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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Se está burlando de mí —dijo Jaime Kreen—. ¡Pienso hacerle mucho daño!

Haviland Tuf no dio muestra alguna de emoción. —No lo hará, caballero, aunque tengo la impresión de que está pensando en atacarme por segunda vez. No apruebo la violencia, pero dado que su torpe conducta no me deja otra opción… —Y, con estas palabras, avanzó hacia él y levantó en vi lo a Jaime Kreen antes de que el joven pudiera reaccionar. Luego, con gestos lentos y precisos, le rompió los dos brazos.

Kreen emergió, con el rostro lívido y la mirada perdida, de la sepulcral oscuridad que reinaba en la Prisión de K’theddion, al resplandor de la calle. Llevaba los dos brazos en cabestrillo y parecía tan cansado como aturdido.

Haviland Tuf le estaba esperando, sosteniendo con una mano a Dax, mientras le acariciaba con la otra. Al ver salir a Kreen alzó la mirada.

—Tengo la impresión de que ahora ya está más tranquilo —comentó Tuf—. Además, le encuentro mucho más sobrio.

—¡Usted! —Kreen pareció más asombrado que nunca y su rostro se retorció de tal modo que por unos instantes pareció a punto de hacerse pedazos—. ¿Debo entender que usted pagó para que me pusieran en libertad?

—Un punto muy interesante —dijo Haviland Tuf—. Ciertamente, pagué cierta suma, doscientas unidades, si debo ser preciso, y mediante ese pago se le ha permitido salir. Pese a ello, resulta incorrecto decir que he pagado por su libertad pues el meollo del asunto radica en que no es usted libre. Teniendo en cuenta la ley de K’theddion me pertenece en calidad de sirviente y puedo hacerle trabajar en lo que me parezca, hasta que haya pagado la totalidad de su deuda.

—¿Deuda?

—Le expongo mi sistema de cálculo —dijo Haviland Tuf—. Doscientas unidades por la suma que le pagué a las autoridades locales, para obtener el deleite de su presencia. Cien unidades por mi traje, que era auténtico algodón de Lambereen y resultó totalmente destruido. Cuarenta unidades por los daños causados en el restaurante y que me vi obligado a pagar para cancelar la denuncia presentada por el propietario contra usted. Siete unidades por el delicioso vino de hongos que no me dio la oportunidad de paladear. El vino de hongos es uno de los motivos por los cuales se ha hecho famoso este planeta y aquella cosecha en particular era especialmente apreciada. Con todo ello obtenemos el total de trescientas cuarenta y siete unidades por los daños causados. Y, lo que es más, su asalto sin provocación alguna por mi parte convirtió a Dax ya mi persona en el centro de una escena francamente desagradable, causando los lógicos inconvenientes a nuestra tranquilidad. Por todo ello estimo que debe imponerse la suma adicional de otras cincuenta y tres unidades, cantidad que me parece generosamente baja. Con ello, el total estimado se eleva a la redonda cifra de cuatrocientas unidades.

Jaime Kreen se rió maliciosamente. —Pues, le va a costar lo Suyo obtener de mí ni siquiera la décima parte de esa cantidad, vendedor de animales —dijo—. No tengo dinero y no voy a servirle de mucho a la hora de trabajar. Ya sabrá que tengo los dos brazos rotos.

—Caballero —dijo Haviland Tuf—, si estuviera en posesión de alguna cantidad en efectivo, podría haber comprado usted mismo su libertad y, en tal caso, no le habría sido necesaria mi ayuda. y dado que fui yo mismo quien le rompió los brazos, estoy igualmente al corriente de dicho particular. Tenga la bondad de no recalcar lo ya obvio con frases en las cuales no hay ninguna información pertinente. Pese a sus actuales menoscabos físicos, tengo la intención de llevarle a mi nave y hacerle trabajar hasta que haya satisfecho la suma que me debe. Venga conmigo.

Haviland Tuf se dio la vuelta y empezó a andar por la calle. Cuando Kreen no hizo ningún ademán de seguirle, Tuf se detuvo y se volvió a mirarle. Kreen estaba sonriendo.

—Si quiere que vaya a algún Sitio, ya puede empezar a llevarme —le dijo.

Tuf acarició a Dax con expresión impasible. —No tengo ninguna intención de llevarle a ninguna parte —dijo con Voz átona—. Ya me obligó a tocarle una vez y esa experiencia fue lo suficientemente desagradable como para disuadirme de repetirla. Si se niega a seguirme, volveré a las autoridades y contrataré dos guardias para que le lleven a la fuerza hasta donde yo quiera. Sus salarios se añadirán a la deuda. La elección es suya —Tuf se dio nuevamente la vuelta y avanzó hacia el espaciopuerto.

Jaime Kreen le siguió con repentina docilidad, mascullando entre dientes.

La nave que les esperaba en el Espaciopuerto de K’theddion era impresionante incluso para Kreen. Era bastante antigua y tenía un aspecto más bien mortífero, aumentado por sus pequeñas alas triangulares de aire amenazador. Su altura era superior a la de las naves mercantes más modernas que la rodeaban con sus abultadas bodegas. Como solía ocurrirle a los no demasiado numerosos visitantes de Haviland Tuf (aunque no lo admitió), Kreen se quedó todavía más impresionado al descubrir que el Grifo no era sino una lanzadera y que el Arca les estaba aguardando en órbita.

La cubierta del Arca tenía dos veces el tamaño del campo de aterrizaje del Espaciopuerto de K’theddion y estaba repleta de naves. Entre ellas había otras cuatro lanzaderas iguales al Grifo, una vieja nave mercante con el casco en forma de lágrima, típica de Avalon, reposando sobre sus algo torcidos soportes de aterrizaje; un caza militar de aspecto más bien maligno; una especie de barcaza de un tamaño absurdamente grande, recubierta de barrocos ornamentos dorados y con un primitivo cañón de arpones montado encima; dos naves que parecían de diseño alienígena y no inspiraban demasiada confianza y otra que aparentaba no ser sino una gran placa cuadrada con un pilón en el centro.

—¿Colecciona naves espaciales? —le preguntó Jaime Kreen una vez que Tuf hubo posado el Grifo y los dos hubieron bajado a la cubierta.

—Una idea interesante —replicó Tuf—, pero no es así. Las cinco lanzaderas son parte del equipo original del Arca y conservo la vieja nave mercante por razones sentimentales, ya que fue mi primera propiedad. Las demás las he ido adquiriendo durante mis viajes. Quizá debería ir pensando en limpiar un poco la cubierta, pero siempre existe la posibilidad de que alguna de tales naves pueda revelarse dotada de valor comercial, por lo que, hasta el momento, me he abstenido de hacerlo. Es un asunto en el cual debo meditar. Ahora, haga el favor de acompañarme.

Avanzaron por una serie de salas de recepción y luego tomaron por varios corredores hasta llegar a un garaje en el que había varios pequeños vehículos de tres ruedas. Haviland Tuf le indicó a Kreen que subiera a uno, dejó a Dax en el espacio intermedio del asiento y luego lo puso en marcha, enfilando por un enorme túnel lleno de ecos que parecía tener muchos kilómetros de largo. El túnel estaba ocupado a los lados por tanques de cristal de muchas formas y tamaños distintos, todos llenos de fluidos y líquidos de variable consistencia. En algunas de las cubas se veían siluetas oscuras que se apilaban lentamente en el interior de bolsas traslúcidas, y algunas de ellas daban la impresión de seguirles con la mirada al pasar. Kreen encontró esos movimientos más bien terribles y espantosos, pero Tuf no pareció prestarles la más mínima atención. Guiaba el vehículo con los ojos clavados en la lejanía.

Tuf acabó deteniendo el vehículo en una habitación idéntica a la primera que habían visitado, recogió a Dax y condujo a su prisionero, por otro pasillo, hasta una estancia algo polvorienta, pero de aspecto cómodo, que se encontraba atiborrada de muebles. Le indicó con una seña a Kreen que tomara asiento y él hizo lo mismo, depositando a Dax en un tercer asiento ya que, una vez sentado, Tuf se había convertido en una masa esférica carente de regazo.

—Y ahora —dijo Haviland Tuf—, hablaremos. Las vastas dimensiones de la nave de Tuf habían logrado amansar un tanto a Jaime Kreen, pero al oír esas palabras pareció recobrar el ánimo.

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