswell sirvieron bandejas de dulces hechos en las cocinas del castillo, cisnes de crema y unicornios de azúcar, pastelillos de limón en forma de rosa, galletas de miel especiadas, tartas de moras, tartaletas de manzana y ruedas de queso cremoso.

Las comidas tan pesadas daban náuseas a Catelyn, pero no iba a mostrar su fragilidad cuando había tantas cosas que dependían de su fortaleza. Comió con frugalidad, mientras observaba a aquel hombre que pretendía ser rey. Renly estaba entre su novia, a la izquierda, y el hermano de ésta, a la derecha. Aparte del vendaje blanco de la frente, Ser Loras no parecía tener lesiones tras el enfrentamiento de aquel día. Y desde luego era tan atractivo como Catelyn había imaginado. Cuando no estaba semiinconsciente, sus ojos eran vivaces e inteligentes, y su cabellera era una mata natural de bucles castaños que más de una doncella envidiaría. En vez de la capa desarrapada del torneo llevaba una nueva, la de seda brillante a franjas de colores propia de la Guardia Arcoiris de Renly, abrochada con la rosa dorada de Altojardín.

De cuando en cuando el rey Renly ofrecía a Margaery algún bocado exquisito con la punta de su daga, o se inclinaba para depositarle sobre la mejilla un ligerísimo beso, pero era con Ser Loras con quien compartía la mayor parte de las bromas y las confidencias. Era evidente que el rey disfrutaba con la comida y con la bebida, pero no parecía glotón ni borracho. Reía a menudo y de buena gana, y hablaba con tanta simpatía a los nobles como a las doncellas.

Algunos de sus invitados no eran tan moderados. Para el gusto de Catelyn bebían demasiado y se pavoneaban a gritos. Los hijos de Lord Willum, Josua y Elyas, discutían acaloradamente sobre cuál de los dos sería el primero en traspasar las murallas de Desembarco del Rey. Lord Varner mecía sobre sus rodillas a una criada, tenía la nariz metida en su cuello mientras exploraba por debajo de su corpiño con una mano. Guyard el Verde, que se creía buen cantante, tañía un arpa y los obsequió con unos versos acerca de leones y cómo hacer nudos con sus mechones, algunos de los cuales hasta rimaban. Ser Mark Mullendore tenía un mono blanco y negro y le daba de comer de su plato, mientras que Ser Tanton, de los Fossoway de la manzana roja, se subió a la mesa y juró que mataría a Sandor Clegane en combate singular. El juramento habría sido considerado más solemne si Ser Tanton no hubiera tenido el pie dentro de una fuente de salsa mientras lo formulaba.

El momento cumbre de tanta estupidez llegó cuando apareció un bufón regordete haciendo cabriolas, vestido con hojalata dorada y una cabeza de león hecha de tela, y empezó a perseguir a un enano por las mesas al tiempo que le golpeaba la cabeza con una vejiga. Por fin el rey Renly le preguntó por qué golpeaba a su hermano.

—¿No se nota, Alteza? ¡Soy el Matapeques!

—¡Es el Matarreyes, bufón idiota! —exclamó Renly, y la sala entera prorrumpió en carcajadas.

—Qué jóvenes son todos —dijo Lord Rowan. Sentado al lado de Catelyn, no participaba del regocijo general.

Y así era. El Caballero de las Flores no había llegado ni a su segundo día del nombre cuando Robert mató al príncipe Rhaegar en el Tridente. Pocos de los presentes le llevaban muchos años. No habían sido más que bebés durante el saqueo de Desembarco del Rey, y apenas niños cuando Balon Greyjoy inició la rebelión en las Islas del Hierro.

«Aún no han visto sangre —pensó Catelyn, viendo cómo Lord Bryce incitaba a Ser Robar a que hiciera malabarismos con unas cuantas dagas—. Para ellos esto no es más que un juego, un inmenso torneo, no ven más que la oportunidad de conseguir gloria, honores y botín. Son niños borrachos de canciones y leyendas, y como todos los niños, se creen inmortales.»

—La guerra los hará crecer —dijo Catelyn—. Como nos pasó a nosotros. —Ella también era una niña cuando Robert, Ned y Jon Arryn alzaron a sus vasallos contra Aerys Targaryen, y una mujer cuando la guerra terminó—. Los compadezco.

—¿Por qué? —le preguntó Lord Rowan—. Miradlos bien. Son jóvenes y fuertes, están llenos de vida y risas. Y también de lujuria, claro; tanta que no saben qué hacer con ella. Esta noche se concebirá más de un bastardo, podéis estar segura. ¿Por qué los compadecéis?

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