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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Ésta -me dijo el doctor, al tiempo que sacaba uno de los tubos- es tuya.

Había escrito mal mi nombre, con un carácter diferente para el «ri» de Sayuri. Pero dentro del tubo había una cosa como seca o quemada, de aspecto parecido a una ciruela en salmuera, aunque más marrón que morada. El doctor destapó el tubo y sacó el contenido con una pinzas.

– Esto es un algodón empapado con tu sangre -dijo-, de cuando te cortaste en la pierna, ¿te acuerdas? No suelo guardar la sangre de mis pacientes, pero me quedé tan sorprendido contigo. Después de recoger esta «muestra», decidí que tu mizuage había de ser para mí. Supongo que estarás de acuerdo en que tener no sólo la sangre recogida en tu mizuage, sino también una muestra tomada de un herida en la pierna unos meses antes es una auténtica rareza.

Oculté el asco que me daba mientras el doctor seguía enseñándome otros tubos, incluyendo el de Mameha. Éste no contenía un algodón, sino un trocito de tela blanca manchada del color del óxido y totalmente rígido. Parecía que el Doctor Cangrejo encontraba todos estos ejemplares fascinantes, pero a mí… Bueno, fingía que me interesaban, pero cuando el doctor no me miraba, dirigía la vista hacia otra parte.

Por fin, cerró la caja y la apartó antes de quitarse las gafas, doblarlas y dejarlas en la mesa. Me temí que hubiera llegado el momento, y, de hecho, el Doctor Cangrejo me separó las piernas y se colocó de rodillas entre ellas. Creo que me latía el corazón a la misma velocidad que a un ratón. Cuando el doctor se desató el cinturón de la camisa de dormir, cerré los ojos; me iba a llevar una mano a la boca, pero me lo pensé mejor y, por si acaso daba una mala impresión, decidí dejarla al lado de la cabeza.

El doctor estuvo hurgando un rato con las manos, causándome, de hecho, el mismo tipo de molestia que me había causado unos días antes el joven doctor entrecano. Luego descendió sobre mí, hasta que su cuerpo quedó suspendido a unos centímetros del mío. Concentré todas mis fuerzas en intentar levantar una especie de barrera mental entre el doctor y yo, pero no por ello dejé de sentir la «anguila» del doctor, como la habría llamado Mameha, rozándome la entrepierna. La lámpara estaba encendida, y yo miraba las sombras en el techo intentando buscar algo que me distrajera, porque el doctor había empezado a empujar con tal fuerza que se me salió la cabeza de la almohada. No sabía qué hacer con las manos, así que me agarré a la almohada y apreté los ojos. Enseguida empezó a haber gran actividad encima de mí, al tiempo que dentro de mí sentía todo tipo de movimientos. Debía de haber salido mucha sangre, pues había en el aire un desagradable olor metálico. Yo no dejaba de pensar en todo el dinero que había pagado el doctor por disfrutar de este privilegio; y recuerdo que en un momento dado esperé que él lo estuviera pasando mejor que yo. Sentí tanto placer como si alguien se hubiera dedicado a frotarme la entrepierna con una lima hasta hacerme sangrar.

Finalmente, supongo que la «anguila sin casa» marcó su territorio, y el doctor se dejó caer sobre mí, empapado en sudor. No me gusto nada estar pegada a él, de modo que fingí que no podía respirar con la esperanza de que se quitara. Pero él no se movió durante un buen rato. Luego se levantó de pronto, volvió a arrodillarse y pareció volver a sus asuntos. No lo miré directamente, pero por el rabillo del ojo le vi limpiarse con una de las toallas que había puesto debajo de mí. Se ató la camisa de dormir y se puso las gafas sin darse cuenta de que uno de los cristales tenía una pequeña mancha de sangre. Tras lo cual empezó a limpiarme la entrepierna con las toallas y con hilas de algodón, como si volviéramos a estar en la sala de curas del hospital. Lo peor había pasado, y he de admitir que sentí cierta fascinación, pese a estar abierta de piernas de aquella forma, viéndolo sacar las tijeras de la caja de madera y cortar un trocito de toalla manchado de sangre para meterlo, junto con uno de los algodones que había utilizado, en el tubo de cristal que tenía mi nombre mal escrito. Cuando hubo terminado la operación, me hizo una reverencia muy formal y me dijo: «Muy agradecido». Yo no podía devolverle la reverencia estando acostada, pero no importó, porque el doctor enseguida se puso en pie y se dirigió al baño de nuevo.

No me había dado cuenta, pero hasta ese momento mi respiración había sido muy agitada por lo nerviosa que estaba. Sin embargo, una vez que todo había acabado y recuperé el aliento, aunque siguiera pareciendo que estaba en medio de una operación, sentí tal liberación que se me escapó una sonrisa. Me pareció que en todo aquello había algo ridículo; cuanto más lo pensaba, más divertido lo encontraba, y un momento después me estaba riendo abiertamente. No podía hacer mucho ruido, porque el doctor estaba en el cuarto de al lado. Pero ¡pensar que aquello pudiera alterar el curso de mi vida! Me imaginé a la dueña de la Casa de Té Ichiriki telefoneando a Nobu y al barón mientras se realizaba la puja, y en todo el dinero que se había derrochado y en los quebraderos de cabeza que había dado a algunas personas. También pensaba en lo raro que habría sido con Nobu, pues empezaba a considerarlo un amigo. Ni siquiera me atrevía a imaginar cómo habría sido con el barón.

Mientras el doctor estaba todavía en el baño, llamé a la puerta del cuarto del Señor Bekku. Una camarera entró rápidamente a cambiar las sábanas, y el Señor Bekku vino a ayudarme a ponerme un camisón, Luego, cuando el doctor se había quedado dormido, me levanté sin hacer ruido y me di un baño. Mameha me había dado instrucciones para que no me durmiera, por si el doctor se despertaba y necesitaba algo. Pero aunque intenté no quedarme dormida, no puede evitar dar alguna cabezada. Sí que me las apañé para estar despierta por la mañana a tiempo de arreglarme antes de que me viera el doctor.

Después de desayunar, acompañé al Doctor Cangrejo a la puerta de la hospedería y le ayudé a calzarse. Antes de irse, me dio las gracias por la noche y me entregó un paquetito. No sabía que pensar: ¿sería una joya como la que me había dado Nobu o sería un trocito de toalla sanguinolenta? Pero cuando, de vuelta en la habitación, reuní el valor necesario para abrirlo, encontré una bolsa de hierbas chinas. No sabía qué hacer con ellas hasta que le pregunté al Señor Bekku, quien me dijo que debía tomar una infusión de aquellas hierbas una vez al día para evitar un posible embarazo.

– No las malgastes, porque son muy caras -me dijo-. Pero tampoco las escatimes, pues son más baratas que un aborto.

Es extraño y difícil de explicar, pero después del mizuage veía el mundo distinto. Calabaza, que todavía no había pasado por el suyo, me empezó a parecer un poco infantil y falta de experiencia, aunque era mayor que yo. Mamita y la Tía, así como Hatsumono y Mameha, todas habían pasado por ello, claro, pero, al parecer, yo era mucho más consciente de lo que compartía ahora con ellas. Después del mizuage, las aprendizas cambian de peinado, y llevan una cinta de seda roja, en lugar de estampada, en la base del moño. Durante un tiempo sólo me fijaba en cuáles aprendizas llevaban cintas rojas y cuáles las llevaban estampadas, de modo que apenas veía nada más cuando iba por la calle o en los pasillos de la escuelita. Miraba con un nuevo respeto a las que ya lo habían pasado, y me sentía mucho más experimentada que las que todavía no lo habían hecho.

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