El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El arzobispo se levantó del sillón y fue a arrodillarse al lado de su amigo, aquel hombre excelente al que quería como a pocas cosas en el mundo, aparte de su Dios y de su Iglesia, que eran para él inseparables.
– No lo abandonará, Ralph, y usted lo sabe. Pertenece a la Iglesia, siempre le ha pertenecido y siempre le pertenecerá. Su vocación es auténtica. Recemos ahora, y yo añadiré la Rosa a mis oraciones durante el resto de mi vida. Nuestro Señor nos manda muchas aflicciones! y muchos dolores en nuestro camino hacia la vida eterna. Debemos aprender a soportarlo, yo tanto como usted.
A finales de agosto, Meggie recibió una carta de Luke diciéndole que éste se hallaba en el hospital de Townsville, aquejado de la enfermedad de Weil, pero que no había peligro y pronto sería dado de alta.
Parece, pues, que no tendremos que esperar a que termine el año para nuestras vacaciones, Meg. No puedo volver a los campos de caña hasta que esté totalmente recuperado, y la mejor manera de conseguirlo es disfrutar de unas vacaciones decentes. Por consiguiente, iré a recogerte dentro de una semana. Iremos al lago Eacham, en la altiplanicie de Atherton, y pasaremos allí un par de semanas, hasta que esté en condiciones de volver al trabajo.
Meggie casi no podía dar crédito a sus ojos, y, ahora que se le ofrecía la oportunidad, no sabía si quería o no estar con él. Aunque el dolor de su mente había tardado mucho más en curarse que el dolor corporal, el recuerdo de la ordalía de su luna de miel en el hotel de Dunny había quedado tan atrás que ya no la aterrorizaba, y, después de lo que había leído, comprendía que mucho de ello se había debido a ignorancia, tanto de ella como de Luke. ¡Quisiera Dios que estas vacaciones le trajesen un hijo! Con un hijo a quien amar, todo sería mucho más fácil. A Anne no le importaría, antes al contrario, tener un niño en la casa. Y lo mismo podía decirse de Luddie. Se lo habían dicho cientos de veces, confiando en que Luke viniese una vez con tiempo suficiente para rectificar la estéril existencia privada de cariño hacia su esposa.
Cuando les contó lo que decía la carta, se alegraron, pero, interiormente, permanecieron escépticos.
– Seguro como el sol que nos alumbra que ese malvado encontrará alguna excusa para largarse sin ella -dijo Anne a Luddie.
Pero Luke había pedido prestado un coche en alguna parte y recogió a Meggie una mañana temprano. Estaba delgado, arrugado y amarillo, como si le hubiesen puesto en escabeche. Meggie, impresionada, le dio su maleta y subió al coche, a su lado.
– ¿Qué es la enfermedad de Weil, Luke? Dijiste que no era peligrosa, pero tienes aspecto de haber estado muy enfermo.
– ¡Oh! Es una especie de ictericia que suele atacar a la mayoría de los cortadores de caña, más pronto o más tarde. La llevan las ratas, y nosotros la contraemos a través de un corte o de una llaga. Yo soy fuerte, y por esto estuve poco enfermo, en comparación con oíros. Los «matasanos» dicen que volveré a estar en forma dentro de pocos días.
La carretera trepaba por una garganta llena de plantas selváticas que se internaba tierra adentro; un caudaloso río rugía en el fondo, y había un lugar en que una preciosa cascada vertía en él sus aguas desde lo alto, saltando sobre la carretera. Pasaron entre el risco y la cortina de agua, que formaba un arco resplandeciente y fantástico de luces y de sombras. Y al subir, el aire se hizo más fresco, deliciosamente fresco; Meggie había olvidado ya lo bien que le hacía sentirse un buen aire fresco. La jungla parecía venírsele encima, tan impenetrable que nadie se atrevía a entrar en ella. Resultaba por completo invisible en su mayor parte, bajo las frondosas enredaderas que pendían entre las copas de los árboles, continuas e infinitas, como una enorme cortina de terciopelo verde tendida sobre el bosque. Bajo la fronda, podía atisbar Meggie maravillosas flores y mariposas, espesas telarañas con grandes y elegantes arañas moteadas inmóviles en el centro, fabulosos hongos en los musgosos troncos de los árboles, y pájaros que arrastraban sus colas largas, rojas o amarillas.
El lago Eacham se hallaba sobre la altiplanicie, idílico en su emplazamiento inmaculado. Antes de caer la noche, salieron a la galería de la posada donde se alojaban, para contemplar las tranquilas aguas. Meggie quería ver los enormes murciélagos llamados zorros voladores, que revoloteaban a miles, como aves agoreras, buscando los lugares donde hallaban su alimento. Eran monstruosos y repulsivos, pero demasiado tímidos y absolutamente inofensivos. Verles surcar el cielo plomizo en la oscuridad, como un lienzo pulsátil, resultaba algo sobrecogedor; Meggie nunca dejaba de observarlos desde la galería de Himmelhoch.
Y era estupendo hundirse en una cama blanda y fresca, y no tener que permanecer inmóvil hasta que el sitio quedaba saturado de sudor y trasladarse cuidadosamente a otro punto, sabiendo que el primero no se secaría. Luke sacó un envoltorio plano de su maleta, extrajo un puñado de pequeños objetos redondos y lo puso en hilera sobre la mesita de noche.
Meggie alargó una mano, cogió uno y lo examinó.
– ¿Qué es esto? -preguntó, con curiosidad.
– Un preservativo. -Había olvidado que, dos años atrás, había tomado la decisión de no informarla de sus prácticas anticonceptivas-. Me lo pongo antes de penetrar en/ ti. De no hacerlo, nos expondríamos a te-per un hij)a, y no podemos permitirnos ese lujo hasta que tengamos nuestra finca. -Estaba sentado desnudo en eí borde de la cama, y se veía muy delgado, se podían contar sus costillas y sus huesos de las caderas. Pero brillaban sus ojos azules, y alargó una mano para asir la de ella-. Ya falta poco, Meg, ¡ya falta poco! Creo que, con cinco mil libras más, podremos comprar la mejor propiedad existente al oeste de Charters Towers.
– Entonces, cuenta con ellas -dijo Meggie, con absoluta tranquilidad-. Puedo escribir a! obispo De Bricassart y pedirle que nos preste el dinero. No nos cobrará intereses.
– ¡No lo harás! -saltó él-. Por amor de Dios, Meg, ¿dónde está tu orgullo? Trabajaremos todo lo que sea necesario, ¡pero no pediremos dinero prestado! Nunca he rebido un penique en mi vida, y no voy a empezar ahora.
Ella casi no le oyó; le mirada echando chispas por los ojos y lo veía todo rojo. ¡Jamás en su vida había estado tan enojada. ¡Estafador, embustero, egoísta! ¿Coma se atrevía a hacerle una cosa así, a engañarla para privarla de un hijo, a tratar de hacerle creer que tenía intención de convertirse en ganadero? ¡Él tenía ya lo que quería, con Ame Swenson y el azúcar!
Disimulando su furor, hasta el punto de sorprenderse a sí misma, volvió su atención al pequeño aro de goma que tenía en la mano.
– Dime lo que significan estas cosas. ¿Cómo pueden impedir que tenga un hijo?
Él se situó detrás de ella, y ella se estremeció al contacto de sus cuerpos: de ekcitación, pensó él; de asco, pensó ella.
– ¿No sabes nada, Meg?
– No -mintió ella, aunque era verdad que no recordaba haber leído nada sobre aquellos objetos.
Él la acarició y dijo:
– Mira, si cuando estoy dentro de ti no llevo nada, toda la…, no sé cómo decirlo…, toda la cosa se queda dentro. Y si está allí el tiempo suficiente, o demasiado a menudo, viene un hijo.
¡Con que era esto! Él llevaba esa cosa, como la piel de una morcilla. ¡Tramposo!
Él apagó la luz y la empujó sobre la cama, y, al poco rato, buscó a tientas el aparato anticonceptivo; ella oyó que repetía lo mismo que había hecho en el dormitorio del hotel de Dunny, pero ahora supo lo que estaba haciendo. ¡Tramposo! Pero, ¿cómo evitarlo?
Tratando de disimular su dolor, lo soportó. ¿Por qué había de doler tanto, si era una cosa natural?
– No te gusta, ¿verdad, Meg? -preguntó él después-. Es extraño que siga doliéndote después de la primera vez. Bueno, no volveré a hacerlo. A ti no te importará que lo haga de otra manera, ¿verdad?