Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Fantasma, conmigo. —Jon picó espuelas en dirección al Torreón de Craster.
Jamás había pensado que encontraría un castillo de piedra al otro lado del Muro, pero al menos sí se había imaginado una edificación sobre un terreno elevado, algo con una muralla defensiva, aunque fuera de madera, y un torreón también de madera. Lo que encontraron fue un montón de basura, una pocilga, un aprisco vacío y una casucha de cáñamo sin ventanas que prácticamente ni merecía aquel nombre. Era una estructura alargada y baja, con grietas tapadas con tablones y techo de hierba. Se encontraba en una elevación del terreno demasiado modesta para considerarla una colina, y estaba rodeada por un dique de tierra. Por la ladera bajaban regueros de lodo, allí donde la lluvia había abierto boquetes en las defensas, que iban a unirse a un arroyo crecido y turbulento de aguas sucias que describía una curva hacia el norte.
Al sudoeste dio con una puerta abierta, flanqueada por un par de palos coronados por cabezas de animales: un oso a un lado y un carnero al otro. Al pasar a caballo Jon se fijó en que del cráneo del oso aún colgaban jirones de carne. Dentro, los exploradores de Jarman Buckwell y los hombres del grupo de Thoren Smallwood estaban alineando a los caballos y plantando las tiendas con muchas dificultades. En la pocilga, un montón de lechones hozaban en torno a tres grandes cerdas. Cerca de allí, una niñita arrancaba zanahorias en un huerto, desnuda bajo la lluvia, mientras dos mujeres ataban un cerdo para sacrificarlo. Los chillidos del animal eran agudos y espantosos, de una angustia casi humana. Los perros de Chett ladraban como locos a modo de respuesta, gruñían y lanzaban dentelladas pese a las maldiciones de su cuidador; un par de los perros de Craster empezaron a ladrar también. Al ver a Fantasma, algunos de los perros huyeron, mientras que otros lanzaron aullidos y gruñidos bajos. El lobo huargo no les hizo caso, al igual que Jon.
«Bueno, al menos treinta de nosotros dormirán en un lugar caliente y seco —pensó Jon tras echar un vistazo a la edificación—. Cincuenta como mucho.» Era un lugar demasiado pequeño para albergar a doscientos hombres, así que la mayoría tendría que dormir fuera. ¿Y dónde? La lluvia había llenado todo el terreno de charcos en los que uno se hundía hasta el tobillo, y el resto era un cenagal. Les esperaba otra noche lúgubre.
El Lord Comandante había confiado su caballo a Edd el Penas. Estaba limpiándole el barro de los cascos cuando Jon desmontó.
—Lord Mormont está dentro —anunció—. Ha dicho que entres. Más vale que dejes al lobo fuera, parece tan hambriento como para comerse a una de las hijas de Craster. La verdad sea dicha, hasta yo tengo tanta hambre como para comerme a una de las hijas de Craster, siempre que me la sirvan caliente. Venga, entra, yo me encargo de tu caballo. Si el interior está caliente y seco, no me lo cuentes. A mí no me han invitado. —Sacó un poco de barro húmedo de debajo de una herradura—. ¿A ti este barro no te parece mierda? A lo mejor la colina entera está hecha de cagadas de Craster.
—Tengo entendido que lleva mucho tiempo aquí. —Jon sonrió.
—No me estás animando nada. Ve a ver al Viejo Oso.
—Quédate aquí, Fantasma —ordenó.
La puerta del Torreón de Craster no era más que dos cortinas de piel de ciervo. Jon se tuvo que inclinar para pasar entre ellas. Dos docenas de capitanes de exploradores lo habían precedido, y estaban de pie en torno a la hoguera para cocinar, en el centro del suelo de tierra, mientras en torno a sus botas se formaban charcos de agua. Allí olía a hollín, a estiércol y a perro mojado. El aire estaba muy cargado de humo, pero seguía siendo húmedo. La lluvia se colaba por el agujero del techo destinado a que saliera el humo de la hoguera. No había divisiones en la estancia, sólo un altillo para dormir al que se llegaba por una astillada escalera de mano.
Jon recordó cómo se había sentido el día que salieron del Muro: nervioso como una doncella, pero al mismo tiempo impaciente por ver los misterios y maravillas que aguardaban más allá de cada nuevo horizonte.
«Pues aquí tienes una de las maravillas —se dijo mientras contemplaba aquel lugar mugriento y maloliente. El humo acre hacía que le llorasen los ojos—. Lástima que Pyp y Sapo no puedan ver lo que se están perdiendo.»
Craster estaba sentado ante el fuego, era el único que disfrutaba de una silla propia. Hasta el Lord Comandante Mormont se había visto relegado al banco comunitario, con su cuervo protestón en el hombro. Jarman Buckwell estaba de pie tras él, el agua le goteaba de la remendada armadura flexible y las pieles empapadas; a su lado se encontraba Thoren Smallwood, que llevaba la pesada coraza y la capa ribeteada con piel de marta del difunto Ser Jaremy.
El jubón de piel de oveja de Craster, así como su capa de pieles cosidas, lo hacían parecer zarrapastroso en comparación, pero en torno a una de las gruesas muñecas llevaba un brazalete de aspecto pesado que tenía el brillo del oro. Su aspecto era el de un hombre poderoso, aunque ya bien adentrado en el invierno de sus días, con una melena de pelo gris tornándose blanco. La nariz plana y la boca curva lo hacían parecer cruel, y le faltaba una de las orejas.
«Así que éste es un salvaje.» Jon recordó las historias de la Vieja Tata acerca de aquellos seres brutales que bebían sangre en cráneos humanos. Craster estaba bebiendo una cerveza ligera y amarillenta en una jarra de piedra descascarillada. Seguramente no se había enterado de las historias.
—Hace tres años que no veo a Benjen Stark —estaba diciendo a Mormont—. Y si queréis que os diga la verdad, no lo he echado de menos.
Media docena de cachorrillos negros y algún lechón que otro se metían entre los bancos, mientras las mujeres, vestidas con desastradas pieles de ciervo, pasaban cuernos de cerveza, avivaban el fuego o cortaban zanahorias y cebollas para echarlas en un caldero.
—Tuvo que pasar por aquí hace un año —dijo Thoren Smallwood. Un perro se acercó para olfatearle la pierna. Le dio una patada y el animal se alejó gimoteante.
—Ben salió en busca de Ser Waymar Royce —siguió Lord Mormont—, que había desaparecido junto con Gared y el joven Will.
—A esos tres sí los recuerdo, sí. El señor no tendría más edad que estos cachorros. Demasiado orgulloso para dormir bajo mi techo, el señor, con su capa de marta y su acero negro. Pero mis esposas no paraban de hacerle ojitos. —Entrecerró los ojos para mirar a la que tenía más cerca—. Gared me dijo que perseguían a unos saqueadores. Yo le dije que, con un comandante tan verde, más valía que no los encontraran. Gared no estaba mal para ser un cuervo. Je, tenía menos orejas que yo. El frío se las comió, igual que a mí. —Craster se echó a reír—. Me he enterado de que ahora tampoco tiene cabeza. ¿Qué, también se la comió el frío?
Jon recordó las salpicaduras de sangre roja sobre la nieve blanca, y cómo Theon Greyjoy había pateado la cabeza del cadáver. «Era un desertor.» En Invernalia, Jon y Robb habían echado una carrera, y encontraron seis cachorros de lobo huargo en la nieve. Hacía mil años.
—¿Hacia dónde se dirigió Ser Waymar cuando salió de aquí?
—Da la casualidad —contestó Craster, encogiéndose de hombros— de que tengo mejores cosas que hacer que ocuparme de las idas y venidas de los cuervos. —Bebió un trago de cerveza y dejó la jarra a un lado—. Hace mucho que no hay por aquí un buen vino sureño. Me gustaría tener vino y también un hacha nueva. La mía ya no tiene filo, eso es malo. Tengo que proteger a mis mujeres. —Echó un vistazo a sus afanadas esposas.
—Aquí sois pocos, y estáis aislados —dijo Mormont—. Si queréis, os asignaré a unos cuantos hombres para daros escolta hasta el Muro.
—Muro —graznó el cuervo, al que pareció gustarle la idea, y extendió las alas negras como un cuello alto detrás de la cabeza de Mormont.