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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¿Cuando avancemos? —Nadie le había hablado de un posible avance.

—No puedo quedarme en Aguasdulces a la espera de la paz. Da la impresión de que tengo miedo de presentar batalla de nuevo. Los hombres, cuando no pelean, empiezan a pensar en sus hogares y cosechas, me lo dijo mi padre. Hasta mis norteños empiezan a estar inquietos.

«Mis norteños —pensó—. Incluso empieza a hablar como un rey.»

—Nadie ha muerto nunca de inquietud. En cambio, de precipitación sí. Hemos plantado semillas, deja que broten.

Robb sacudió la cabeza con obstinación.

—No hemos hecho más que tirar unas semillas al viento. Si tu hermana Lysa fuera a acudir en nuestra ayuda, ya habríamos recibido la noticia. ¿Cuántos pájaros hemos enviado al Nido de Águilas, cuatro? Yo también quiero la paz, pero ¿por qué me van a dar nada los Lannister si lo único que hago es quedarme aquí quieto, mientras mi ejército se derrite a mi alrededor tan deprisa como la nieve de verano?

—Así que, en vez de parecer cobarde, quieres bailar al son que toque Lord Tywin —le espetó ella—. Quiere que avances contra Harrenhal, pregunta a tu tío Brynden si no me…

—Yo no he dicho nada de Harrenhal —replicó Robb—. En fin, ¿irás en mi nombre a entrevistarte con Renly, o tengo que enviar al Gran Jon?

El recuerdo la hizo sonreír. Era un truco muy evidente, pero inteligente para un chico de quince años. Robb sabía que Gran Jon Umber era incapaz de negociar con un hombre como Renly Baratheon, y también sabía que ella lo sabía. No podía hacer otra cosa que acceder y rezar para que su padre siguiera con vida a su regreso. Si Lord Hoster se hubiera encontrado bien habría ido él en persona, estaba segura. Pese a todo, la partida fue dura, muy dura. El anciano ni siquiera se enteró cuando entró a despedirse.

—Minisa —la llamó—, ¿dónde están las niñas? Mi pequeña Cat, mi dulce Lysa…

Catelyn le dio un beso en la frente, y le dijo que sus pequeñas estaban bien.

—Espérame, mi señor —le suplicó cuando volvió a cerrar los ojos—. Yo te esperé tantas, tantas veces… Ahora tú tienes que esperarme a mí.

«El destino me lleva cada vez más al sur —pensó Catelyn mientras bebía un sorbo del agrio té—, cuando lo que debería hacer es ir al norte, a casa. —Había escrito a Bran y a Rickon la noche anterior, desde Aguasdulces—. No os olvido, mis pequeños, creedme. Pero vuestro hermano me necesita más que vosotros.»

—Hoy deberíamos llegar al alto Mander, mi señora —anunció Ser Wendel mientras Shadd servía las gachas con un cucharón—. Si lo que se cuenta es verdad, Lord Renly no estará lejos.

«Y cuando lo encuentre, ¿qué le digo? ¿Que mi hijo no considera que sea el rey legítimo?» No deseaba aquella reunión. Lo que les hacía falta eran amigos, no más enemigos, pero Robb jamás doblaría la rodilla ante el hombre cuyas aspiraciones al trono no consideraba válidas.

Tenía el cuenco vacío, aunque no recordaba haber probado las gachas. Lo dejó a un lado.

—Ya tendríamos que habernos puesto en marcha.

Cuanto antes hablara con Renly, antes podría volver a casa. Fue la primera en montar y marcó el paso de la columna. Hal Mollen cabalgaba junto a ella, portando el estandarte de la Casa Stark, el lobo huargo gris sobre campo blanco hielo.

Aún estaban a medio día a caballo del campamento de Renly cuando los alcanzaron. Robin Flint se había adelantado como explorador, y volvió al galope con la noticia de que había un vigía en el tejado de un molino distante. Cuando el grupo de Catelyn llegó allí, hacía tiempo que el hombre había desaparecido. Apuraron la marcha, pero no llegaron a avanzar ni un kilómetro antes de que los jinetes adelantados de Renly cayeran sobre ellos. Eran veinte hombres a caballo, con cotas de malla, y a la cabeza iba un gigantesco caballero de barba gris con un jubón en el que se veían dibujos de grajos azules. Al ver su estandarte trotó solo hacia ella.

—Mi señora, soy Ser Colen de Lagosverdes —dijo—, para serviros. Cruzáis tierras muy peligrosas.

—Tenemos asuntos muy urgentes que tratar —le respondió—. Vengo como enviada de mi hijo, Robb Stark, el Rey en el Norte, para pactar con Renly Baratheon, el Rey en el Sur.

—El rey Renly es el monarca coronado y ungido de todos los Siete Reinos, mi señora —respondió Ser Colen, aunque con cortesía—. Su Alteza ha acampado junto con su ejército cerca de Puenteamargo, donde el camino de las rosas cruza el Mander. Me corresponde a mí el gran honor de escoltaros hasta él.

El caballero alzó una mano enfundada en un guantelete, y sus hombres formaron una doble columna para flanquear a Catelyn y a su guardia. Catelyn no sabía bien si estaba escoltada o cautiva. No podía hacer otra cosa que confiar en el honor de Ser Colen, y en el de Lord Renly.

Aún les faltaba una hora para llegar al río cuando divisaron el humo de las hogueras del campamento. Luego les llegó el sonido a través de los campos sembrados y las praderas, era como el murmullo del mar a lo lejos, que fue haciéndose más alto a medida que se acercaban. Cuando vieron las aguas turbias del Mander brillar bajo el sol, ya distinguían las voces de los hombres, el clamor del acero y los relinchos de los caballos. Pero ni el ruido ni el humo los habían preparado para la visión del ejército en sí.

Miles de hogueras llenaban el aire con una neblina de humo claro. Las filas de caballos tenían varias leguas de longitud. Había hecho falta talar todo un bosque sólo para hacer las largas astas de las que colgaban los estandartes. Enormes máquinas de asedio se distribuían ordenadas sobre la hierba al borde del camino de rosas, maganeles, trabuquetes, arietes montados sobre ruedas más altas que un hombre a caballo… Las puntas de acero de las picas tenían un brillo rojo a la luz del sol, como si ya estuvieran cubiertas de sangre, y los pabellones de los caballeros y los grandes señores poblaban la hierba como setas de seda. Vio hombres con lanzas y hombres con espadas, hombres con cascos de acero y cotas de malla, prostitutas que mostraban sus encantos, arqueros emplumando flechas, cocheros que guiaban carromatos, porqueros que guiaban sus piaras, pajes corriendo para llevar mensajes, escuderos dedicados a afilar espadas, caballeros a lomos de palafrenes, y mozos de cuadras tirando de las riendas de corceles indómitos.

—Una cantidad de hombres temible —observó Ser Wendel Manderly mientras cruzaban el antiguo tramo de piedra del que Puenteamargo tomaba su nombre.

—Cierto —asintió Catelyn.

Al parecer toda la caballería del sur había acudido a la llamada de Renly. La rosa dorada de Altojardín se veía por todas partes: bordada en el lado derecho del pecho de soldados y sirvientes, ondeando al viento en los estandartes de seda verde, adornando lanzas y picas, pintada en los escudos que colgaban ante los pabellones de los hijos, hermanos y primos de la Casa Tyrell. Catelyn vio también el zorro y las flores de la Casa Florent, las manzanas roja y verde de Fossoway, el cazador que andaba a zancadas de Lord Tarly, las hojas de roble de Oakheart, las grullas de Crane y la nube de mariposas negras y naranja de los Mullendor.

Los señores de la tormenta habían alzado sus estandartes al otro lado del Mander. Eran los vasallos de Renly, que habían jurado lealtad a la Casa Baratheon y a Bastión de Tormentas. Catelyn reconoció los ruiseñores de Bryce Caron, las plumas de Penrose y la tortuga marina de Lord Estermont, verde sobre verde. Pero, por cada escudo que conocía, había una docena que jamás había visto; pertenecían a los señores menores leales a los vasallos, o a caballeros errantes y jinetes libres que habían acudido a cientos para hacer de Renly Baratheon un rey tanto de nombre como de hecho.

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