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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Johnny se volvió para mirar a Jakov. El ruso no hizo ademán alguno para abrir la esclusa de aire del Soyuz. Permanecía colgado en el aire, en una actitud como si estuviera preparado para hacer algo, pero no se movía. Miraba fijamente hacia la Tierra golpeada.

—¡Maldita sea! —gritó Rick. Su voz resonó de un lado a otro de la nave—. Señor, el Apolo está en vacío. ¿Me pongo la escafandra para comprobar si está averiado el sistema de protección contra el calor?

—Déjalo. No te molestes.

Un agujero en cualquier parte del Apolo acabaría con ellos durante la reentrada en la atmósfera. Tenían que permanecer todos en una sola nave. Johnny se volvió de nuevo a Pieter Jakov, que seguía mirando a través de la ventanilla.

Johnny Baker pensó que aquel era el momento para asestar un golpe a la nuca del general Jakov, cuando estaba desprevenido. Eso o volver a Rusia. ¿Cómo prisioneros de guerra? Sería difícil. Recordó escenas del Archipiélago Gulag.

Arqueó la mano para golpear. Rick podía encargarse de Leonilla, y tendrían...

Lo pensó, pero no hizo nada. Y Pieter Jakov se volvió hacia ellos y dijo despaciosamente:

—Se mueven hacia el este. A Oriente.

Baker y Jakov se miraron fijamente por un momento que pareció alargarse una eternidad. Luego, ambos se abalanzaron hacia el panel de comunicaciones.

Johnny tenía que comunicarse con Espejo, nombre en clave del avión especial del mando aéreo estratégico.

—Atención, espejo, aquí pájaro blanco.

—¿Has entrado en contacto? —preguntó Rick.

—Sí, por lo menos alguien ha respondido. —Johnny Baker echó un vistazo al formidable desbarajuste de la Tierra—. Creo que Dios nos oye muy bien aquí arriba. De lo contrario no comprendo cómo hemos podido recibir un mensaje a través de ese desastre.

—Saltos de distancias —dijo Jakov—. Pautas de ionización al azar.

Johnny Baker se encogió de hombros. No estaba interesado en discutir temas teológicos. El silencio se hizo en la cápsula mientras observaban el vuelo de los misiles, cuyos centelleos se apagaban a medida que alcanzaban sus trayectorias. Arderían de nuevo, pero con un brillo mucho más intenso...

Pero antes de que las llamas se extinguieran, había sido fácil comprobar que los misiles no ascendían para pasar por el Polo Norte. Apareció un delgado creciente de Tierra, suficiente para que los astronautas pudieran orientarse, comprobando que los misiles se dirigían directamente al Este, hacia China.

Y en Rusia se habían producido explosiones nucleares. Los chinos habían atacado primero, y lo que no había sido devastado por el Martillo era ahora un infierno radiactivo.

Johnny pensó que la familia de Pieter se encontraba allá abajo. Y la de Leonilla, si la tenía, lo cual no le parecía probable. Pensó también que él era un hombre afortunado. Su mujer, Ann, se había marchado de Houston semanas atrás.

Johnny rió para sus adentros. Ann Baker no tenía razón alguna para quedarse en Texas. Se había llevado a los chicos a Las Vegas, para un divorcio que probablemente salvaría su vida. En cuanto a Maureen... Sí, Maureen. Si alguna mujer podía haber sobrevivido a la caída del cometa gracias a su talento y decisión, ésa era Maureen. Y le había dicho que se iría a California con su padre.

—Hay que hacer muchas cosas —dijo Pieter Jakov, con la objetividad de un profesional modélico, aunque había un leve dejo de nerviosismo en su voz—. No podemos sobrevivir aquí más que algunas semanas como máximo. General, carecemos de computador a bordo. Tiene usted que utilizar su equipo para calcular nuestra reentrada.

—Desde luego —dijo Johnny.

—Les necesitaremos a los dos —añadió Jakov, inclinando la cabeza hacia el extremo de la cápsula, donde Rick Delanty parecía absorto en sus pensamientos.

—Nos ayudará cuando le necesitemos —dijo Baker—. Esto es un duro golpe para él. Aunque su mujer e hijos estén todavía vivos, aunque los encuentren, nunca lo sabrá.

—No saberlo es mejor —comentó Pieter—. Mucho mejor.

Johnny recordó Moscú, destruido por partida doble, y asintió.

—Tal vez la doctora Malik debería administrarle un tranquilizante —dijo Jakov.

—Le he dicho que el coronel Delanty estará bien. Rick, tenemos que hablar.

—Sí.

—¿Por qué? —preguntó Jakov—. ¿Por qué han hecho eso?

La repentina pregunta no sorprendió a Baker. Había estado esperando que Jakov la formulara.

—Sabes por qué —respondió Leonilla Malik, apartándose de la ventanilla—. Nuestro gobierno ya había codiciado China. Con la amenaza de los glaciares que se avecinan, los rusos sólo tienen un lugar donde ir. Europa ha sido destruida, y queda muy poco al sur. Si nosotros podemos llegar a esa conclusión, los chinos también pueden.

—Y por eso han atacado —dijo Jakov—. Pero no en el momento adecuado. Hemos podido lanzar nuestro propio ataque.

—Bien, ¿dónde vamos a aterrizar? —preguntó Leonilla.

—Te tomas esto con mucha calma —dijo Jakov—. ¿No te preocupa que tu país haya sido destruido?

—Me preocupo menos y más de lo que tú crees. Era mi patria, pero no mi país. Stalin mató mi país. En cualquier caso, ya no podemos ir allí. Aterrizaríamos en medio de una guerra, eso suponiendo que pudiéramos encontrar un lugar donde hacerlo.

—Somos funcionarios de la Unión Soviética, y esta guerra no ha terminado —dijo Jakov.

—Tonterías —dijo Rick Delanty. Todos se volvieron hacia él—. Tonterías —repitió—. Sabéis muy bien que no podéis hacer nada allá abajo. ¿Adonde iríais? ¿A China, para esperar al Ejército Rojo? ¿O acaso os quedaríais debajo de la precipitación radiactiva atmosférica para esperar la llegada de los glaciares? Por Dios, Pieter, esta guerra no es la vuestra, aunque seas lo bastante loco para creer que continúa. Para vosotros ha terminado.

—¿Adonde vamos entonces? —inquirió Jakov.

—Al hemisferio sur —dijo Leonilla—. Las variaciones climáticas no suelen pasar del Ecuador, y la mayor parte de los impactos se han producido en el hemisferio septentrional. Creo que Australia y Sudáfrica son sociedades industriales intactas. Sería difícil dirigirnos a Australia desde esta órbita. Tendríamos escaso control sobre el lugar de aterrizaje, y nos moriríamos de hambre si cayéramos en la llanura desierta. Sudáfrica...

Johnny se rió amargamente.

—Si no os importa, yo preferiría quedarme aquí —dijo Rick.

Todos rieron. Baker notó que la tensión se distendía levemente.

—Mirad, probablemente conseguiríamos llegar a Sudamérica, y allí no se habrán producido muchos daños. Pero ¿para qué molestarnos? Seríamos cuatro extraños, y ninguno de nosotros habla el idioma. Sugiero que vayamos a casa. La nuestra. Podemos posarnos muy cerca del lugar establecido para el regreso, y seremos dos extraños con guías nativos. Y vosotros habláis inglés.

—Las cosas están bastante mal —dijo Delanty.

—Desde luego.

—¿Dónde, pues?

—En California. La zona agrícola alta de California. Allí tardarán mucho en llegar los glaciares.

Leonilla no dijo nada, pero Pieter mencionó los terremotos.

—Sí, es cierto, pero habrán terminado antes de que podamos aterrizar. Las ondas de choque deben haber activado todas las fallas. No habrá otro terremoto en California durante cien años.

—Lo que hagamos, debemos hacerlo sin pérdida de tiempo —dijo Pieter. Señaló el tablero de controles—. Estamos perdiendo aire y energía. Si no actuamos rápidamente, no podremos hacerlo. Habéis dicho California. ¿Recibirán allí a dos comunistas?

Leonilla le dirigió una mirada extraña, como si estuviera a punto de decir algo, pero guardó silencio.

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