Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
A veces, algunos negociantes ricos o aristócratas daban fiestas con geishas sólo para ellos. Pasaban la velada bailando y cantando y bebiendo con las geishas, a menudo hasta después de la medianoche. Recuerdo que en una de esas ocasiones la esposa de nuestro anfitrión se apostó a la puerta y al marcharnos nos fue dando a cada una un sobre con una generosa propina. A Mameha le dio dos y le pidió el favor de que le entregara el segundo a una geisha llamada Tomizuru, la cual, según ella, «se había retirado antes porque le dolía la cabeza». En realidad, sabía tan bien como nosotras que Tomizuru era la amante de su marido y que se había ido con él a pasar la noche en otra ala de la casa.
A muchas de las fiestas más brillantes de Gion asistían famosos artistas y escritores y actores de Kabuki, y, a veces, eran acontecimientos realmente apasionantes. Pero he de decir que las fiestas de geisha normales eran mucho más triviales. Por lo general, el anfitrión solía ser el jefe de servicio de una pequeña empresa, y el invitado de honor, uno de sus proveedores o, tal vez, un empleado recientemente ascendido, o algo por el estilo. De vez en cuando, alguna geisha bienintencionada me advertía de que mi responsabilidad como aprendiza -además de intentar parecer bonita- era estar callada escuchando la conversación en la esperanza de llegar a ser yo también una inteligente conversadora. Pero muchas de las conversaciones que oía en aquellas fiestas no me parecían para nada inteligentes. Una conversación típica sería algo así: el hombre se vuelve hacia la geisha sentada a su lado y le dice: «¿No te parece que no es normal para la estación el calor que está haciendo?». A lo que ella respondería: «Sí, sí, está haciendo mucho calor». Y luego se pondría a jugar con él a algún juego que implicara beber o intentaría hacer cantar a todos los hombres a coro, de modo que un rato después el hombre que le había hablado estaría demasiado borracho para recordar que no se lo estaba pasando tan bien como había esperado. Siempre he considerado que esto es una terrible pérdida de tiempo. Tal como yo lo veo, los hombres vienen a Gion a pasar un rato relajados, y para terminar participando en un juego infantil, mejor se habrían quedado en sus casas jugando con sus propios hijos o con sus nietos, quienes, después de todo, serán probablemente más listos que la aburrida geisha que desafortunadamente les ha tocado al lado.
A veces, sin embargo, tuve el privilegio de escuchar a alguna geisha realmente inteligente, y Mameha era sin lugar a dudas una de ellas. Aprendí mucho de su forma de conversar. Por ejemplo, si un hombre le decía: «Hace calorcito, ¿eh?», ella podía responder de muchas maneras diferentes. Si era un viejo rijoso, le diría: «¿Calorcito? ¿No será que tiene usted demasiadas mujeres guapas a su alrededor?». O si era un joven arrogante que no sabía por dónde se andaba, podría pillarle desprevenido diciéndole: «Aquí lo tienes rodeado de media docena de las mejores geishas de Gion, y a él solo se le ocurre hablar del tiempo». Una vez la vi arrodillada al lado de un hombre muy joven, tan joven que no pasaría de los diecinueve o veinte años; en realidad, nunca habría podido estar en una fiesta con geishas, de no haber sido porque su padre era el anfitrión, y claro está no sabía qué decir ni cómo comportarse. Estaba muy nervioso, sin duda; pero se volvió muy decidido a Mameha y le dijo:
– ¡Qué calor! ¿No?
– Sin duda, tienes razón que hace mucho calor. ¡Tenías que haberme visto cuando salí del baño esta mañana! Normalmente cuando estoy totalmente desnuda, me siento relajada y fresquita. Pero esta mañana tenía la piel perlada de gotas de sudor, por todo el cuerpo: en los muslos, en el estómago, en… bueno, y en otras partes también.
Cuando dejó la copa sobre la mesa, al joven le temblaba la mano. Estoy segura de que habrá recordado para el resto de su vida aquella fiesta.
Si me preguntas por qué eran tan aburridas la mayoría de las fiestas, creo que probablemente había dos razones. En primer lugar porque por el hecho de haber sido vendida de niña por su familia y educada para ser geisha, la joven no va a resultar necesariamente inteligente ni va a tener siempre algo interesante que decir. Y en segundo lugar, lo mismo sucede con los hombres. El simple hecho de poseer el dinero suficiente para venir a Gion y gastarlo como mejor le apetezca no significa que el hombre en cuestión sea especialmente divertido. En realidad, la mayoría de los hombres están acostumbrados a que los traten con gran respeto. Recostarse con las manos en las rodillas y con el ceño fruncido es lo más que se les puede ocurrir a la hora de divertir a alguien. Una vez vi a Mameha pasarse una hora entera contando chiste tras chiste a un hombre que no la miró siquiera una sola vez, sino que mientras ella le hablaba, él miraba al resto de las personas reunidas en la habitación. Por extraño que pueda parecer, esto es lo que le gustaba, y siempre solicitaba la presencia de Mameha cuando venía a Gion.
Tras dos años más de fiestas, recepciones y otras salidas -al tiempo que continuaba con mis clases y participaba en representaciones de danza siempre que podía-, pasé de aprendiza a geisha. El cambio tuvo lugar en el verano de 1938, a la edad de dieciocho años. A este cambio nosotras lo llamamos «cambio de cuello», porque las aprendizas lo llevan rojo, y las geishas, blanco. Aunque si ves a una aprendiza y a una geisha juntas, en lo último que te fijarías es en el color del cuello del kimono. La aprendiza, con su elaborado kimono de anchas mangas y obi colgante, te haría pensar probablemente en una muñeca japonesa, mientras que la geisha te parecería más sencilla, tal vez, pero también más mujer.
El día que cambié de cuello fue uno de los más felices en la vida de Mamita; o, al menos, parecía más contenta de lo que hubiera estado nunca. Entonces no entendí el porqué de su contento, pero hoy no tengo la menor duda de qué estaba pensando. Verás: una geisha, a diferencia de una aprendiza, hace algo más que servir el té, siempre que le convengan las condiciones. Mamita tenía razones suficientes para entusiasmarse (teniendo siempre en cuenta que en el caso de Mamita «entusiasmarse» era sinónimo de ganar dinero), pues debido a mi conexión con Mameha y a mi popularidad en Gion, yo ocupaba una posición bastante prometedora.
Desde que me trasladé a Nueva York, he podido colegir lo que entienden por «geisha» la mayoría de los occidentales. A veces, en ciertas fiestas elegantes, me han presentado a una u otra joven espléndidamente vestida y enjoyada. Cuando se entera de que fui geisha en Kioto durante bastantes años de mi vida, trata de poner una sonrisa en sus labios, pero ésta no acaba de salirle. ¡No sabe qué decir! Y entonces el peso de la conversación pasa a recaer en el hombre o la mujer que nos ha presentado, pues no hablo bien inglés, ni siquiera después de todos estos años en América. Claro está que llegados a este punto, tampoco merece mucho la pena intentarlo, ya que la joven en cuestión sólo tiene una idea obsesiva: «Dios mío, ¡estoy hablando con una prostituta!». Un momento después, su acompañante viene a rescatarla: un hombre de aspecto opulento, sus buenos treinta o cuarenta años mayor que ella. Bueno, pues con mucha frecuencia me he encontrado preguntándome por qué esa joven no puede darse cuenta de cuánto tenemos en común. Es una mujer mantenida, ¿no?, como yo también lo fui en mis tiempos.
Seguro que hay muchas cosas que no sé acerca de esas jóvenes tan espléndidamente vestidas, pero muchas veces pienso que sin sus ricos maridos o novios, muchas de ellas estarían viéndoselas y deseándoselas para salir adelante y probablemente no tendrían una opinión tan buena de sí mismas. Y lo mismo se puede decir de una geisha de alto nivel. Por mucho que su presencia sea requerida en todas las fiestas, por popular que sea entre los hombres que frecuentan Gion, para convertirse en una verdadera estrella, una geisha depende totalmente de tener un danna. Incluso Mameha, que se hizo famosa por sí sola al aparecer en una campaña publicitaria, habría perdido rápidamente su rango y no sería más que cualquier otra geisha, si el barón no hubiera corrido con los gastos necesarios para progresar en su carrera.