La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– José Castro e Lenha era un próspero ganadero. Su granja era, y es todavía hoy, la más grande de la región de Chuí, junto a la frontera de Uruguay. Era uno de los pocos fazendeiros que salió indemne de las guerras fronterizas entre Brasil y Uruguay, pues era de procedencia medio española, medio portuguesa, además de gozar de una gran habilidad diplomática. Se casó con una brasileña, pero su matrimonio no fue feliz. Después de que dona Juliana diera a su marido tres hijas y hubiera cumplido con ello sus obligaciones matrimoniales, entregó su vida a la iglesia. El senhor José buscó consuelo en mí. Yo creo que él no sólo se sentía atraído físicamente por mí, sino que sentía algo más profundo, igual que yo. Pero yo era una esclava, y las circunstancias no nos permitían a ninguno de los dos llevar la vida que hubiéramos deseado. Cuando me quedé embarazada todos sabían en la fazenda, incluida dona Juliana, quién era el padre. Sufrí horribles humillaciones, y todo fue aún peor cuando traje un hijo al mundo. ¡El único hijo varón de José! León era un niño tan guapo, con la piel tan clara, que José no pudo hacer otra cosa que quererle. Reconoció su paternidad, le dio a León su apellido y lo educó como su heredero. Yo sólo podía ver a mi hijo a escondidas.
Dona Doralice hizo una pequeña pausa en su relato. Vitória estudió atentamente su rostro, pero no vio en él odio o amargura, sólo tristeza. No podía hacer otra cosa que admirar a esa mujer. ¡Qué destino tan increíble se escondía en las palabras que había omitido en su relato! ¡Qué carácter! Por amor a su hijo renunció al amor de José Castro, sufrió las humillaciones de dona Juliana y sus hijas, aceptó que le quitaran a su hijo… para que él tuviera un futuro mejor que el suyo.
– Cuando León tenía veinte años, su padre murió y le dejó la fazenda. Dona Juliana había fallecido unos años antes, y las hermanas de León habían recibido una magnífica dote, se habían casado y se habían marchado. Lo primero que hizo León como nuevo senhor de la fazenda fue regalarme oficialmente la libertad.
¡Era el tema de aquel artículo del que Pedro y sus amigos se habían reído años antes! Vitória también creyó en su momento que el artículo era producto de una imaginación desbordante, y ahora se avergonzaba de ello.
– Y al resto de los esclavos también. Les ofreció a todos quedarse en la fazenda y trabajar por un modesto salario y una pequeña participación en los beneficios. Casi todos se quedaron. Naturalmente, la adaptación no estuvo exenta de problemas, pero en conjunto el proyecto tuvo éxito: la gente estaba más motivada, trabajaba mejor y producían más beneficios que trabajando como esclavos. ¿Sabes, Vita? El dinero es mucho mejor estímulo que el miedo al castigo físico.
Vitória asintió pensativa.
– Puede ser. Y, además, León podía hacer con sus propios esclavos lo que considerara adecuado. Pero eso no le da derecho a disponer de los esclavos de los demás. Ayudó a Félix a huir, ¿verdad, León? -No esperó a obtener una respuesta-. Eso se llama robo. No es más que un vulgar y miserable robo.
León, que había estado todo el tiempo mirando por la ventana, se volvió por fin hacia ellas. Su mirada estaba cargada de furia.
– Vita, no sé exactamente cómo te sentirías si hubieras tenido que ver a dona Alma durante veinte años sólo a escondidas; si hubieras conocido la miseria, la desesperación de las senzalas; si la mitad de tu familia te hubiera dado a entender continuamente que tu madre biológica vale menos que un perro; o si hubieras heredado a tu propia madre como si fuera una cosa, un objeto que aparece en el inventario de la herencia al final, junto al armario de madera de nogal. No, Vita, no lo sé, pero imagino que eso te habría carcomido igual que a mí. Y supongo también que tú habrías sacado de esa experiencia las mismas consecuencias que yo.
Vitória miró a León inquieta y se abstuvo de hacer cualquier comentario. Naturalmente, lo que León había pasado era espantoso. Pero debía conocerla ya lo suficiente para saber que ella no tenía nada en común con esos tal Castro. Ella trataba bien a los negros, y valoraba a algunos de ellos más que a un armario.
León debió interpretar mal su mirada, pues de pronto explotó.
– ¡Deja de compadecerme!
– No te compadezco, León. Sólo me estoy preguntando cómo es posible que alguien con un pasado como el tuyo pueda llegar a tener la descabellada idea de casarse con una sinhazinha blanca, con la hija de un negrero, del “enemigo”. ¿Es una especie de venganza? ¿Represento yo a los señores que te humillaron y debo pagar por ello?
– ¡Pero Vita -dijo dona Doralice interviniendo en la discusión-, qué pregunta más tonta! Cuando alguien hace algo tan inexplicable, y tan imperdonable, sólo puede existir un motivo: el amor.
– ¡Tonterías! -gritó León, al que Vitória nunca había visto tan alterado-. Vita ha dado en el clavo con su extraordinario y claro entendimiento. ¿Y no crees, mi amor, que mi venganza es muy eficaz? Lástima que hubiera que sacrificar a otras víctimas. -León miró con tristeza a su madre-. Me duele de todo corazón, mae, haberte ocultado mi boda. Quizás te consuele saber que los motivos que me llevaron a este matrimonio no son de índole romántica. Pero ¿crees que Vita me habría tomado por esposo si hubiera conocido mis orígenes?
– ¡Claro que lo habría hecho! Mi mayor deseo fue siempre traer al mundo hijos que se parecieran lo más posible a su abuela paterna. Con permiso, dona Doralice: mestizos de piel clara. Pero gracias a Dios, no he llegado tan lejos. León, me temo que ya no vas poder realizar ese pérfido punto de tu venganza.
– ¡Eso está por ver!
Dona Doralice escuchaba molesta la horrible discusión entre su hijo y su nuera. ¡Dios santo, como podían hablarse así! ¿No veían lo más evidente?
– Bien, será mejor que me vaya. Vita, quizás podamos reunimos un día de éstos y conversar las dos a solas. Creo que tenemos muchas cosas de que hablar. Y estoy segura de que todavía tienes muchas preguntas que yo puedo responder.
Tendió la mano a Vitória, que esta vez sí la cogió.
– Dona Doralice, ha sido un honor conocerla. Pero creo que será mejor que no volvamos a vernos. No creo que mi matrimonio con León dure mucho tiempo, ya que está basado sólo en mentiras.
Dona Doralice no opinaba lo mismo, pero no dijo nada. En cuanto Vitória hubiera asimilado los nuevos descubrimientos estaría dispuesta a tener con ella la conversación que debían haber mantenido hacía tiempo. Dona Doralice se acercó a Léon, le abrazó, le dio dos besos y salió de la habitación sin decir nada.
Dejó tras de sí un vacío en el que se extinguió la ira de Vitória y León. Sólo quedo tristeza, dolor, resignación.
– Vita…
– Está todo dicho, ¿no?
– No te vayas.
Vitória sacudió imperceptiblemente la cabeza antes de dar media vuelta y salir del salón. No quería que León viera las lágrimas en sus ojos, no iba a permitirle disfrutar de aquel triunfo. Cuando cerró la puerta tras de sí, echó a correr lo más deprisa que pudo hasta su habitación, donde podría dar rienda suelta a sus sentimientos. Pero cuando llegó allí ya no sentía la necesidad de tirarse sobre la cama y llorar sin parar.
Como si la última media hora hubiera consumido todas sus energías, Vitória ya sólo sentía desconsuelo. Le sobrevino un gran cansancio, pero antes de echarse a dormir quería escribir una carta a Pedro y Joana. Sería mejor que su hermano y su cuñada no tuvieran una idea equivocada de los motivos de su repentina marcha.