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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Aquí no se come carne de animales —dijo, y luego prosiguió su camino tan impertérrito como siempre.

Durante su primer día en el Arca, Jaime Kreen le preguntó a Haviland Tuf dónde se encontraban los sanitarios. Tuf le cobró tres unidades a cambio de la respuesta y luego un décimo de unidad más por utilizarlos.

De vez en cuando Kreen pensaba en el asesinato, pero incluso en sus instantes más homicidas, cuando estaba borracho como una cuba, la idea no le parecía demasiado factible. Dax estaba siempre junto a Tuf, caminando por los pasillos al lado del gigante o cabalgando serenamente en sus brazos y Kreen estaba seguro de que su anfitrión contaba también con otros aliados. Los había distinguido fugazmente en sus desplazamientos por la nave. Oscuras siluetas aladas que giraban sobre su cabeza en las habitaciones más cavernosas y sombras furtivas, que se escurrían entre la colosal maquinaria cuando eran sorprendidas. Nunca logró verlas con claridad, pero estaba razonablemente seguro de que si intentaba agredir a Haviland Tuf, tendría la ocasión de echarles un buen vistazo.

En vez de ello, y esperando reducir su deuda un poco más aprisa, empezó a jugar.

Quizá no fuera una idea muy inteligente, pero Jaime Kreen sentía cierta debilidad por el juego y, cada noche, pasaban varias horas jugando a una estupidez que Tuf parecía amar muchísimo. Había que tirar los dados e ir moviendo fichas situadas en un imaginario grupo de estrellas, comprando, vendiendo y cambiando unos planetas por otros, construyendo ciudades y arcologías y cobrándole a los demás viajeros estelares todo tipo de impuestos y tarifas por el aterrizaje. Desgraciadamente para Kreen, Tuf era mucho mejor en el juego que él y el final más típico de las partidas consistía en que Tuf le ganaba una buena parte de los salarios que le había pagado a Kreen durante el día.

Cuando no se encontraban en la mesa de juego, Haviland Tuf apenas si le dirigía la palabra a Kreen, excepto para indicarle los trabajos a realizar y regatear interminablemente sobre el dinero a cobrar ya descontar. Fueran cuales fueran sus intenciones hacia Caridad, lo cierto es que no le había informado de ellas y Kreen no tenía ninguna intención de interrogarle, dado que cada pregunta añadía tres unidades más al total de su deuda. Tampoco Tuf le hacía ninguna pregunta que le pudiera orientar al respecto, limitándose a proseguir con sus hábitos de solitario, trabajando en las salas de clonación y en los laboratorios del Arca, leyendo polvorientos libros escritos en idiomas que Kreen no podía entender y sosteniendo largas conversaciones con Dax.

Así fue transcurriendo la vida hasta el día en que se colocaron en órbita alrededor de Caridad y Haviland Tuf llamó a Kreen para que acudiera a la sala de comunicaciones.

La sala de comunicaciones era larga y más bien angosta. Sus paredes estaban cubiertas de pantallas, ahora apagadas, y consolas de instrumentos que brillaban con luces suaves. Haviland Tuf estaba sentado ante una de las pantallas apagadas, con Dax sobre la rodilla. Al oír el ruido de la puerta deslizante hizo girar su asiento para encararse a ella.

—He intentado conseguir canales de comunicación con Ciudad de Esperanza —le dijo—. Observe —y oprimió un botón de su consola.

Jaime Kreen se instaló en un asiento vacío y en ese mismo instante la pantalla que había ante Tuf se iluminó con un estallido luminoso que fue concretándose hasta formar el rostro de Moisés, un hombre de edad algo avanzada, con rasgos regulares y casi apuestos, de ya algo escasa cabellera entre grisácea y marrón y ojos engañosamente amables, color avellana.

—Márchate, nave espacial —dijo la grabación del líder Altruista. Por ásperas que fueran sus palabras, su voz era suave y más bien melosa—. Puerto Fe está cerrado y Caridad se encuentra bajo un nuevo gobierno. La gente de este mundo no desea tener tráfico alguno con los pecadores y no necesita los lujos que le traes. Déjanos en paz —alzó la mano en un gesto que tanto podría querer indicar: «Bendición» como «Alto» y luego la pantalla se quedó en blanco.

—Así que ha ganado —dijo Jaime Kreen con voz cansada.

—Eso parece —dijo Haviland Tuf, rascando a Dax detrás de la oreja y empezando luego a pasarle la mano por el lomo—. Su deuda actual asciende a la cantidad de doscientas ochenta y cuatro unidades, caballero.

—Ya —dijo Kreen con expresión suspicaz—. ¿Y qué? —Deseo que realice una misión para mí. Bajará en secreto a la superficie de Caridad, localizará a los antiguos líderes de su consejo de administradores y los traerá hasta aquí para que hable con ellos. A cambio le deduciré cincuenta unidades de su deuda. Jaime Kreen se rió. —No sea ridículo, Tuf. La suma resulta absurdamente pequeña para una misión tan peligrosa y no lo haría ni en el caso de que hiciera una oferta más justa, lo cual estoy seguro que no piensa hacer. Debería ser algo así como cancelar la totalidad de mi deuda y pagarme, además, digamos que doscientas unidades.

Haviland Tuf acarició a Dax.

—Al parecer este hombre, Jaime Kreen, nos toma por imbéciles sin remedio —le dijo a su gato—. Tengo la sospecha de que su siguiente petición será la entrega del Arca y quizás uno o dos planetas de tamaño mediano. Carece de todo sentido de la proporción —Dax emitió un leve ronroneo que tanto podía significar algo como no. Tuf alzó nuevamente la cabeza hacia Jaime Kreen—. Hoy me siento de un humor desusadamente generoso y puede que por ello le permita que, por una vez, se aproveche de mí. Cien unidades, señor, exactamente el doble de lo que vale esa pequeña tarea.

—Bah —replicó Kreen—. Estoy seguro de que Dax le está diciendo lo que pienso de su oferta. Su plan es una estupidez. No tengo ni la menor idea de si los miembros del consejo están vivos o muertos y tampoco sé si los encontraré en Ciudad de Esperanza o si estarán en otro lugar, y menos si estarán libres o prisioneros. No creo que vayan a cooperar conmigo, y menos cuando sepan que vengo a ellos con un mensaje de usted, un conocido aliado de Moisés. y si Moisés me captura, me pasaré el resto de mi vida cultivando lechugas. Lo más probable es que me capturen. ¿Dónde piensa dejarme? Puede que Moisés tenga una grabación para contestar a las naves espaciales que se acerquen a Caridad, pero estoy seguro de que tendrá centinelas alrededor de Puerto Fe para mantenerlo cerrado. ¡Piense en los riesgos, Tuf! ¡Es imposible que intente esa misión por algo que no sea, como mínimo, la cancelación total de mi deuda! ¡Toda ella! ¡Ni una sola unidad menos! ¿Me ha oído? —cruzó los brazos encima del pecho con expresión tozuda—. Díselo, Dax. Ya sabes lo firmes que pueden llegar a ser mis decisiones.

Los rasgos de Tuf, blancos como el hueso, permanecieron impasibles pero, de sus labios se escapó un leve suspiro. Luego habló con tono calmo.

—Caballero, ciertamente es usted un hombre cruel. Me hace lamentar el día en que incautamente le conté que Dax era algo más que un felino corriente. Está privando a un anciano de una muy útil herramienta de negocios y le chantajea inflexiblemente con su tozudez. Sin embargo, no tengo más opción que ceder. Así pues, doscientas ochenta y cuatro unidades, quedemos de acuerdo en ello.

Jaime Kreen sonrió.

—Por fin está empezando a mostrarse razonable. Bien. Cogeré el Grifo.

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