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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Mañana, y por los siglos de los siglos, no habrá modo de saber dónde estuvo ubicado el hotel Savoy.

Se despertaron con calambres, comenzó en los miembros y escalofríos.

—¿Qué hora es? —preguntó Eileen.

Tim oprimió el botón de su reloj.

—Las dos menos diez. —Trató de cambiar de postura—. Según lo que leíamos en la clase de literatura esto de dormir el uno en los brazos del otro parecía romántico, pero lo cierto es que resulta muy incómodo.

A Tim le pareció adorable la risa de Eileen en la oscuridad. Era ella de nuevo, era su risa, e imaginaba la radiante sonrisa de sus labios aunque no pudiera verla.

—¿Son abatibles estos asientos? —preguntó ella.

—No lo sé.

Tim palpó la parte inferior del asiento, buscando palancas. Encontró una y tiró de ella. El respaldo del asiento se abatió contra el asiento trasero. No quedó del todo horizontal, pero era mucho más cómodo. Le explicó a Eileen lo que debía hacer y ella también abatió su asiento. Ahora estaban casi tendidos el uno al lado del otro. Ella se acercó a Tim.

—Tengo frío.

—Yo también.

Se apretaron el uno junto al otro para darse calor. No estaban cómodos. Les estorbaban los brazos. Ella le rodeó con uno de los suyos y permanecieron inmóviles un momento. Luego Eileen le atrajo hacia sí, apretando las piernas contra las de él. Sintió calor en todo su cuerpo. De improviso, su boca encontró la de Tim y le besó. Sus bocas siguieron unidas unos instantes, hasta que ella se retiró y rió quedamente.

—¿Todavía estás en forma? —le preguntó.

—He vuelto a ponerme en forma —dijo él, y dejó de hablar para pasar a la acción.

Sólo se desvistieron lo imprescindible, levantando la camisa, la falda, la blusa entre risas, y tapándose en seguida para conservar el calor. Se unieron de súbito, con una intensidad que no dejaba tregua para la risa. Ahora a los dos les parecía adecuado, aunque insensato, pero aquella misma insensatez armonizaba bien con lo que estaba sucediendo en el mundo que les rodeaba. Luego cada uno descansó en los brazos del otro.

—Quitémonos los zapatos —dijo Eileen.

Se contorsionaron para no perder el contacto mientras trataban de quitarse los zapatos. Luego se unieron de nuevo. Tim sintió la fuerza nerviosa de las piernas y los brazos de Eileen, que le aprisionaban. Se relajó lentamente y suspiró, y se quedó dormida con la celeridad con que se apaga una vela.

Tim le bajó la falda todo lo que pudo. Eileen dormía profundamente y sólo se agitaba levemente cuando él se movía. Tim permaneció despierto en la oscuridad, deseando que llegara el alba, que llegara el sueño.

Se preguntó por qué lo habían hecho. Era la noche del fin del mundo y habían hecho el amor como monos frenéticos, en la carretera del gran cañón de Tujunga, ante un puente derrumbado y con diez millones de muertos detrás... y no obstante lo habían hecho en el asiento de un coche, como un par de adolescentes.

Ella se movió ligeramente y Tim la rodeó protectoramente con los brazos, sin darse cuenta de lo que hacía. Cuando tuvo conciencia de ello pensó que había sido un reflejo, nada más que un reflejo protector.

De repente, Tim Hamner sonrió en la oscuridad. «¿Por qué diablos no?», dijo en voz alta, y se dispuso a dormir.

Cuando despertaron el cielo estaba teñido de gris. Se incorporaron, llenos de pensamientos y recuerdos, preguntándose qué les habría despertado. Lo oyeron por encima del tamborileo del agua sobre el metal. Era el ruido de un motor, un coche o un camión que venía muy rápido por la carretera. Vieron luces detrás de ellos.

Tim sintió un tremendo impulso. Tenía que hacer algo, avisar a aquel coche. Meneó la cabeza con violencia, procurando despertarse del todo. Alargó un brazo por encima de Eileen y apretó la palanca del claxon.

El coche pasó junto a ellos como un murciélago huido del infierno, seguido por el sonido agudo del claxon. Se oyó el chirrido de los frenos y luego nada. Pasó un buen rato hasta que oyeron el ruido del metal chocando contra las rocas y vieron la luz de llamaradas.

Bajaron del coche y corrieron hacia la mitad del puente. Por debajo del extremo retorcido del puente había fuego. El coche ardía, arrojando la luz de sus llamas sobre el cañón y el torrente que corría por su fondo.

La mano de Eileen buscó la de Tim. El la cogió, apretándola fuertemente.

—Pobres desgraciados —musitó, temblando en el alba fría. La lluvia había disminuido, pero el viento era frío. El aire que ascendía del coche en llamas parecían luchar con el viento helado.

Eileen soltó la mano de Tim y avanzó por el puente en ruinas. Volvió la cabeza hacia las paredes de la garganta, en el lado donde seguía Tim. Señaló con la mano.

—Creo que podemos cruzar —le dijo—. Ven a ver. —Su voz era ahora tranquila e indiferente.

Tim se acercó a ella, andando con precaución, temeroso de que el resto del puente se derrumbara. Miró hacia el lugar que ella indicaba. Había un camino de grava, apenas de la anchura de un coche, abierto a un lado de la garganta y que descendía en zigzag por el cañón.

—Debe ser el antiguo camino —dijo Eileen—. Pensé que debería haber uno.

No parecía un buen camino ni siquiera para andar por él, pero Eileen retrocedió hasta el coche y puso el motor en marcha.

—¿No deberíamos esperar a que haya más luz? —le preguntó Tim.

—Probablemente, pero no quiero esperar.

—De acuerdo. Yo conduciré. Tú irás caminando.

Había luz suficiente para verle la cara. Ella se inclinó y le besó levemente en la mejilla.

—Eres muy amable, pero conduzco mejor que tú. Tú irás andando, porque alguien ha de ir delante para asegurar que el coche puede seguir por el camino.

—No, iremos juntos.

Tim sabía que aquello era absurdo, y se preguntó si lo hubiera dicho de no haber sabido que ella le haría bajar e ir andando.

—Será mejor para los dos que tú vayas delante —dijo ella—. Anda, vamos.

El viejo camino era una pesadilla. A veces se inclinaba terriblemente hacia el cañón, con su precipicio de vértigo. Tim pensó que por lo menos no podían ver el coche en llamas. Sólo era visible una débil luminosidad de la hoguera que se iba extinguiendo.

En los zigzags Eileen tenía que avanzar en maniobras cortas, retrocediendo y girando, una y otra vez, con las ruedas a escasos centímetros del borde. Tim se sentía aterrorizado en cada giro. Bastaba cometer un solo error, equivocarse de marcha o presionar demasiado el acelerador, y Eileen se despeñaría, ardería viva y Tim se quedaría solo. Cuando llegaron al fondo, Tim apenas era capaz de seguir andando.

—¿Qué profundidad tiene? —preguntó Eileen.

Tim retrocedió y subió al coche.

—Lo averiguaré en seguida. —Tendió los brazos hacia ella desesperadamente. Eileen le rechazó.

—Mira, cariño.

La luz era suficiente para ver. Más allá de los restos del coche quemado se alzaba un muro macizo de cemento, muy por encima de ellos. Era una presa. Tim se estremeció. Salió del coche y se internó en el torrente, avanzando contracorriente. El agua sólo le llegaba a las rodillas y empezó a cruzarlo. Luego hizo señas a Eileen para que le siguiera.

EL PROPIETARIO

La propiedad no es sólo un derecho, sino un deber. La propiedad obliga. Usa tu propiedad como si el pueblo te la hubiera confiado.

Oswald Spengler, Pensamientos

A mediodía Tim y Eileen llegaron a lo alto de la garganta. Cuando se encontraban a un tercio de la altura vieron que otro coche había llegado al otro lado y empezaba a descender. Era un turismo corriente, sin tracción en las cuatro ruedas, y Tim no comprendió cómo habían podido llegar hasta allí. En aquel coche viajaban dos hombres, una mujer y varios niños. Todavía estaba pegado al lado de la garganta cuando Tim y Eileen llegaron a la cima por el otro lado. Se alejaron, dejando a los otros colgados en el lado del precipicio, preguntándose si deberían haberles hablado, pero sin saber qué podrían haber hecho en su ayuda.

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