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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—En quinto lugar —prosiguió Haviland Tuf—, Moisés desencadenó una peste que acabó con todo el ganado de sus enemigos.

—Ésa la pasó por alto —dijo Rej Laithor—. Teníamos todo el ganado en las praderas, pero pusimos centinelas alrededor de él y también en los sótanos donde guardábamos las bestias de carne. Lo estábamos esperando, pero no sucedió nada. Por suerte, también pasó por alto el granizo y las llagas, aunque me habría gustado ver cómo conseguía un buen granizo dentro de la arcología. Pasó directamente a las langostas.

—Ciertamente —dijo Haviland Tuf—, la octava plaga. ¿Sus campos fueron devorados por langostas?

—Las langostas no tocaron nuestros campos. Se metieron en la ciudad, dentro de los compartimientos sellados donde guardábamos el grano. Tres años de cosechas desaparecieron en una noche.

—La novena plaga —dijo Haviland Tuf era la oscuridad.

—Me alegro de haberme perdido ésa —dijo Jaime Kreen. —Todas las luces de la ciudad se apagaron —dijo Rej Laithor—. Nuestras cuadrillas de reparaciones tuvieron que abrirse paso, a través de montones de moscas muertas y langostas vivas, mientras se rascaban sin cesar las picaduras de los piojos. Pero ya era inútil, la gente se iba a millares. Ordené el abandono de la ciudad cuando descubrimos que incluso las estaciones energéticas de emergencia estaban llenas de bichos. Después de eso, todo ocurrió muy aprisa. Una semana después estaba viviendo en una cabaña sin calefacción, situada en las Colinas del Honesto Trabajo, y aprendía a hacer funcionar un telar —en su voz había una furia salvaje.

—Su destino me parece realmente digno de compasión —dijo Haviland Tuf con voz plácida—, pero no creo que deban desesperar todavía. Cuando me enteré de sus apuros, por boca de Jaime Kreen, decidí inmediatamente ayudarles. y aquí estoy.

Rej Laithor le miró con suspicacia. —¿Ayudarnos? —dijo.

—Les haré recuperar de nuevo la Ciudad de Esperanza —dijo Haviland Tuf—. Haré pedazos a Moisés y su Sacra Restauración Altruista. La liberaré de su telar y le devolveré su terminal de ordenador.

La joven y el hombretón enflaquecido sonreían con cierta incredulidad. Rej Laithor seguía con el ceño fruncido.

—¿Por qué? —Rej Laithor me pregunta el porqué —le dijo Haviland Tuf a Dax, acariciándole Con suavidad—. Mis motivos siempre son puestos en tela de juicio. En esta dura edad moderna que nos ha tocado vivir, Dax, la gente ha perdido la confianza —miró nuevamente a la administradora—. Les ayudaré porque la situación de Caridad me conmueve y porque es obvio que su gente está atravesando grandes dolores y sufrimientos. Moisés no es ningún altruista auténtico, como bien sabemos los dos, pero ello no quiere decir que et impulso de la benevolencia y el autosacrificio haya perecido en la humanidad. Aborrezco a Moisés ya sus tácticas, el uso que hace de animales e insectos inocentes, de un modo totalmente antinatural, para imponer su voluntad sobre su prójimo. ¿Le parecen suficientes dichos motivos, Rej Laithor? Si no se lo parecen, basta con que me lo diga y me llevaré a mi Arca rumbo a otros lugares.

—No —dijo ella—, no lo haga. Aceptamos. Acepto en nombre de Ciudad de Esperanza. Si triunfa le construiremos una estatua y la colocaremos en lo alto de la ciudad para que sea visible a kilómetros de distancia.

—Los pájaros que pasaran sobre ella muy probablemente la usarían como blanco de sus deyecciones —dijo Haviland Tuf—. El viento la iría erosionando y estaría en un lugar tan alto que nadie podría ver sus rasgos Con claridad. Quizás una estatua como ésa pudiera halagar mi vanidad pues, a pesar de mi talla, Soy un hombre insignificante al que le complacen ese tipo de cosas. Pero me gustaría más verla colocada en su mayor plaza pública, donde estuviera a salvo de todos esos posibles daños.

—Naturalmente —se apresuró a decir Laithor—, lo que quiera.

—Lo que quiera —dijo Haviland Tuf y no lo dijo como si fuera una pregunta—. Además de la estatua, pediré también la suma de cincuenta mil unidades.

El rostro de Rej Laithor se volvió primero lívido y luego de un subido color rojizo.

—Dijo… —su voz era un murmullo ahogado… usted… benevolencia… altruismo… nuestras necesidades… el telar…

—Debo hacer frente a mis gastos —dijo Haviland Tuf—. Estoy ciertamente dispuesto a sacrificar mi tiempo para este asunto, pero los recursos del Arca son demasiado valiosos para dilapidarlos sin compensación. Debo comer. Estoy seguro de que los cofres de Ciudad de Esperanza serán lo bastante amplios como para satisfacer esa pequeña suma.

Rej Laithor emitió un balbuceo ininteligible.

—Yo me encargaré de esto —dijo Jaime Kreen volviéndose hacia Tuf—. Diez mil unidades y ni una más. Nada que no sea diez mil unidades.

—Imposible —dijo Haviland Tuf—. Mis costes operacionales superarán con toda seguridad las cuarenta mil unidades. Es posible que pueda conformarme con esa suma y hacer un pequeño sacrificio ya que su pueblo está sufriendo.

—Quince mil —dijo Kreen. Haviland Tuf siguió callado.

—¡Oh, infiernos! —dijo Jaime Kreen—. Entonces, que sean cuarenta mil y ojalá reviente ese maldito gato.

El hombre llamado Moisés tenía la costumbre de dar cada tarde un paseo por las toscas sendas labradas en las Colinas del Honesto Trabajo. Admiraba la belleza del crepúsculo y meditaba en soledad sobre los problemas del día que llegaba a su final. Andaba con largas zancadas que pocos hombres eran capaces de igualar, aun siendo más jóvenes que él, sosteniendo en una mano su largo y nudoso cayado. Mostraba una expresión apacible en el rostro y mantenía los ojos clavados en la lejanía del horizonte. Muchas veces caminaba más de doce kilómetros antes de emprender nuevamente el camino de vuelta a su casa ya su lecho. Durante uno de esos paseos, apareció ante él la columna de fuego.

Acababa de subir a una pequeña elevación del terreno y allí se la encontró. Un ondulante embudo de llamas anaranjadas, a través del cual ardían fugaces chispas amarillas y azules, se movía por entre las rocas y el polvo, en línea recta hacia él. Tendría unos treinta metros de alto y estaba coronada por una nubecilla gris, que se movía al mismo ritmo que la columna de llamas.

Moisés se paró en lo alto de la colina, apoyado en su bastón, y la observó.

La columna de fuego se detuvo a unos cinco metros de él, dominándole con su altura.

—Moisés —dijo una voz de trueno que parecía venir directamente del cielo—. Soy el Señor, tu Dios, y has pecado contra mí. ¡Devuélveme a mi pueblo!

Moisés se rió levemente.

—¡Muy bueno! —dijo con su dulce voz—. Realmente muy bueno.

La columna de fuego tembló girando sobre sí misma. —Libera a la gente de la Ciudad de Esperanza de tu cruel tiranía —exigió—, o mi ira hará llover las plagas sobre ti.

Moisés frunció el ceño y apuntó con su cayado hacia la columna de fuego.

—Yo soy el único que se encarga de las plagas por aquí, te agradecería que lo recordaras bien —en su voz había una leve dureza, escondida por su habitual melosidad.

—Falsas plagas de un falso profeta, tal como tú y yo sabemos muy bien —retumbó la columna de fuego—. Todos tus torpes trucos y engaños me son conocidos, pues yo soy el Dios cuyo nombre has profanado. ¡Entrégame a mi pueblo, o te enfrentarás a la más auténtica y terrible de las pestes!

—Tonterías —dijo Moisés, empezando a bajar la cuesta en dirección a la columna de llamas—. ¿Quién eres?

—Yo soy el que soy —dijo la columna, retirándose apresuradamente ante el avance de Moisés—. Soy Dios, tu Señor.

—Eres una proyección holográfica —dijo Moisés—, que emana de esa ridícula nube que tenemos encima. Soy un hombre santo, no un imbécil. Largo.

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