Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
—Muy bien —dijo Kreen—. Si insiste en fingir ignorancia, seguiré su estúpido juego. Un caritano es un ciudadano de Caridad, como usted sabe perfectamente. Moisés, tal y como se llama a sí mismo, es un demagogo religioso que dirige la Sacra Restauración Altruista. Con su ayuda ha emprendido una devastadora campaña de guerra ecológica, contra la Ciudad de Esperanza, nuestra única gran arcología y el centro de la vida caritana.
—Doce unidades —dijo Tuf—. Amplíe su explicación. Kreen suspiró y se removió en su asiento.
—Los Sacros Altruistas fueron hace siglos los colonizadores originales de Caridad. Abandonaron su planeta de origen al ver ofendidas sus sensibilidades religiosas por el avance tecnológico. La Sacra Iglesia Altruista enseña que la salvación se consigue viviendo de modo sencillo en la proximidad de la naturaleza, sufriendo y sacrificándose. Por lo tanto, los Altruistas decidieron buscar un planeta inhóspito, sufrir, sacrificarse y morir felizmente, cosa que hicieron durante unos cien años o más. Los recién llegados construyeron la arcología que llamamos Ciudad de Esperanza, cultivaron la tierra con avanzada maquinaria robotizada, abrieron un espaciopuerto y pecaron en modos muy variados contra Dios. Lo que es aún peor, unos cuantos años después, los hijos de los Altruistas empezaron a huir en gran número del desierto, para ir a la Ciudad y disfrutar un poco de la vida. En unas cuantas generaciones, de los Altruistas sólo quedaba un puñado de viejos. Pero entonces apareció Moisés conduciendo el movimiento que llaman la Restauración. Fue a la Ciudad de Esperanza, se enfrentó al consejo de los administradores y pidió que dejáramos marchar a su gente. Los administradores le explicaron que su gente no quería marcharse, pero Moisés no se dejó impresionar por ello. Dijo que si no dejábamos marchar a su gente, si no cerrábamos el espaciopuerto y no desmantelábamos la Ciudad de Esperanza, para vivir cerca de Dios, haría caer plagas incontables sobre nosotros.
—Interesante —dijo Haviland Tuf—. Continúe. —El dinero es suyo —replicó Jaime Kreen—. Bueno, los administradores le dieron a Moisés una patada en su peludo trasero y todo el mundo se rió mucho de él. Pero también hicimos algunas comprobaciones, por si acaso. Todos habíamos oído viejas historias de horror sobre la guerra biológica, claro está, pero dábamos por sentado que sus secretos se habían perdido hacía mucho tiempo, cosa que nuestros ordenadores confirmaron. Las técnicas de clonación y manipulación genética empleadas por los Imperiales de la Tierra sobrevivieron sólo en un puñado de planetas muy alejados unos de otros y el más cercano de los cuales estaba a siete años de nosotros, utilizando impulsores MRL.
—Ya veo —dijo Haviland Tuf—. Pero no me cabe duda alguna de que también debieron oír algo sobre las sembradoras del extinguido Cuerpo de Ingeniería Ecológica del Imperio Federal.
—Sí, algo oímos —dijo Kreen con una sonrisa amarga—. No quedaba ya ninguna. Todas habían sido destruidas o se habían perdido hacía siglos y no debíamos preocuparnos por ellas. Al menos así lo creímos hasta que el capitán de una nave mercante, que hizo escala en Puerto Fe, nos trajo otras informaciones. Los rumores viajan, Tuf, aunque sea entre las estrellas. Su fama le precede y le condena. Nos lo contó todo sobre usted y su Arca descubierta por casualidad, esa nave que estaba usando para llenarse los bolsillos de dinero y la tripa de grasa. Otras naves de otros mundos nos confirmaron su existencia y el hecho de que controlaba una sembradora del CIE todavía en funcionamiento. Pero no teníamos ni idea de que estuviera aliado a Moisés, hasta que empezaron las plagas.
En la gigantesca frente de Haviland Tuf, blanca como el hueso, apareció una diminuta arruga que se esfumó un instante después.
Se puso en pie con un lento y majestuoso movimiento que hacía pensar en las mareas y su inmensa estatura empequeñeció a Jaime Kreen.
—Empiezo a entender cuáles son sus quejas contra mi —dijo—. Pondré en su cuenta la suma de quince unidades.
Kreen emitió un ruido bastante grosero. —Sólo tres unidades por todo eso, Tuf, es usted un… —Entonces que sean veinte con tal de silenciarle y hacer que reine de nuevo cierta tranquilidad en el Arca. Como puede ver, soy de naturaleza generosa. Ahora su deuda asciende a la cantidad de trescientas ochenta unidades. Voy a hacerle una pregunta más y le daré la oportunidad de reducirla a trescientas setenta y siete.
—Hágala. —¿Cuáles son las coordenadas de su mundo, de Cari dad?
Teniendo en cuenta lo que suelen ser las distancias interestelares, Caridad no se encontraba demasiado lejos de K’theddion y el viaje entre los dos planetas sólo duró tres semanas. Para Jaime Kreen fueron semanas muy ocupadas. Mientras el Arca iba devorando silenciosamente los años luz, Kreen trabajaba. En algunos de los pasillos más lejanos, el polvo llevaba siglos acumulándose. Haviland Tuf le entregó una escoba y le dijo que lo limpiara.
Kreen empezó a quejarse y dijo que sus brazos rotos eran excusa más que suficiente para no hacer tal trabajo. Entonces Haviland Tuf le dio un sedante y le metió en el cronobucle del Arca, el lugar donde las mismas e inmensas energías que deformaban la textura del espacio podían utilizarse para producir extraños efectos sobre el tiempo. Tuf afirmaba que el cronobucle era el último y el mayor secreto de los Imperiales de la Tierra y que no se conservaba en ningún otro lugar. Lo utilizaba para que sus clones llegaran a la madurez en cuestión de días y lo utilizó para envejecer a Jaime Kreen y, de paso, hacer que sus brazos rotos curaran en cuestión de horas.
Y, con sus brazos ya arreglados, Jaime Kreen empezó a barrer la nave a razón de cinco unidades por hora de trabajo.
Barrió kilómetros de pasillos, más habitaciones de las que podía contar y toda clase de jaulas vacías, en las cuales se había acumulado algo más que polvo. Barrió hasta que le dolieron los brazos y cuando no tenía la escoba entre las manos, Haviland Tuf, se encargó de buscarle otras labores. A la hora de las comidas Kreen hacía de mayordomo y le traía a Tuf las jarras de cerveza negra y las bandejas en las que se amontonaban humeantes vegetales de todas clases. Tuf lo aceptaba todo con aire impasible, en el gran sillón acolchado, donde tenía la costumbre de entretenerse leyendo. Kreen se vio obligado a servir igualmente a Dax, en ocasiones hasta tres o cuatro veces durante cada comida, pues el enorme gato negro era bastante melindroso en sus costumbres alimenticias y Tuf había insistido en que todos sus caprichos debían verse satisfechos. Sólo cuando Dax estaba saciado, se le permitía a Jaime Kreen ocuparse de su propia comida.
En una ocasión, a Kreen se le encargó que hiciera una reparación de poca importancia que la maquinaria del Arca, no se sabía muy bien por qué, había pasado por alto, pero lo hizo tan mal que Haviland Tuf decidió rápidamente no asignarle en el futuro más labores de tal clase.
—La culpa es totalmente mía, caballero —dijo Tuf al ver lo ocurrido—. Me había olvidado de que es usted un burócrata y que, como tal, no sirve prácticamente para nada.
Pese a todos sus laboriosos esfuerzos, la deuda de Jaime Kreen se iba reduciendo con penosa lentitud y algunas veces no se reducía en lo más mínimo. Kreen no tardó mucho en descubrir que Haviland Tuf no regalaba absolutamente nada. Por arreglarle los brazos fracturados, Tuf añadió cien unidades en concepto de «servicios médicos» a la factura total y también le cobraba un décimo de unidad por cada litro de agua, medio por una jarra de cerveza y una unidad entera, al día, en concepto de aire. Las comidas eran bastante baratas. Si Kreen se limitaba a los platos más sencillos, sólo dos unidades por cada una. Pero los platos sencillos consistían Únicamente en una papilla más bien poco sabrosa por lo cual, bastante a menudo, Kreen acababa pagando precios más altos, por los sabrosos guisos de vegetales con los que el propio Tuf se regalaba. Habría estado dispuesto a pagar incluso más por comer carne, pero Tuf se negaba a ello. En la única ocasión en que le pidió la clonación de un buen bistec, el comerciante se le quedó mirando fijamente y dijo: