La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
¡¿Su madre?! Vitória miró incrédula a la mujer.
– Sí, mi niña, es cierto… aunque mi hijo no me dé precisamente el trato que merezco como madre.
– Bueno, entonces tenemos al menos algo en común. A mí León tampoco me da el trato que merezco como esposa.
León estaba visiblemente molesto. Siempre había temido que algún día saliera todo a la luz. ¿Pero tenía que ser tan pronto? Siempre había estado seguro de que, cuando se ganara el cariño de Vitória, podría conseguir también que ella aceptara sus orígenes. También había pensado que, cuando llegara por fin aquel momento, dona Doralice y Vita se entenderían bien, que podrían ser amigas. Pero en aquellas circunstancias se desvanecieron todas sus esperanzas. Le bastó ver los ojos de Vita para apreciar en ellos todo el odio que encerraban. No obstante, a pesar de la impresión, Vita no había perdido su capacidad de reacción. La respuesta que dio a dona Doralice le hizo daño, pero también le llenó de orgullo. ¡Aquélla era su Vita, la que él conocía y amaba!
– ¡Qué lástima que no pudiera venir a nuestra boda, dona Doralice! Mis padres se habrían alegrado mucho de conocerla. Y yo habría estado encantada, naturalmente.
Dona Doralice captó la indirecta, que iba dirigida más a su hijo que a ella misma.
– Sí, mi niña, yo también lo lamento. Mi único hijo se casa y no considera necesario decírselo a su madre.
– Quizás quería ahorrarle el trago de conocer a la horrible familia con la que ha emparentado.
– Sí, no puedo imaginar otro motivo… -dona Doralice miró fijamente a Vitória-. Tu familia, querida Vita, ya que soy tu suegra puedo llamarte así, ¿verdad?, debe de ser horrible si se parece a ti.
Vitória estuvo a punto de dar una bofetada a la mujer. Pero cuando vio lo absurdo de la situación y la picardía de los ojos de dona Doralice, se echó a reír. Se rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
– Me gusta, dona Doralice. Por fin sé de dónde ha sacado su descastado hijo su insolencia y su arrogancia. Y, naturalmente, su belleza. El color de la piel debió heredarlo de su padre, según parece… ¿Sigue vivo? En tal caso, me gustaría conocerlo.
– No, el senhor Castro ya ha fallecido. En ese sentido no te llevarás más sorpresas, mi niña.
– ¿Ah, sí? ¡Qué lástima! Empezaba a divertirme. Usted es hoy la segunda persona que daba por muerta y que ha aparecido viva y coleando. -Vitória se dirigió a León-. León, querido, ¿te acuerdas del chico mudo que teníamos en Boavista y del que no se volvió a saber nada después de su fuga? Imagínate, le acabo de ver, justo aquí, delante de nuestra casa, con la ayudante de la cocinera. Increíble, ¿verdad?
– A lo mejor le confundes, Vita. Seguro que no es Félix, sino otro negro.
– ¡Ah, cómo te acuerdas de su nombre!
Dona Doralice tomó a su hijo del brazo y le miró seriamente.
– Lo mejor será que vayamos al salón, nos tomemos un coñac y le contemos toda la verdad a Vita.
León asintió.
– ¡Oh, creo que ya he descubierto bastantes verdades por hoy! No quiero conocer más revelaciones.
– Vita, no hay más revelaciones. Pero danos a León y a mí la oportunidad de explicarte todo. Cuando conozcas toda la verdad sabrás perdonar.
Vitória apretó los labios en un gesto de conformidad aceptada sin ganas. Escucharía la historia de León, pero seguro que no podría creerle y mucho menos perdonarle. ¡Jamás! Acompañaría a dona Doralice, que al parecer estaba envuelta en las intrigas de León, pero que no parecía ni la mitad de hipócrita que su hijo y, al fin y al cabo, era también víctima de las mentiras de León. ¿Qué clase de hombre era aquél, que decía que su madre había muerto y la mantenía alejada de su boda? Vitória sintió tal repugnancia que se le puso la carne de gallina. ¡Y pensar que media hora antes quería abrazarle!
Félix y Adelaide apenas podían respirar después de haber corrido como si les persiguiera el diablo. Félix gesticulaba como loco con las manos para explicarle a Adelaide lo que había ocurrido. Ella ya sabía de qué tenía miedo.
– Félix, tranquilízate. La sinhá te ha visto, ¿y qué? ¿Qué puede hacerte?
Podía hacer que le fustigaran, podía mandarle a Boavista a cuidar cerdos, podía prohibirle los pequeños placeres que se permitían a los esclavos, o podía encerrarle -solo, hambriento, herido y atemorizado- en el agujero negro que estaba especialmente pensado para castigar los peores comportamientos, aunque él no conocía a nadie que hubiera sido encerrado allí. ¡Podía hacer de su vida un infierno, eso es lo que podía hacerle! Pero Adelaide le trataba como si sólo hubiera visto un fantasma, cuando hasta los niños sabían que no existían los fantasmas. ¡Oh, y si existían los fantasmas…! ¡Vitória da Silva era uno de ellos!
– Félix, no te va a pasar nada. El senhor León te ayudará. Le prohibirá a su mujer hacerte nada malo.
En el instante en que Adelaide hubo pronunciado aquellas palabras se dio cuenta de que eran una tontería. A diferencia de Félix, que sólo conocía a la joven Vitória de antes, ella sabía cómo era la Vitória adulta, que no dejaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer, y mucho menos su marido.
Félix no hizo caso a Adelaide. ¿Qué sabría ella? No era ella quien sentía amenazada su libertad. Existía naturalmente la remota posibilidad de que la sinhá Vitória aceptara los hechos. ¿Pero debía confiar en ello? ¡Le habría gustado ver a Adelaide si hubiera sido ella la que se encontrara a su antiguo amo a plena luz del día! Habría sido todo un espectáculo, gritando como una histérica mientras se la llevaban. A él no le iba a pasar eso. Tenía que abandonarlo todo de nuevo, el nuevo trabajo, la nueva cabaña, los nuevos conocidos, todo. Pues si Vitória interrogaba a Adelaide enseguida conseguiría saber dónde vivía. Y no podía asumir ese riesgo.
Félix dio a entender a Adelaide que no podrían verse en un tiempo.
– ¡Pero Félix, exageras demasiado! Espera a ver qué pasa. Y, además, ¿no te ha explicado el senhor León que como has nacido después de 1864 eres una persona libre? No puede pasarte nada malo.
¿Ah, no? Había oído suficientes historias de jóvenes negros que habían sido capturados de nuevo como para saber que los fazendeiros siempre encontraban algún motivo para sujetar a sus valiosas fieras humanas en sus granjas y sus campos. Lo más habitual y prometedor para los senhores era acusar a los esclavos rebeldes de falsos delitos. Al final casi todos preferían la vida en los campos de café a la vida “libre” en la cárcel. En todo Brasil no había un solo policía o juez que diera más credibilidad a las palabras de un negro que a las de un senhor blanco.
Félix no dejó que Adelaide influyera en su decisión. Se escondería en un sitio que ni León podría imaginar. Quizás no muy lejos de allí, pero en un mundo muy diferente.
El tic-tac del reloj del salón hacía más evidente el silencio que reinaba en la habitación. Vitória fue la primera que no pudo soportar la espera por más tiempo. Dejó su taza sobre la mesa de cristal y tomó la palabra.
– Bueno, ¿qué pasa? Estoy impaciente. Y, León, propongo que dejes hablar a tu madre. De tu boca no he oído últimamente nada más que mentiras.
León ya lo tenía previsto. Estaba de espaldas a las dos mujeres, tomándose un whisky mientras miraba pensativo por la ventana.
Dona Doralice miró preocupada a su hijo, pero enseguida se volvió hacia Vitória. Se arregló la falda y tomó aire.
– El padre de León era un hombre muy rico. Y muy solitario.
Tomó un trago de coñac, como si necesitara que el alcohol le diera valor para continuar con su relato.
Vitória no sabía por qué dona Doralice se remontaba a tiempos tan lejanos, pero no dijo nada. Por fin conocería el pasado de León, por fin obtendría respuestas a las preguntas que él siempre había evitado.