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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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El estandarte de Renly colgaba por encima de los demás. En la cima de su torre de asedio más alta, una inmensidad de roble con ruedas cubierta de pieles, pendía el estandarte de guerra más grande que Catelyn había visto jamás, un paño de tal tamaño que podía alfombrar muchas salas, todo dorado, con la silueta negra del venado coronado de los Baratheon en medio, sobre las patas traseras, erguido, orgulloso.

—¿Oís ese ruido, mi señora? —preguntó Hallis Mollen, que se había acercado a ella al trote—. ¿De qué se trata?

Prestó atención. Gritos, relinchos de caballos, el clamor del acero, y…

—Aplausos —dijo.

Habían estado cabalgando por una suave pendiente en dirección a unos pabellones de brillantes colores alzados en la cima. Al pasar entre ellos se encontraron con que había muchos más hombres, y con que los sonidos eran más fuertes. Y, entonces, lo vio todo.

Abajo, entre los muros de piedra y madera de un pequeño castillo, estaba teniendo lugar un torneo cuerpo a cuerpo.

Habían despejado un campo para justas, y había vallas, estrados y vallas basculantes. Los espectadores eran cientos, tal vez miles. Por el aspecto del lugar, arrasado, embarrado, lleno de restos de armaduras y trozos de lanzas, llevaban allí un día o más, pero al parecer se aproximaba el final. Sólo quedaban una veintena de caballeros montados, que cargaban unos contra otros y se atacaban entre los aplausos y gritos de ánimo de los espectadores y los combatientes descabalgados. Catelyn vio cómo dos corceles con armaduras completas chocaban entre el estruendo del acero y la carne.

—Un torneo —señaló Hal Mollen. Tenía un don natural para anunciar lo evidente.

—Espléndido —dijo Ser Wendel Manderly al ver a un caballero con capa arco iris volviéndose para asestar un golpe de revés, que destrozó el escudo de su perseguidor y lo hizo caer de los estribos.

La multitud que tenían delante hacía imposible que siguieran avanzando.

—Lady Stark —dijo Ser Colen—, si vuestros hombres tienen la bondad de aguardar aquí, iré a presentaros al rey.

—Como vos digáis.

Dio la orden de detenerse, aunque tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del estrépito del torneo. Ser Colen hizo avanzar muy despacio a su caballo entre la multitud, abriendo un camino para Catelyn. El gentío rugió cuando un hombre de barba roja sin casco, con un grifo pintado en el escudo, cayó ante un corpulento caballero de armadura azul. Su acero era de color cobalto oscuro, hasta la maza sin puntas que manejaba de manera tan mortífera, y su montura lucía los jaeces con el blasón cuarteado del sol y la luna, símbolo de la Casa Tarth.

—Malditos sean los dioses, Ronnet el Rojo ha caído —maldijo un hombre.

—Loras se encargará del de azul… —le respondió otro antes de que el rugido de la multitud ahogara el resto de sus palabras.

Había caído otro hombre, que quedó atrapado bajo su caballo herido, y ambos lanzaban alaridos de dolor. Los escuderos corrieron a prestarles auxilio.

«Esto es una locura —pensó Catelyn—. Renly tiene enemigos de verdad por todas partes, la mitad del reino está en llamas, y él aquí, jugando a la guerra como un niño con su primera espada de madera.»

Las damas y señores de las galerías estaban tan absortos en el combate cuerpo a cuerpo como los hombres a nivel de suelo. Catelyn los conocía bien. Su padre había visitado a menudo a los señores sureños, y no pocos de ellos acudieron también como invitados a Aguasdulces. Reconoció a Lord Mathis Rowan, más corpulento y sonrosado que nunca, con el árbol dorado de su Casa bien visible en su jubón blanco. Más abajo se sentaba Lady Oakheart, menuda y delicada, y a su izquierda Lord Randyll Tarly de Colina Cuerno, con su famoso espadón, Veneno de Corazón, apoyado contra el respaldo de su asiento. A otros los conocía sólo por sus blasones, y unos pocos le resultaban del todo desconocidos.

Y en medio de todos ellos, contemplando el espectáculo y riendo al lado de su joven reina, se sentaba un fantasma con una corona de oro.

«No me extraña que los señores lo sigan con tal fervor —pensó—, es la viva imagen de Robert.» Renly era tan atractivo como lo había sido Robert, de miembros largos y hombros anchos, el mismo pelo negro como el carbón, fino y lacio, los mismos ojos de un azul intenso, la misma sonrisa alegre. El delicado aro que le ceñía la frente le sentaba bien. Era de oro pulido, un círculo de rosas exquisitamente forjadas; en la parte de delante se veía una cabeza de venado en jade verde oscuro, con los ojos dorados y las astas a juego.

El venado coronado decoraba también la túnica de terciopelo gris del rey, bordado en hilo de oro sobre su pecho: el blasón de los Baratheon con los colores de Altojardín. La muchacha que compartía con él la tarima también era de Altojardín: se trataba de su joven reina, Margaery, hija de Lord Mace Tyrell. Catelyn sabía que su matrimonio era el cemento que mantenía unida la gran alianza sureña. Renly sólo tenía veintiún años, y la chica no sería mayor que Robb, muy bonita, con tiernos ojos de gacela y una melena rizada de pelo castaño que le caía ondulante sobre los hombros. Su sonrisa era tímida y dulce.

En el campo de justas, el caballero de la capa con todos los colores del arco iris derribó a otro hombre, y el rey lo aclamó junto con los demás.

—¡Loras! —lo oyó gritar—. ¡Altojardín!

La reina, muy contenta, también palmoteaba.

Catelyn se volvió para contemplar el final. Ya sólo quedaban cuatro hombres en la contienda, y no cabía duda de quién era el favorito del rey y del gentío. No había llegado a conocer en persona a Ser Loras Tyrell, pero hasta el lejano norte habían llegado las historias sobre las proezas del joven Caballero de las Flores. Ser Loras montaba a lomos de un gran semental con armadura plateada, y peleaba con un hacha de mango largo. Del centro de su yelmo brotaba un penacho de rosas doradas.

Dos de los hombres que aún quedaban en contienda habían hecho causa común. Espolearon a sus monturas en dirección al caballero de la armadura cobalto. En el momento en que se le acercaron, uno por cada lado, el caballero azul tiró de las riendas, golpeó de pleno a uno en la cara con su escudo astillado mientras su corcel negro se alzaba sobre los cuartos traseros y golpeaba al otro con la herradura de uno de sus cascos. En un abrir y cerrar de ojos, uno de los combatientes quedó descabalgado, y el otro se tambaleaba. El caballero azul dejó caer el escudo roto para tener libre el brazo izquierdo, y en aquel momento el Caballero de las Flores cayó sobre él. El peso del acero no parecía afectar a la elegancia y rapidez con que Ser Loras se movía, con la capa arco iris ondeando a su espalda.

El caballo negro y el blanco se movieron el uno en torno al otro como enamorados en el baile de la cosecha, pero los jinetes se lanzaban golpes de acero en lugar de besos. El hacha relampagueaba y la maza giraba. Ambas armas carecían de filo, pero el ruido que hacían era temible. El caballero azul, que no tenía escudo, se estaba llevando la peor parte. Ser Loras descargaba golpe tras golpe contra su cabeza y hombros, mientras la multitud rugía: «¡Altojardín!». El otro respondía con su maza, pero Ser Loras siempre conseguía detener la bola con su maltrecho escudo verde, en el que aún se veían tres rosas doradas. Cuando el hacha acertó al caballero azul en la mano con un movimiento de revés, y le hizo soltar la maza, el grito de la multitud fue como el bramido de una bestia. El Caballero de las Flores alzó el hacha para asestar el golpe definitivo.

El caballero azul cargó contra él. Los corceles chocaron, el hacha roma acertó contra la maltrecha coraza azul… pero el caballero se las arregló para agarrar el mango largo con la mano enfundada en el guantelete de acero. La arrancó de manos de Ser Loras, y de pronto los dos estuvieron enzarzados desde sus monturas… un instante antes de caer. Los caballos se alejaron, y los dos caballeros se estrellaron contra el suelo. Loras Tyrell, que había quedado abajo, se llevó lo peor del impacto. El caballero azul se sacó una larga daga y abrió el visor de Tyrell. El rugido de la multitud era tan ensordecedor que Catelyn no alcanzó a oír las palabras de ser Loras, pero leyó lo que decía en sus labios ensangrentados: «Me rindo».

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