Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
La columna de fuego permaneció inmóvil y emitió un rugido amenazador. Moisés caminó a través de ella y luego siguió bajando por la cuesta. La columna de fuego permaneció girando y retorciéndose, un largo tiempo después de que Moisés hubiera desaparecido.
—Ciertamente —retumbó su cavernosa voz, dirigiéndose a la noche desierta. Luego tembló levemente y se esfumó.
La nubecilla gris cruzó a toda velocidad las colinas y encontró a Moisés un kilómetro más lejos. La columna de fuego se materializó nuevamente, chasqueando con un ominoso despliegue de energía. Moisés dio la vuelta a su alrededor y la columna de fuego empezó a seguirle.
—Esa gente de tu ciudad empieza a cansarme —dijo Moisés mientras caminaba—. Has seducido a mi pueblo con tus costumbres pecaminosas, llenas de pereza, y ahora interrumpes mis reflexiones vespertinas. He tenido un duro día de santo trabajo y te advierto que estás empezando a provocarme. He prohibido todo manejo de la ciencia. Llévate tu nave y tu holograma y esfúmate antes de que haga llover las llagas sobre tu gente.
—Palabras vacías, señor —dijo la columna de fuego, casi pisándole los talones—. Las llagas se encuentran mucho más allá de vuestras limitadas artes. ¿O acaso es tan fácil engañarme a mí como lo fue engañar a ese rebaño de burócratas miopes?
Moisés vaciló durante unos segundos y contempló pensativo la columna de fuego por encima del hombro.
—¿Pones en duda los poderes de mi Dios? Había creído que con mis demostraciones había dado prueba más que suficiente de ellos.
—Ciertamente —dijo la columna de fuego—, pero lo único demostrado fueron las propias limitaciones de Moisés y las de sus oponentes. Está claro que los planes fueron trazados con inteligencia y a largo plazo, pero ése era el único poder que había en ellos.
—Entonces, sin duda creerás que las plagas que azotaron la Ciudad de Esperanza se debían a la casualidad y a la mala suerte.
—En absoluto, caballero, no me malinterpretéis. Sé muy bien lo que eran, y en ninguna de ellas había nada de sobrenatural. Durante generaciones, los más jóvenes y los más incrédulos Altruistas han ido emigrando a la Ciudad y habrá resultado muy sencillo disimular entre ellos espías, agentes y saboteadores. Ha sido muy astuto aguardar un año, dos o cinco hasta que cada uno de ellos fuera plenamente aceptado por la gente de la Ciudad, dándoseles posiciones de alta responsabilidad. Las ranas y los insectos son susceptibles de crianza, caballero, cosa que no presenta además excesivas dificultades, ya sea en una cabaña situada en las Colinas del Honesto Trabajo o en un complejo de apartamentos situado en el interior de la Ciudad. Caso de que tales criaturas sean soltadas en la tierra baldía, se disiparán rápidamente para morir ya que los elementos se encargarán de acabar con ellas, sus enemigos naturales las perseguirán y acabarán pereciendo por falta de alimento. El complejo e implacable mecanismo de la ecología las reducirá a su espacio natural. Pero, qué diferente es todo en el interior de una arcología, esa verdadera arquitectura ecológica que en realidad no es una ecología real, pues carece de todo ámbito que no sea el de la humanidad y sólo el de ella. El clima en su interior es siempre bueno y agradable, no hay especies que puedan presentar competencia alguna, ni hay depredadores enemigos y resulta muy sencillo encontrar la fuente adecuada de alimentos. Bajo tales condiciones, el resultado inevitable es la plaga, pero dicha plaga es falsa y sólo puede adquirir proporciones amenazadoras dentro del recinto ciudadano. En el exterior esas pequeñas plagas de ranas, piojos y moscas no serían nada ante los embates del viento, la lluvia y la tierra salvaje.
—Convertí su agua en sangre —insistió Moisés.
—Ciertamente, ya que vuestros agentes colocaron sustancias químicas en el depósito de agua de la Ciudad.
—Desencadené la plaga de la oscuridad —dijo Moisés, ahora ya claramente a la defensiva.
—Caballero —dijo la columna de fuego—, que no se insulte a mi inteligencia con algo tan obvio. Lo que se hizo fue apagar la luz.
Moisés giró en redondo para encararse a la columna llameante y alzó la mirada hacia su cima con expresión desafiante, el rostro enrojecido por los reflejos del fuego.
—Lo niego, lo niego todo. Soy un auténtico profeta.
—El auténtico Moisés hizo llover sobre sus enemigos una terrible peste —retumbó la columna de fuego con voz tranquila al menos, tan tranquila como puede serlo una explosión. Aquí no hubo ninguna. El auténtico Moisés hizo que sus enemigos se cubrieran de llagas y ninguno pudo enfrentarse a él. No las hubo tampoco. Caballero, esas omisiones le traicionan. La auténtica peste queda más allá de sus poderes. El auténtico Moisés devastó las tierras de sus enemigos con un granizo que duró todo el día y toda la noche. También ese tipo de plaga queda más allá de sus limitadas capacidades, señor mío. Pero sus enemigos, engañados por tanto truco, le rindieron la Ciudad de Esperanza antes de la décima plaga, antes de la muerte de los primogénitos, y creo que ahí hubo un auténtico golpe de suerte. Porque, si hubiera sido necesario llegar hasta dicha plaga, me parece que se habría enfrentado a considerables problemas.
Moisés golpeó la columna de fuego con su cayado. No hubo ningún efecto, ni en la columna ni en el cayado.
—Largo, vete —gritó—. Seas quien seas, no eres mi Dios. Te desafío. ¡Haz lo que quieras! Tú mismo lo has dicho: en la naturaleza las plagas no resultan tan fáciles de manejar como dentro de una arcología. Nos encontramos sanos y salvos en la vida sencilla de las Colinas del Honesto Trabajo, cerca de nuestro Dios, Estamos llenos de gracia y no podrás hacernos daño alguno.
—Ciertamente —retumbó la columna de fuego—, ciertamente que te equivocas, Moisés. ¡Devuélveme a mi pueblo!
Pero Moisés ya no estaba escuchándola. Atravesó nuevamente las llamas y, ahora claramente furioso, echó a correr hacia la aldea.
—¿Cuándo piensa empezar? —le preguntó un nervioso Jaime Kreen a Haviland Tuf una vez hubo vuelto al Arca. Tras haber llevado a los demás caritanos a la superficie del planeta se había quedado a bordo pues, tal y como había recalcado, Ciudad de Esperanza era inhabitable y en las aldeas y campos de trabajo de los Altruistas no había lugar alguno para él—. ¿Por qué no hace nada? ¿Cuándo…?
—Caballero —dijo Haviland Tuf, sentado en su silla favorita y comiendo un cuenco de setas con crema y guisantes al limón. A su lado, sobre la mesa, había una jarra de cerveza—, tenga la amabilidad de no darme órdenes, a no ser que prefiera la hospitalidad de Moisés a la mía —tomó un sorbo de cerveza—. Todo lo que debía hacerse ha sido hecho. A diferencia de las suyas, mis manos no permanecieron totalmente ociosas durante nuestro viaje desde K’theddion.
—Pero eso fue antes de…
—Detalles —dijo Haviland Tuf—. Casi todo el proceso básico de clonación ya ha sido realizado y los clones han tenido el tiempo suficiente para entretenerse. Mis tanques de cría están llenos —miró a Kreen y pestañeó—. Permítame ocuparme de mi cena.
—Las plagas… —dijo Kreen ¿Cuándo empezarán?
—La primera —le contestó Haviland Tuf—, ha empezado hace ya unas cuantas horas.
Al cruzar las Colinas del Honesto Trabajo, al pasar junto a las seis aldeas y a los campos rocosos de los Sacros Altruistas, así como junto a las grandes extensiones de campos baldíos en los que se encontraban los refugiados, el lento y perezoso río, que los Altruistas llamaban la Gracia de Dios y el resto de caritanos el río del Sudor, seguía su pausado camino. Cuando el alba empezó a despuntar en el lejano horizonte quienes habían acudido a él para pescar, llenar sus recipientes o lavar la ropa, volvieron a las aldeas y a los campos de trabajo lanzando gritos de horror.