Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
Choque de reyes [A Clash of Kings - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 255
Перейти на страницу:

—Quiero irme.

—Hodor —gritó Hodor, al tiempo que se arrodillaba.

El maestre Luwin y Pelopaja lo alzaron para meterlo en la cesta. Los de Invernalia habían visto aquello cientos de veces, pero sin duda para los invitados era un espectáculo extraño, y algunos se mostraron más curiosos que educados. Bran sintió las miradas clavadas en él.

Salieron por atrás para no recorrer toda la longitud de la sala, y Bran tuvo que agachar la cabeza para cruzar la puerta. En la galería oscura que había tras la sala principal, se tropezaron con Joseth, el caballerizo mayor, montando de una manera diferente a la acostumbrada. Había empujado a una mujer que Bran no conocía contra la pared, y le había levantado las faldas hasta la cintura. La mujer se reía entre dientes hasta que Hodor se detuvo para mirar. Entonces, soltó un grito.

—Déjalos en paz, Hodor —tuvo que ordenarle Bran—. Llévame a mi dormitorio.

Hodor lo subió por las escaleras de caracol hasta su torre y se arrodilló junto a una de las barras de hierro que Mikken había incrustado en la pared. Bran se apoyó en las barras para desplazarse hasta la cama, y Hodor le quitó las botas y los calzones.

—Ya puedes volver al banquete —dijo Bran—, pero no molestes a Joseth y a esa mujer.

—Hodor —respondió Hodor con un gesto de asentimiento.

Sopló para apagar la vela de su mesilla, y la oscuridad lo envolvió como una manta suave, familiar. El sonido distante de la música se colaba a través de los postigos de su ventana.

De pronto le vino a la mente algo que su padre le había contado cuando era pequeño. Le había preguntado a Lord Eddard si en la Guardia Real estaban de verdad los mejores caballeros de los Siete Reinos.

—Ya no —fue la respuesta—. Pero en el pasado fueron una maravilla, una brillante lección para todo el mundo.

—¿Y cuál era el mejor de todos?

—El mejor caballero que yo he visto jamás fue Ser Arthur Dayne, que luchaba con una espada llamada Albor, forjada en el corazón de una estrella caída. Lo llamaban Espada del Amanecer, y de no ser por Howland Reed me habría matado.

Entonces su padre se había puesto triste y no quiso seguir hablando. Bran deseó con todas sus fuerzas haberle preguntado qué quería decir.

Cerró los ojos con la cabeza llena de caballeros con brillantes armaduras, luchando con espadas que brillaban como fuego de estrellas, pero cuando se durmió volvió a encontrarse en el bosque de dioses. Los olores de la cocina y del salón principal eran tan intensos como si no hubiera abandonado el banquete. Merodeó por debajo de los árboles, seguido de cerca por su hermano. Aquella noche se sentía muy vivo, lleno de los aullidos de la manada humana dedicada a sus juegos. Los sonidos lo inquietaban. Quería correr, cazar; quería…

El tintineo del hierro hizo que alzara las orejas. Su hermano también lo había oído. Corrieron entre la maleza en dirección al sonido. Cruzaron las aguas tranquilas al pie del viejo blanco, y entonces le llegó el olor de un desconocido, el olor a hombre mezclado con cuero, tierra, hierro.

Los intrusos se habían adentrado unos metros en el bosque cuando llegó junto a ellos: una hembra y un macho joven, sin pizca de miedo, aunque les mostró los dientes. Su hermano gruñía desde lo más profundo de la garganta, pero los humanos no huyeron.

—Ahí vienen —dijo la hembra. «Meera», susurró una parte de él, un atisbo del niño dormido perdido en el sueño de lobo—. ¿Sabías que eran así de grandes?

—Y más grandes serán cuando crezcan del todo —dijo el macho joven, que los miraba con unos ojos grandes, verdes, desprovistos de todo temor—. El negro está lleno de miedo y rabia, pero el gris es fuerte… más fuerte de lo que él mismo sabe… ¿No lo sientes, hermana?

—No —dijo al tiempo que ponía una mano en el puño de su largo cuchillo marrón—. Ve con cuidado, Jojen.

—No me va a hacer daño. Hoy no es el día en que voy a morir.

El macho avanzó hacia ellos, sin miedo, y extendió la mano para tocarle el hocico con una caricia ligera como una brisa de verano. Pero, con el toque de aquellos dedos, el bosque se disolvió y la tierra misma se tornó humo bajo sus pies, un humo que subía, girando, entre risas, y entonces empezó a caer, a caer, a caer…

CATELYN

Mientras dormía en las praderas onduladas, Catelyn soñó que Bran estaba sano otra vez, que Arya y Sansa se daban la mano, que Rickon era todavía un bebé que se alimentaba de su pecho. Robb, sin corona, jugaba con una espada de madera, y cuando todos se dormían encontraba a Ned en su lecho, sonriente.

Un sueño dulce, un sueño breve. Llegó el amanecer cruel con su daga de luz. Se despertó dolorida, sola, cansada; cansada de cabalgar, cansada de sufrir, cansada del deber.

«Quiero llorar —pensó—. Quiero que me consuelen. Estoy cansada de ser fuerte. Por una vez quiero ser infantil y asustadiza. Sólo durante un tiempo, nada más… un día… una hora.»

En el exterior de su tienda los hombres se movían ya. Oyó relinchos de caballos, a Shadd quejarse de que tenía la espalda agarrotada, a Ser Wendel pidiendo su arco a gritos. Catelyn deseó con todas sus fuerzas que desaparecieran. Eran hombres buenos, leales, pero estaba cansada de todos. Sólo anhelaba ver a sus hijos. Se prometió que un día se quedaría en la cama, un día se permitiría el lujo de no ser fuerte.

Pero no podía ser aquel día.

Sintió los dedos más torpes que de costumbre, le costaba ponerse las ropas. Y aún tenía que dar gracias por poder utilizar las manos. La daga era de acero valyrio, y el mordisco del acero valyrio era temible. Sólo tenía que mirarse las cicatrices para recordarlo.

En el exterior, Shadd movía unas gachas en la cazuela, mientras Ser Wendel Manderly tensaba su arco.

—Mi señora —dijo al ver salir a Catelyn—. En estas praderas hay aves. ¿Queréis desayunar una codorniz asada esta mañana?

—Tomaré pan y gachas como todos, gracias. Hoy hemos de cabalgar muchas leguas, Ser Wendel.

—Como queráis, mi señora. —La decepción se dibujó en el rostro redondo del caballero, las puntas de sus bigotes de morsa parecieron caer un poco más—. Pan y gachas, no hay mejor desayuno.

Era uno de los hombres más gordos que Catelyn había visto jamás, pero por mucho que amara la comida amaba su honor todavía más.

—He preparado un poco de té de ortigas —anunció Shadd—. ¿Querrá mi señora una taza?

—Sí, os lo agradezco.

Acunó la taza entre sus manos marcadas y sopló para enfriar el líquido. Shadd era uno de los hombres de Invernalia. Robb había nombrado a veinte de los mejores para que la escoltaran sana y salva hasta Renly. También envió con ella a cinco señores menores, cuyos nombres y nobleza darían peso y honor a su mensaje. Durante su camino hacia el sur, siempre lejos de las ciudades y aldeas, habían visto más de una vez bandas de hombres armados, y humo hacia el este, pero nadie se atrevió a molestarlos. Eran pocos para constituir una amenaza y demasiados para ser presa fácil. Una vez cruzaron el Aguasnegras, dejaron lo peor atrás. En los cuatro últimos días no habían visto ni rastro de la guerra.

Catelyn nunca había querido llegar a esa situación. Se lo había dicho a Robb en Aguasdulces.

—La última vez que vi a Renly era un niño, tenía la edad de Bran. No lo conozco. Envía a otro. Mi lugar está aquí, con mi padre, durante lo que le quede de vida.

—No tengo a nadie más, y no puedo ir yo. —Su hijo la miraba con tristeza—. Tu padre está demasiado enfermo. El Pez Negro es mis ojos y mis oídos, no puedo prescindir de él. A tu hermano lo necesito para defender Aguasdulces cuando avancemos.

1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 255
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)