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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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La última crónica de Mateo fue la más breve. "Aquí, El Escorial. Día 1 de diciembre. A las seis de la tarde inicióse el acto de la inhumación. Mientras la losa sepulcral cubría el féretro de José Antonio, el Caudillo ha repetido las ya clásicas palabras: "Que Dios te dé el eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte".

CAPÍTULO XXV

No todo, por fortuna, había de ser guerra y trasiego de cadáveres. La vida múltiple ofrecía también aspectos estimulantes. Uno de ellos, las Ferias y Fiestas del patrón de Gerona, San Narciso; las ferias y fiestas que con tanto fervor había preparado la Comisión de Festejos del municipio.

Fue un acontecimiento que mudó por unos días la faz de la ciudad. Las norias, los tiovivos, las barracas, que efectivamente acudieron en gran número, se instalaron a lo largo de la Gran Vía. Desde el balcón de la Delegación de Abastecimientos, Pilar podía contemplar el bullicio humano; la bobaliconería de los campesinos llegados en autocar, vistiendo el traje dominguero; el frenesí de los niños. Durante toda la semana quedó patente que los gerundenses, de acuerdo con los deseos del Gobernador y del general Sánchez Bravo, querían recuperar el tiempo perdido, divertirse. La Andaluza podía dar fe de ello. "Como esto siga así -dijo-, no me quedará más remedio que traerme aquí un contable".

Varias personas triunfaron en aquellas fiestas. La primera, 'La Voz de Alerta'. 'La Voz de Alerta', como alcalde, izó la bandera de cobertura de las obras de la Plaza de Abastos -la promesa se convertía en realidad-, sita a orillas del Oñar, por el lado de los cuarteles de Artillería. En el Café Nacional, Galindo, Marcos y el señor Grote bromearon lo suyo a costa del emplazamiento elegido, dado que justo allí se erguía el monumento a los Héroes de la Independencia, con un león en lo alto de la columna. "Ese león -dijeron- bajará por las noches y se zampará toda la carne guardada en las cámaras frigoríficas". Otra persona triunfante fue Esther, la esposa de Manolo. Consiguió inaugurar las obras para la construcción de dos pistas de tenis, precisamente en el Estadio de Fútbol. Los hermanos Costa, desde la cárcel, subvencionaron el costo de las redes y de las correspondientes jaulas metálicas. Esther, en el acto de la inauguración, apareció radiante. Su talle era tan fino y deportivo que nadie hubiera dicho que tenía dos hijos. Su presencia provocó un ¡ah! de admiración entre los asistentes, aunque algunos, por envidia o lo que fuere, decían de ella que era excesivamente moderna y que lo único que pretendía era llamar la atención. Tenía un admirador secreto, un defensor a ultranza: el camarada Rosselló. El camarada Rosselló, contemplando a Esther, conseguía olvidarse del Penal del Puerto de Santa María. Lo que el profesor Civil aprovechaba para decirle: "¿Por qué será, amigo Rosselló, que la gente elegante suele ser anglófila?". Otra persona triunfante: el capitán Sánchez Bravo, presidente del Gerona Club de Fútbol. El día cumbre de las ferias, el día de San Narciso, jugóse en el estadio de Vista Alegre, el partido máximo de la temporada -contra el Club de Fútbol Barcelona-, y el club gerundense se alzó con la victoria. Calculábanse en unas doce mil las personas que presenciaron el encuentro, procedentes de toda la provincia. La calle del Carmen, que conducía al Estadio, quedó abarrotada de vehículos de todas clases, entre cuyos conductores un muchacho sordomudo repartía propaganda de un insecticida. El once local hizo filigranas sobre el césped, levantando oleadas de entusiasmo, a las que no fue del todo ajeno Matías Alvear. Ciertamente, Matías iba al fútbol… por culpa de Eloy, de la mascota del equipo. Le hacía gracia ver al chico en la banda, sentado sobre un balón, al lado del entrenador y de Rafa, que hacía de masajista. Cada vez que el Gerona Club de Fútbol marcaba un gol, el "renacuajo" de los Alvear pegaba un salto. Y si quien lo marcaba era su preferido, el delantero centro -un muchacho asturiano, llamado Pachín, que cumplía en Gerona el servicio militar-, Eloy tenía que dominarse para no saltar al terreno de juego y abrazar al jugador. Matías no conseguía interesarse de verdad por las incidencias del juego, que le parecía tan anodino como los toros, pero sí por el resultado final. Carmen Elgazu no hubiera imaginado nunca oírle decir a su marido: "les hemos dado pa el pelo"; "el domingo que viene jugamos fuera"; etcétera. "¿Por qué dices les hemos dado, y jugamos? -le preguntaba la mujer-. ¿Es que se te ha curado el reuma y piensas alinearte de extremo izquierda?".

El capitán Sánchez Bravo, que debido a su estatura y a su boquilla de oro tenía buena facha de presidente, se hizo muy popular. Se decía de él "que sabía tratar a los jugadores", arte complejo al parecer. Que como militar les imponía la disciplina necesaria; y como hombre de mundo sabía también, si la ocasión lo merecía, entrar en los vestuarios, abrazarlos uno por uno y concederles, como fue el caso el día de San Narciso, una prima extra. Además, gracias a su influencia el equipo podía contar, en los desplazamientos, con Pachín, con el recluta y goleador Pachín. "Una firmita en el cuartel y ¡hala, Pachín al autocar!". El general Sánchez Bravo, que solía ser muy duro y exigente con su hijo, y que de un tiempo a esta parte observaba todos sus movimientos con inquisitiva atención, en este asunto ponía punto en boca, pues comprendía que no podía contrariar "a la afición". "Van a quererte más a ti que a los que liberamos la ciudad".

Otra de las personas triunfantes en las fiestas fue Paz. Paz, flamante dependienta en la Perfumería Diana -la fábrica de lejía quedaba atrás…-, se llevaba tan de maravilla con Dámaso, su patrón, que un día le dijo: "¿Por qué no instalamos en la Feria un puesto de propaganda?". Dicho y hecho. Dámaso la felicitó por la idea, a condición de que fuera ella misma la encargada de atender al público y de obsequiarlo con pequeñas pastillas de jabón y con muestras de perfume.

Paz aceptó gustosa. El puesto que se les asignó estaba muy cerca del Gran Circo Español que actuaba en la ciudad. El éxito de la muchacha fue espectacular. Los ojos de Paz, más negros y alargados que nunca; sus labios, pulposos; su voz un tanto rota, seductora; las uñas de sus manos, que, por consejo de Dámaso, se pintó de color ambarino brillante; toda su persona, en fin, atrajo a la población juvenil masculina como el agua a los sedientos. Sobre todo los soldados -y los peones albañiles, y los empleados del Circo- se amontonaban en la caseta pidiendo más y más pastillitas de jabón. "¿Es que no os habéis lavado desde antes de la guerra? ¡Si seréis guarros! -gritaba Paz, ladeándose el casquete-. ¡Eh, tú, que ya llevas lo menos seis!". Las procacidades que Paz tenía que oír eran de todos los calibres. "Quítate ese uniforme, guapa, que quiero ver lo que hay debajo". "Esta noche, a las doce, en el cementerio. ¿Vale?". "Si me dices nones me voy a la Legión". También las sirvientas -incluida Montse, la de 'La Voz de Alerta'- se acercaron a la caseta a pedirle a la muchacha muestras de perfume. Y se morían de celos viendo a Paz capitanear aquel alboroto varonil. Algunos tratantes de ganado, con su blusa gris hasta las rodillas y su bastón, cuchicheaban desde lejos contemplando a Paz: "Eso estará en venta ¿no crees?". "No sé, no se ríe nunca". "Me gustaría enviarle un billete dentro de un sobre". Paz los veía también y adivinaba sus pensamientos. Y tenía ganas de encender un pitillo y ponérselo en la comisura de los labios para volverlos más tarumba todavía. Aunque lo que a ella le gustaba realmente era provocar a los "fascistas". La tarde en que descubrió a José Luis Martínez de Soria mirándola de reojo, mientras el muy tuno simulaba estar absorto ante las carteleras del Circo, se sintió colmaba de satisfacción y gritó: "¡Acercaos, muchachos! ¡Perfumería Diana regala jabón a todo el mundo, sin distinción de categorías! ¡Jabón Diana, que lo lava todo, incluso los cutis más delicados!".

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