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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Sangre —exclamaban—, el río se ha vuelto de sangre al igual que lo hicieron antes las aguas de la Ciudad.

Se llamó a Moisés y él acudió al río con cierta desgana, arrugando la nariz ante el hedor que emanaba de los peces muertos y de los que aún agonizaban, mezclado con el omnipresente olor de la sangre.

—Es un truco de los pecadores de la Ciudad de Esperanza —dijo al contemplar el lento curso de la corriente escarlata— Dios renueva el mundo natural. Rezaré y dentro de un día, el río volverá a estar limpio y fresco —permaneció inmóvil en el fango con un charco ensangrentado lleno de peces muertos a los pies, extendió su cayado sobre las aguas enfermas y se puso a rezar. Rezó durante un día y una noche, pero las aguas no se limpiaron.

Cuando llegó el nuevo día, Moisés se retiró a su cabaña, dio ciertas órdenes y Rej Laithor junto con otros cinco administradores fueron separados de sus familias e interrogados con gran intensidad. Los interrogadores no lograron averiguar nada. Patrullas armadas de Altruistas ascendieron por el curso del río, en busca de los conspiradores que estaban arrojando sustancias contaminantes en sus aguas. No encontraron nada. Viajaron durante tres días y tres noches hasta llegar a la gran cascada de las Tierras Altas e, incluso allí, descubrieron que el gran salto de agua se había convertido en sangre y nada más que sangre.

Moisés rezó sin descanso día y noche hasta que, finalmente, se derrumbó inconsciente y sus subordinados le llevaron de nuevo hasta su austera cabaña. El río siguió fluyendo escarlata.

—Está vencido —dijo Jaime Kreen una semana después, cuando Haviland Tuf volvió de explorar la situación en su barcaza aérea ¿Porqué sigue esperando?

—Espera a que el río se limpie por sí mismo —dijo Haviland Tuf—. Una cosa es contaminar el suministro de agua en un sistema cerrado como el de su arcología, donde basta con una limitada cantidad de sustancia contaminante para lograr los fines deseados. Pero un río es una empresa de magnitud mucho mayor. Inyecte en sus aguas toda la cantidad de sustancia química que desee y más pronto o más tarde habrá fluido por su curso y el agua volverá a quedar limpia. Sin duda, Moisés cree que pronto nos quedaremos sin sustancia contaminante.

—Entonces, ¿cómo lo ha conseguido?

—Los microorganismos, a diferencia de las sustancias químicas, se multiplican y son capaces de renovarse a sí mismos —dijo Haviland Tuf. Hasta las aguas de la Vieja Tierra estaban sujetas de vez en cuando a tales mareas rojas, como nos cuentan los viejos registros del CIE. Hay un mundo llamado Scarne donde la forma de vida que las produce es tan virulenta que incluso los océanos están teñidos por ella y todas las demás formas de vida deben adaptarse o morir. Los constructores del Arca visitaron Scarne y tomaron un poco de material para someterlo a clonación posteriormente.

Esa noche la columna de fuego apareció ante la cabaña de Moisés y asustó a los centinelas haciéndoles huir.

—¡Devuélveme a mi pueblo! —rugió.

Moisés fue tambaleándose hacia la puerta y la abrió de par en par.

—Eres una ilusión obra de Satán —gritó—, pero no me dejaré engañar. Márchate. No beberemos más de ese río, creador de engaños. Hay pozos muy hondos en los cuales podemos obtener agua y siempre podemos cavar otros.

La columna de fuego se retorció emitiendo un diluvio de chispas.

—No lo dudo —observó—, pero con ello no se hará sino retrasar lo inevitable. Sí la gente de Ciudad de Esperanza no es liberada, desencadenaré la plaga de las ranas.

—Me las comeré —chilló Moisés. Serán un manjar delicioso.

—Estas ranas vendrán del río —dijo la columna de fuego—, y serán mucho más terribles de lo que puedes imaginar.

—No hay nada capaz de vivir en esa cloaca envenenada —dijo Moisés—, ya te has cuidado de ello tú mismo —luego cerró la puerta de golpe e hizo oídos sordos a las palabras de la columna de fuego.

Los centinelas que Moisés envió al río, a la mañana siguiente volvieron cubiertos de sangre y enloquecidos por el miedo.

—Ahí dentro hay cosas —dijo uno de ellos—, cosas que se agitan en los charcos de sangre. Son una especie de serpientes escarlata, largas como un dedo, pero tienen patas el doble de largas. Parecían ranas rojas pero, cuando nos acercamos más, vimos que tenían dientes y estaban haciendo pedazos a los peces muertos. Ya no quedaba casi ninguno y los pocos que había estaban cubiertos de esas cosas que parecen ranas. Entonces Danel intentó coger una y la rana le mordió en la mano y él gritó y de repente el aire estaba lleno de esas malditas criaturas, saltando de un lado a otro, como si pudieran volar, mordiéndonos e intentando hacernos trizas. Fue horrible. ¿Cómo se puede luchar con una rana? ¿La apuñalas, le pegas un tiro? ¿Qué haces? —estaba temblando.

Moisés envió otro grupo al río, provisto con sacos, veneno y antorchas. Volvieron en total confusión, llevando a dos de los hombres heridos, incapaces de caminar. Uno de ellos murió esa misma mañana, con el cuello desgarrado por una rana. Otro sucumbió unas cuantas horas después, a causa de la fiebre que había atacado a casi todos los que habían sido mordidos.

Al llegar la noche los peces habían desaparecido y las ranas empezaron a salir del río y se dirigieron hacia las aldeas. Los Altruistas cavaron trincheras y las llenaron de agua, prendiendo fuego a la maleza. Las ranas saltaron sobre el agua y las llamas. Los Altruistas lucharon con porras y cuchillos, y llegaron a utilizar las armas modernas que les habían arrebatado a la gente de la ciudad. Al amanecer había seis muertos más. Moisés y sus seguidores se encerraron en sus cabañas.

—Nuestra gente no tiene refugio alguno —le dijo Jaime Kreen con cierto temor—. Las ranas entrarán en los campos de trabajo y les matarán.

—No —replicó Haviland Tuf—. Si Rej Laithor consigue mantenerles tranquilos e impide que se muevan no tienen nada que temer. Las ranas sangrientas de Scarnish comen básicamente carroña, y sólo atacan a criaturas de tamaño superior al suyo cuando se las ataca o cuando están asustadas.

Kreen pareció algo incrédulo y luego una lenta sonrisa fue abriéndose paso por su rostro.

—¡Y Moisés se oculta lleno de miedo! Estupendo, Tuf.

—Estupendo —dijo Haviland Tuf, pero, en su voz impasible, no había nada que permitiera saber si se burlaba o sí estaba de acuerdo con Kreen, aunque tenía a Dax en el regazo y de pronto Kreen se dio cuenta de que el gato permanecía muy tieso y que su pelaje se iba encrespando lentamente.

Esa noche, la columna de fuego no acudió al hombre llamado Moisés sino a los refugiados de la Ciudad de Esperanza, que permanecían acurrucados en su miserable campamento llenos de miedo, viendo cómo las ranas iban y venían más allá de las trincheras que les separaban de los Altruistas.

—Rej Laithor —dijo la columna llameante—, vuestros enemigos están ahora aprisionados, por su propia voluntad, tras las puertas de sus cabañas. Sois libres. Marchaos, volved a la arcología. Caminad lentamente, tened mucho cuidado de mirar por donde pisáis y no hagáis movimientos bruscos. Haced todo esto sin ningún temor y las ranas no os harán daño. Limpiad y arreglad vuestra Ciudad de Esperanza e id preparando mis cuarenta mil unidades.

Rej Laithor, rodeada por sus administradores, alzó la mirada hacia las llamas que se retorcían.

—Moisés nos atacará de nuevo apenas se haya ido, Tuf —gritó—. Acabe con él, suelte sus otras plagas.

La columna de fuego no respondió. Durante interminables minutos permaneció en silencio, dando vueltas sobre sí misma y emitiendo chispazos, y luego se esfumó por completo.

Con paso lento y cansino la gente de la Ciudad de Esperanza empezó a salir en fila india del campamento, teniendo gran cuidado de fijarse por donde pisaban.

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