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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¿Y qué haríamos allí, serviros las comidas? —Su anfitrión les dedicó una sonrisa desagradable, con lo que mostró los dientes rotos y podridos—. Aquí somos libres. Craster no sirve a nadie.

—Son malos tiempos para estar solo en estos bosques. Soplan vientos fríos.

—Que soplen. Mis raíces son profundas. —Craster agarró por la cintura a una mujer que pasó junto a él—. Díselo, esposa. Dile a Lord Cuervo lo bien que estamos aquí.

—Éste es nuestro hogar. —La mujer se lamió los labios finos—. Craster nos protege. Más vale morir libres que vivir como esclavos.

Esclavos —repitió el cuervo.

—Todos los pueblos que hemos visto estaban abandonados. —Mormont se inclinó hacia delante—. Sois los primeros que encontramos con vida desde que salimos del Muro. No quedaba nadie. No sé si están muertos, si han huido o si se los han llevado. Y los animales igual. No queda nada. También encontramos los cuerpos de dos exploradores de Ben Stark a pocas leguas del Muro. Estaban blancos y fríos, tenían las manos y los pies negros, y las heridas no habían sangrado. Pero cuando los llevamos al Castillo Negro se levantaron durante la noche y empezaron a matar. Uno asesinó a Ser Jaremy Rykker y el otro fue a por mí, lo que indica que recuerdan algo de lo que sabían cuando estaban vivos, pero no les quedaba ni un ápice de misericordia humana.

La mujer abrió la boca como una cueva húmeda y rosada, pero Craster se limitó a soltar un bufido.

—Aquí no hemos tenido esos problemas. Y os agradecería que no contarais esos cuentos bajo mi techo. Yo respeto a los dioses, y los dioses me protegen. Si se me acerca algún espectro, ya sé qué tengo que hacer para enviarlo de nuevo a su tumba. Aunque me iría bien un hacha nueva, afilada. —Dio una palmada en la pierna a su esposa, que se levantó a toda prisa—. Trae más cerveza, y no te entretengas.

—Los muertos no dan problemas —dijo Jarman Buckwell—. Pero ¿qué pasa con los vivos, mi señor? ¿Qué hay de vuestro rey?

¡Rey! —graznó el cuervo de Mormont—. Rey, rey, rey.

—¿Ese Mance Rayder? —Craster escupió al fuego—. El Rey-más-allá-del-Muro. La gente libre no necesita reyes. —Clavó la vista en Mormont—. Si quisiera os podría contar muchas cosas sobre Rayder y sus hazañas. Eso de que os hayáis encontrado pueblos desiertos es cosa suya. Tampoco aquí habría nadie si yo fuera de los que se acobardan. Me envía un jinete para decirme que tengo que dejar mi morada para ir a arrastrarme a sus pies. Al hombre lo envié de vuelta, pero me quedé su lengua. La tengo clavada en aquella pared. —Señaló—. Podría deciros dónde buscar a Mance Rayder. Si quisiera. —Otra vez la sonrisa podrida—. Pero ya habrá tiempo para eso. Seguro que tenéis ganas de dormir bajo mi techo, y de comeros todos mis cerdos.

—Nos gustaría mucho dormir a cubierto, mi señor —dijo Mormont—. Hemos cabalgado mucho y bajo demasiada lluvia.

—Pues seréis mis invitados durante una noche. No más, no les tengo tanto afecto a los cuervos. El altillo es para mí y para mi familia, vosotros dormiréis en el suelo. Tengo carne y cerveza para veinte, no más. El resto de vuestros cuervos negros que se dediquen a picotear maíz, como siempre.

—Traemos provisiones, mi señor —dijo el Viejo Oso—. Será un placer compartir nuestra comida y nuestro vino.

Craster se limpió la boca babeante con una mano peluda.

—Probaré vuestro vino, Lord Cuervo, ya lo creo que sí. Una cosa más. El que ponga la mano encima a una de mis esposas, la perderá.

—Vuestra casa, vuestras reglas —dijo Thoren Smallwood.

Lord Mormont asintió con gesto rígido, aunque no parecía nada satisfecho.

—Bien, todo arreglado —gruñó Craster—. ¿Alguno de vuestros hombres sabe dibujar mapas?

—Sam Tarly —sugirió Jon—. Le encantan los mapas.

Mormont le hizo un gesto para que se acercara a él.

—Dile que entre después de comer. Que traiga pluma y pergamino. Y busca también a Tollett. Dile que traiga mi hacha. Un regalo para nuestro anfitrión.

—Eh, ¿quién es éste? —dijo Craster antes de que Jon pudiera salir para cumplir las órdenes—. Tiene cara de Stark.

—Es Jon Nieve, mi mayordomo y escudero.

—Un bastardo, ¿eh? —Craster miró a Jon de arriba abajo—. Si un hombre quiere llevarse a una mujer a la cama, debería casarse con ella. Es lo que hago yo. —Hizo un gesto con la mano a Jon para que saliera—. Venga, bastardo, corre a hacer lo que te han dicho y encárgate de que el hacha sea buena y esté bien afilada, no quiero acero romo.

Jon Nieve hizo una reverencia rígida y salió justo en el momento en que entraba Ser Ottyn Wythers, con lo que estuvieron a punto de tropezar en la puerta de pieles de ciervo. En el exterior, la lluvia había aminorado un poco. Había tiendas plantadas por todo el terreno, y también vio otras entre los árboles. Edd el Penas estaba echando de comer a los caballos.

—Claro, por qué no, le regalaremos un hacha al salvaje. —Señaló el arma de Mormont, un hacha de combate de mango corto con volutas de oro incrustadas en la hoja de acero negro—. Ya nos la devolverá. Probablemente clavada en el cráneo del Viejo Oso. ¿Por qué no le damos todas las hachas? Eso, y las espadas también. No me gusta el ruido que hacen cuando vamos a caballo. Sin armas viajaríamos más deprisa, directos hacia las puertas del infierno. ¿Tú crees que en el infierno llueve? Puede que Craster prefiera un buen sombrero.

—Quiere un hacha —dijo Jon sonriendo—. Y también vino.

—Vaya, el Viejo Oso es listo. Si emborracha a fondo al salvaje puede que sólo nos corte una oreja cuando intente matarnos a hachazos. Tengo dos orejas, pero sólo una cabeza.

—Smallwood dice que Craster es amigo de la Guardia.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre un salvaje amigo de la Guardia y otro que no lo es? —le preguntó el amargado escudero—. Los enemigos dejan nuestros cadáveres a merced de los cuervos y los lobos. Los amigos nos entierran en tumbas secretas. ¿Cuánto tiempo llevará ese oso clavado en la entrada, y qué tendría Craster ahí antes de oírnos llegar? —Edd miró el hacha con gesto dubitativo, mientras la lluvia le corría por la cara—. ¿Ahí dentro está seco?

—Más que aquí.

—Si me meto luego, y no me acerco demasiado al fuego, seguro que nadie lo nota hasta el amanecer. Los que estén dentro serán los primeros en morir, pero al menos morirán secos.

Jon no pudo contener la carcajada.

—Craster no es más que uno, nosotros somos doscientos. Dudo mucho que mate a nadie.

—No sabes cuánto me animas —dijo Edd, sombrío—. Además, un hacha bien afilada tiene sus ventajas. No me gustaría que me mataran con una maza. Una vez vi a un hombre al que le habían dado con una maza en la frente. La piel apenas si se dañó, pero la cabeza se le hizo pasta y se le hinchó como una calabaza, sólo que color púrpura. Era un tipo guapo, pero cuando murió era bien feo. Menos mal que no le estamos regalando mazas.

Edd se alejó, sacudiendo la cabeza y con la capa negra chorreando agua. Jon se encargó de que los caballos terminaran de comer antes de ponerse a pensar en su cena. Se preguntaba dónde estaría Sam, cuando oyó un grito de pánico.

—¡Lobo!

Corrió hacia el lugar de donde procedía el grito, salpicando barro con las botas. Una de las esposas de Craster estaba contra una de las paredes del torreón.

—¡No te acerques! —le estaba gritando a Fantasma—. ¡Vete! —El lobo huargo tenía un conejo en las fauces y otro muerto y sangrante en el suelo, ante él—. Haced que se vaya, mi señor —suplicó al ver a Jon.

—No te hará daño. —Enseguida se dio cuenta de lo que había pasado; había una conejera de madera destrozada sobre la hierba húmeda—. Seguro que tenía hambre. Hemos visto poca caza.

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