Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Estoy segura de que la experiencia del mizuage cambia a todas las aprendizas más o menos igual que a mí. Pero para mí no se trataba sólo de ver el mundo de una forma distinta. Mi vida cotidiana también cambió como resultado de la nueva consideración que pasé a tener a los ojos de Mamita. Mamita era de ese tipo de personas, como sin duda habrás reparado, que sólo se fijaba en las cosas cuando tenían un precio puesto. Cuando andaba por la calle, su mente funcionaba probablemente como un ábaco: «¡Ah, mira!, por ahí viene la pequeña Yukiyo, cuya estupidez le costó el año pasado a su pobre hermana mayor casi cien yenes. Y por ahí va Ichimitsu, que debe estar la mar de contenta con todo lo que está pagando últimamente por ella su danna». Si Mamita estuviera paseando a orillas del Shirakawa en un hermoso día de primavera, cuando la belleza es tal que casi parece rebosar en el arroyo junto con los zarcillos de los cerezos, lo más seguro es que no se percatara de nada, a no ser que…, no sé…, que tuviera un plan de sacar algún dinero vendiendo los árboles, o algo así. Antes de mi mizuage, no creo que a Mamita le importara nada que Hatsumono me causara problemas constantes en Gion. Pero en cuanto pasé a tener un precio, y alto, puso fin a los líos de Hatsumono sin que yo tuviera que pedírselo siquiera. No sé cómo lo hizo. Lo más seguro es que se limitara a decir: «Hatsumono, si tu comportamiento causa problemas a Sayuri y le cuesta dinero a la okiya, tendrás que pagarlo tú». Desde que mi madre enfermó, había tenido un vida ciertamente difícil; pero de pronto, durante un tiempo, todo parecía excepcionalmente fácil. No diré que nunca me sintiera cansada o decepcionada; de hecho, estaba cansada la mayor parte del tiempo. Las mujeres que trabajan en Gion no llevan una vida relajada. Pero fue un gran alivio el verme libre de la amenaza constante de Hatsumono. También en la okiya pasé a tener una vida casi agradable. Al ser la hija, podía comer cuando quería y era la primera en elegir el kimono, en lugar de tener que esperar a que Calabaza eligiera. Y en cuanto había elegido, la Tía se ponía manos a la obra para meter o sacar las costuras e hilvanar el cuello de la enagua, incluso antes de preparar el de Hatsumono. No me importaba que Hatsumono me mirara con odio o resentimiento por el trato especial que me daban. Pero cuando me cruzaba con Calabaza en la okiya y veía su aspecto preocupado, no era capaz de mirarla a los ojos, ni siquiera cuando Atábamos cara a cara; y esto me apenaba enormemente. Siempre había tenido la sensación que de no habernos separado las circunstancias, podríamos haber llegado a ser amigas. Pero ya no lo sentía así.
Pasado el mizuage, el Doctor Cangrejo desapareció de mi vida casi por completo. Y digo «casi» porque aunque Mameha y yo dejamos de ir a acompañarlo a la Casa de Té Shirae, a veces me lo encontraba por Gion en alguna recepción o en alguna fiesta privada. Al barón no volví a verlo. Ni siquiera sé qué papel tuvo en la subida del precio de mi mizuage, pero mirándolo con la perspectiva que da el tiempo entiendo las razones que pudo tener Mameha para no querer que volviéramos a coincidir. Probablemente yo me habría sentido tan incómoda en presencia del barón como Mameha de que yo estuviera presente. En cualquier caso, no diré que los echara de menos.
Pero sí que había un hombre que deseaba fervientemente volver a ver, y estoy segura de que no necesito decir que me refiero al Presidente. Él no había jugado ningún papel en los planes de Mameha, así que no esperaba que mi relación con él cambiara o terminara una vez pasado mi mizuage. Pero, a pesar de todo, sentí un gran alivio cuando unas semanas después la Compañía Eléctrica Iwamura solicitó de nuevo mis servicios para una recepción. Cuando llegué, estaban los dos, el Presidente y Nobu; pero ahora que Mamita me había adoptado ya no tenía que pensar en este último como una tabla de salvación. Vi que casualmente había un sitio vacío al lado del Presidente, y bastante excitada, me dirigí a ocuparlo. El Presidente estuvo muy cordial cuando le serví el sake, alzando la copa para darme las gracias y todo eso; pero no me miró en toda la noche. Mientras que siempre que volvía la vista hacia donde estaba Nobu, lo sorprendía mirándome fijamente como si yo fuera la única persona en la habitación. Ciertamente, si había alguien que supiera de esos anhelos del alma, era yo. De modo que decidí pasar con él un ratito antes de que acabara la velada. Y en adelante nunca olvidé hacerlo.
Pasó un mes o así, y entonces, una noche, en una fiesta, le mencioné de pasada a Nobu que Mameha había dispuesto todo para que yo participara en el Festival de Hiroshima. No estaba muy segura de que me hubiera escuchado cuando se lo dije, pero al día siguiente, cuando volví a la okiya después de las clases, encontré en mi cuarto un baúl de viaje nuevo que él me había enviado de regalo. El baúl era mucho más bonito que el que me había prestado la Tía para la fiesta del barón en Hakone. Me sentí muy avergonzada de mí misma por haber pensado que podía despachar a Nobu una vez que había dejado de ser necesario para los planes de Mameha. Le escribí una nota de agradecimiento en la que le decía que sólo deseaba poder darle las gracias en persona cuando lo viera a la semana siguiente en una gran fiesta que la Compañía Eléctrica había proyectado con varios meses de adelanto.
Pero sucedió algo extraño. Poco antes de la fiesta recibí un recado de que mis servicios ya no eran necesarios. Yoko, que era la telefonista de nuestra okiya, creía que la fiesta había sido anulada. Pero dio la casualidad de que tuve que ir esa noche a la Casa de Té Ichiriki para otra recepción. Cuando estaba arrodillada en el vestíbulo preparándome para entrar, vi salir a una geisha llamada Katsue de uno de los comedores grandes, al otro lado del vestíbulo, y antes de que cerrara la puerta, oí una risa que me sonó exactamente igual que la de mi Presidente. Me sorprendió, así que me puse en pie y alcancé a Katsue cuando salía de la casa de té.
– Perdona que te moleste -dije-, pero ¿vienes de la fiesta de la Compañía Eléctrica Iwamura?
– Sí, y está bastante animada. Debe de haber unas veinticinco geishas y casi cincuenta hombres…
– ¿Y el Presidente Iwamura y Nobu-san están ahí? -le pregunté.
– No, Nobu no está. Al parecer se puso enfermo esta mañana. No le gustará habérsela perdido. Pero el Presidente sí que está. ¿Por qué lo preguntas?
Farfullé algo -no recuerdo qué-, y ella salió.
Hasta ese momento había imaginado que el Presidente valoraba mi compañía tanto como Nobu. Ahora me preguntaba si no sería todo una fantasía mía, y Nobu era el único que solicitaba mi compañía.
Capítulo veinticinco
Puede que Mameha hubiera ganado su apuesta con Mamita, pero mi futuro seguía estando en juego. De modo que durante los siguientes años no dejó de trabajar a fin de darme a conocer a todos sus clientes, así como a otras geishas de Gion. Por aquel entonces todavía estábamos saliendo de la Depresión, y no se daban muchos banquetes formales o, por lo menos, no tantos como a Mameha le habría gustado. Pero me llevó a cantidad de reuniones informales, no sólo fiestas en las casas de té, sino también excursiones al campo y al mar, visitas turísticas, obras de Kabuki y otras cosas por el estilo. En los días calurosos del verano, cuando todo el mundo se relajaba, estas reuniones informales podían ser la mar de divertidas, incluso para las que estábamos trabajando sin parar atendiendo a los clientes. Por ejemplo, un grupo de hombres podría decidir ir a dar un paseo en barca por el río Kamo y dejarse llevar con los pies sumergidos en el agua, bebiendo sake. Yo era demasiado joven para unirme a la juerga, y normalmente terminaría machacando el hielo para hacer sorbetes, pero, en cualquier caso, eso ya era un cambio agradable.