El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
El hombre dejó de reír.
—Es una bonita oferta. No la necesito, pero no está mal. Me llamo Harry Stimms. Soy el dueño de esta tienda.
—Yo soy...
—Timothy Hamner —le interrumpió Stimms—. Veo la televisión.
—¿Y no le interesa mi oferta?
—No —replicó Stimms—. La verdad, creo que los coches ya no me pertenecen. Los chicos de la Guardia Nacional vendrán a llevárselos de un momento a otro. Y ya tengo donde ir. —Permaneció un momento pensativo—. Mire, señor Hamner, a lo mejor las cosas no están tan mal como dicen. ¿Quiere uno de estos coches?
—Sí.
—Muy bien. Le venderé uno. Vale doscientos cincuenta mil dólares.
Eileen abrió la boca, estupefacta. Tim entornó los ojos un instante.
—Hecho. ¿Cómo quiere que le pague?
—Firmará una nota —dijo Stimms—. Dudo de que sirva para algo, pero por si acaso... —Levantó la escopeta y la sujetó entre los brazos—. Vengan al despacho. Tengo impresos apropiados. Nunca extendí uno por esa cantidad... No sé si cabrá la cifra.
—Puedo escribir con letra apretada.
El espesor del agua en las calles era de varios centímetros. El viento aullaba. Las viejas casas, construidas mucho antes del terremoto de Long Beach, eran islas luminosas bajo la lluvia. Tim consultó su reloj. Sólo eran las cuatro de la tarde, pero estaba oscuro. Excepto la zona que alumbraban los faros del coche, todo lo demás estaba sumido en una penumbra grisácea. Habían desaparecido las aceras, y el agua mezclada con barro corría por la calzada. Eileen conducía con todo cuidado, sin apartar la mirada de la calle. De la radio no salía más que el murmullo de las interferencias.
—Es un buen coche —dijo Eileen—. Me alegro de que tenga servodirección.
—Por un cuarto de millón de pavos bien puede tenerla —dijo Tim—. Sólo de pensarlo se me hiela la sangre.
Eileen se echó a reír.
—Es el mejor negocio que has hecho en tu vida. —Eileen pensó que tal vez sería el último negocio.
—No lo digo por el coche —dijo Tim en un tono de indignación—, sino por los cincuenta mil dólares extra que me ha cobrado por la gasolina, el aceite y un gato. —Se echó a reír—. Sin olvidar la cuerda. Menos mal que ese tipo tenía cuerda de sobras. Me pregunto adonde iría.
Llegaron a lo alto de una colina e iniciaron el descenso, tomando una curva. Ya no había más casas. Un barro espeso cubría la carretera y Eileen conectó la tracción en las cuatro ruedas.
—Nunca había conducido un coche así.
—Yo tampoco. ¿Quieres que te sustituya?
—No.
El pie de la colina estaba inundado. El agua llegaba a los tapacubos, y pronto ascendió hasta las portezuelas. Eileen dio marcha atrás. Concentró toda su atención para llevar el vehículo hasta el borde de la carretera, junto al terraplén situado al lado. El coche se ladeó peligrosamente hacia la oscura corriente de agua arremolinada a su izquierda. Prosiguieron la marcha muy lentamente. A la derecha se veían las ruinas de casas y fincas nuevas, pero estaban alejadas y no podían distinguir los detalles. Algunas luces, de linternas y faroles, se movían entre los escombros. Tim lamentó que el vendedor de coches no le hubiera proporcionado una linterna. Tenían un foco, pero era necesario instalarlo en el coche para lograr que diese luz.
Rodearon el valle, manteniéndose por encima del agua, hasta que encontraron de nuevo la carretera por el lugar donde terminaba la inundación. Eileen cambió de marcha.
La carretera se retorcía en su ascensión a las montañas. Pasaron junto a coches detenidos. Alguien apareció ante el automóvil, haciendo gestos para que parase. No llevaba camisa pero tenía una pistola en la mano. Eileen dirigió el coche contra él, obligándole a echarse a un lado. Luego aceleró.
Se oyeron disparos y un ruido de vidrio roto. Tim miró asombrado el limpio agujero redondo en la luneta trasera, y luego al otro agujero en el techo, por donde se filtraba el agua. Eileen pisó el acelerador, tomó la siguiente curva sin frenar y por un momento pareció que el vehículo iba a derrapar. Siguió adelante, frenó en la próxima curva y aceleró de nuevo.
Tim trató de reír.
—Mi coche nuevo...
—Cállate —dijo ella, inclinándose sobre el volante.
—¿Estás bien?
—No.
—¡Eileen!
—No estoy herida. Sólo asustada. Estoy temblando.
—Yo también —dijo él, pero se sintió aliviado. Por un instante había pensado que Eileen había sido alcanzada por una bala. Aquel había sido el instante más terrible de su vida. Ahora que había pasado, le parecía extraño, porque no la había visto desde que ella rechazó su proposición. Claro que no; él tenía su orgullo...
—Tim, más allá hay puentes, y nos estamos acercando a la falla. ¡La carretera puede haber desaparecido!
—Poco es lo que podemos hacer.
—Sí, no podemos volver atrás.
Aminoró la marcha para tomar otra curva y aceleró de nuevo. Todavía se aferraba al volante con demasiada fuerza. Lo estropearía si no se calmaba, y no sabía cómo lograrlo.
A menudo la carretera estaba cortada por deslizamientos de barro, y Eileen finalmente redujo la velocidad al mínimo. En una ocasión tardaron media hora en recorrer quince metros. Cada vez que llegaba a un tramo de carretera expedito, Tim deseaba que su compañera condujera más rápido. Pero ella no lo hacía. Mantenía el coche en primera o segunda marcha, y nunca rebasaba los cuarenta kilómetros por hora, aun cuando la luz de los faros mostrara largos tramos sin obstáculos.
El trayecto se hacía interminable. Tim taponó el agujero del techo con su pañuelo.
Según el reloj, eran las ocho de la tarde, y en el mes de junio, en Los Angeles, debería ser de día, pero afuera estaba tan negro como la tinta. La lluvia caía intermitentemente. Los limpiaparabrisas del coche eran muy buenos, y Stimms les había mostrado cómo llenar los depósitos. Eileen los ponía en marcha con frecuencia.
Al rodear una curva cerrada, la luz de los faros les mostró un espacio vacío delante de ellos. Eileen frenó bruscamente. Los faros abrían pequeños agujeros en la oscura cortina de lluvia, pero la luz era suficiente para ver que la carretera estaba cortada de un modo abrupto.
Tim bajó del coche y se acercó al borde. Cuando vio dónde estaba tragó saliva y regresó al vehículo.
—Retrocede lentamente —ordenó a Eileen.
Ella empezó a preguntarle por qué, pero el temor que se adivinaba en la voz de Tim le hizo callar. Puso la marcha atrás y retrocedió despacio.
—¡Baja y guíame, diablos! —gritó Eileen.
—Perdona.
Tim bajó del coche y la orientó con gestos, hasta indicarle que se detuviera. Eileen cerró el contacto y bajó para ver dónde habían estado. El puente había sido un delgado arco de hormigón que unía los dos lados de una profunda garganta; había cedido por el centro, y ellos habían avanzado bastante antes de detenerse. Ahora estaban de nuevo en terreno sólido.
No podían ver nada. A la izquierda se adivinaba un alto promontorio. A la derecha, más allá de una amplia curvatura del terreno, estaba el vacío. Delante se encontraba el puente desmoronado.
No se veían luces en ninguna parte ni se oía sonido alguno, excepto el ulular del viento que empujaba la lluvia y, muy abajo, el sonido de un torrente.
—¿Fin de la línea? —preguntó Eileen.
—No lo sé. Una cosa es segura: esta noche no podremos hacer nada. Creo que nos quedaremos aquí hasta que se haga de día.
—Si es que vuelve a hacerse de día —dijo ella, con el ceño fruncido, y echó a andar por la carretera.