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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Había pedido el resto del día libre. Una terrible jaqueca, el calor y ese momento del mes. Dijo que trabajaría en casa, si no les importaba, donde podría ponerse una compresa fría en la cabeza para aliviar el dolor. De todos modos, ya había completado la mayor parte del gráfico. Sólo necesitaría una hora más para que estuviese acabado.

Su jefa no tuvo ninguna objeción, así que Meredith se marchó de la oficina. Cuando llegó a Lyndhurst aparcó junto al New Forest Museum y recorrió a pie la escasa distancia que la separaba de los salones de té en High Street. Era pleno verano y Lyndhurst bullía de turistas. La ciudad se asentaba en el centro del Perambulation y generalmente representaba la primera parada de los visitantes que deseaban tomar contacto con esta zona de Hampshire.

A la habitación de Gina en los altos del Mad Hatter se accedía a través de una entrada que estaba separada del salón de té, desde donde se extendía hasta la calle el aroma de los productos recién horneados. En la parte superior había sólo dos habitaciones y, puesto que del interior de una de ellas sonaba música hip-hop a todo volumen, Meredith eligió la otra. Allí fue donde aplicó los conocimientos adquiridos mirando las series policiales en la tele. Utilizó una tarjeta de crédito para quitar el cerrojo. Tuvo que hacer cinco intentos y acabó bañada en sudor -tanto por la tensión nerviosa como por la elevada temperatura dentro del edificio- antes de llegar a entrar en la habitación de Gina. Pero cuando lo hubo conseguido supo sin lugar a dudas que había tomado la decisión correcta. Porque en la mesilla de noche comenzó a sonar un teléfono móvil y, en lo que a ella concernía, ese sonido estaba gritando pista.

Corrió hacia la mesilla de noche y respondió a la llamada.

– ¿Sí? -dijo con todo el tono autoritario que pudo reunir y jadeando tanto como pudo para disimular la voz.

Mientras lo hacía, echó un vistazo alrededor de la habitación. Estaba amueblada con sencillez: una cama, una cómoda, una mesilla de noche, un escritorio, un armario para la ropa. Había un lavamanos con un espejo encima, pero la habitación no tenía un cuarto de baño contiguo. La ventana estaba cerrada y el calor era sofocante.

No hubo respuesta desde el otro extremo de la línea. Pensó que había perdido la comunicación y se maldijo por ello. Entonces una voz de hombre dijo:

– Cariño, Scotland Yard ha estado aquí. ¿Cuánto tiempo más, joder?

Ella se quedó helada de la cabeza a los pies, como si una ráfaga de aire refrigerado hubiese atravesado la habitación.

– ¿Quién es? ¡Dígame quién es! -preguntó.

Silencio por respuesta. Luego: «Mierda» en un susurro apenas audible. Y después nada.

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Quién es? -preguntó, pero sabía que quienquiera que fuese ya había cortado la comunicación.

Pulsó el botón de rellamada, aunque suponía que el hombre que estaba en el otro extremo de la línea difícilmente contestaría la llamada. Pero ella no necesitaba que lo hiciera. Sólo tenía que ver el número desde donde había llegado la llamada. Lo que consiguió sin embargo, fue Número privado escrito en la pequeña pantalla. Mierda, pensó. Quienquiera que fuera ese tío, estaba llamando desde un número oculto. Cuando se estableció la conexión, la llamada sonó y sonó, tal como ella esperaba. Ni buzón de voz ni mensaje. Había sido una llamada hecha por alguien que estaba conspirando con Gina Dickens.

Ante esta revelación, Meredith sintió una oleada de triunfo. Eso demostraba que había estado en lo cierto desde el principio. Ella ya sabía que Gina Dickens no era trigo limpio. Ahora solo restaba descubrir el verdadero propósito de su presencia en New Forest, porque no importaba lo que Gina había afirmado acerca de su programa de ayuda a chicas en riesgo de exclusión, Meredith no se lo creía. Que ella supiera, la única chica en peligro había sido Jemima.

La estridente música hip-hop seguía tronando a través de las paredes de la habitación. Desde abajo ascendía el ruido del salón de té. Desde el exterior reverberaba el ruido de la calle a través de las ventanas: camiones que pasaban por la calle principal y hacían chirriar los neumáticos al llegar a la suave pendiente, coches que se dirigían hacia Southampton o Beaulieu, autocares turísticos del tamaño de pequeñas cabañas que transportaban a sus pasajeros de regreso al sur, a Brockenhurst, o incluso más lejos, a la ciudad portuaria de Lymington y una excursión hasta la Isla de Wight. Meredith recordaba que Gina había hecho referencia a la cacofonía en la calle debajo de su ventana. En este aspecto, al menos, no había mentido. Pero en otras cuestiones… Bueno, eso era precisamente lo que Meredith había venido a descubrir.

Tenía que darse prisa. Estaba pasando otra vez del frío al calor, y sabía que no podía arriesgarse a abrir una ventana y llamar así la atención hacia la habitación. Pero el calor hacía que el aire estuviese viciado y que sintiese claustrofobia.

Su primer objetivo fue la mesilla de noche. La radio reloj que había encima de ella estaba sintonizada en Radio 5, un detalle que no parecía indicar nada en particular, y dentro del único cajón de la mesilla sólo había una caja de pañuelos de papel y un viejo paquete de Blue-Tack abierto, y a cuyo contenido le faltaba un pequeño trozo. En el estante de la mesilla había una pila de revistas, demasiado viejas como para que pertenecieran a Gina, pensó Meredith.

En el armario había ropa, pero no una cantidad que pudiera asociarse con una residencia permanente. Todas las prendas, sin embargo, eran de buena calidad, en consonancia con lo que Meredith ya había visto que llevaba Gina. Tenía un gusto caro. Nada de lo que había en el armario era basura moderna. Aunque la ropa no proporcionaba ninguna otra pista acerca de su dueña, sí hizo que Meredith se preguntase cómo esperaba mantener Gina su magnífico guardarropa con lo que Gordon Jossie ganaba empajando tejados, pero poco más.

Tuvo la misma suerte con la cómoda, donde la única información importante que recabó fue que Gina no se compraba las bragas en las rebajas. Las diminutas prendas parecían ser de seda o satén, al menos de seis colores y estampados diferentes, y cada par de bragas tenían su sujetador a juego. Meredith se permitió un momento de envidia de bragas antes de revisar el resto de los cajones. Encontró camisetas perfectamente dobladas, jerséis y unos cuantos pañuelos para el cuello. Eso era todo.

El escritorio proporcionó incluso menos información. En una caja de madera había algunos folletos turísticos y, en el cajón central encontró algunos artículos de papelería muy baratos junto con dos tarjetas postales del salón de té Mad Hatter. Dentro del cajón había un bolígrafo, pero eso era todo. Meredith lo cerró, se sentó en la silla del escritorio y pensó en lo que había visto.

Nada que fuese de utilidad. Gina tenía ropa bonita, le gustaba la ropa interior fina y tenía un teléfono móvil. Por qué no tenía ese teléfono consigo era una cuestión interesante. ¿Acaso se lo había olvidado? ¿No quería que Gordon Jossie supiese que lo tenía? ¿Le preocupaba que tener el teléfono pudiera indicar algo que ella no quería que Gordon supiera? ¿Estaba evitando a alguien que podía llamarla y con quien no quería hablar? ¿Estaba, por lo tanto, huyendo? La única manera de conseguir una respuesta a cualquiera de estas conjeturas era preguntarle directamente a Gina, algo que Meredith difícilmente podía hacer sin revelar que había forzado la entrada de su habitación, de modo que estaba en un callejón sin salida.

Echó un vistazo alrededor de la habitación. A falta de otra cosa que hacer, miró debajo de la cama, pero no se sorprendió al encontrar sólo una maleta que no contenía nada. Incluso la examinó en busca de un doble fondo -sintiéndose ya bastante ridícula en ese punto-, pero no encontró nada. Se levantó del costado de la cama y notó una vez más la falta de ventilación de la habitación. Pensó en echarse un poco de agua en la cara y supuso que no haría daño a nadie si usaba el lavamanos para refrescarse. El agua estaba tibia y debería haberla dejado correr varios minutos para que se enfriase y sirviese de algo.

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Главный герой
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