El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Tim se sentía más desamparado que nunca. Estaba preparado para el fin de la civilización: estar casi solo, encontrar pocos seres humanos y alejados entre sí. Pero no estaba preparado para verla extinguirse así, y se preguntó qué podría hacer. Era inútil, no podía pensar nada.
Por fortuna el siguiente puente estaba intacto, y el próximo también. Ya se encontraban a pocos kilómetros del observatorio.
Tomaron una curva y se encontraron con cuatro coches en la carretera. Había mucha gente en aquel lugar. Eran las primeras personas que Tim y Eileen veían desde que salieron de la garganta.
La carretera se internaba en un túnel, y éste se había venido abajo. Los coches estaban detenidos mientras hombres con palas trabajaban para abrir un camino por encima del espolón rocoso creado por el túnel. Ya habían formado parte de un camino, y se turnaban, ya que había más hombres que palas.
Seis mujeres y varios niños estaban reunidos alrededor de los coches. Eileen miró vacilante al grupo y luego se acercó a ellos.
Los niños la miraron sorprendidos. Una de las mujeres se acercó al coche. Parecía una anciana, aunque no tendría más de cuarenta años. Miró el vehículo y observó el agujero en forma de estrella que había dejado la bala en la luneta trasera. No dijo nada.
—Hola —dijo Tim.
—Hola.
—¿Hace mucho que están aquí?
—Llegamos al amanecer —dijo la mujer.
—¿Vienen de la ciudad? —le preguntó Eileen.
—No. Estábamos acampados aquí. Intentamos regresar a Glendale, pero la carretera estaba cortada. ¿Cómo han llegado aquí? ¿Podemos regresar por el mismo camino que ustedes han seguido?
Una vez perdida su reticencia, la mujer hablaba rápidamente.
—Hemos llegado subiendo por el gran cañón de Tujunga —explicó Tim.
La mujer pareció sorprendida y se volvió hacia el montículo donde los hombres trabajaban.
—Eh, Freddie. Han venido por el gran Tujunga.
—Está bloqueado —gritó el hombre. Entregó la pala a otro hombre y bajó el montículo, dirigiéndose a ellos. Tim observó que llevaba una pistola al cinto.
Sus coches no eran muy nuevos. Una destartalada camioneta, cargada con objetos de acampada, una ranchera con la suspensión visiblemente estropeada y un viejo Dodge.
—Nosotros tratamos de llegar al gran Tujunga —dijo el hombre al aproximarse. Llevaba típicas prendas de camping, una camisa de lana y pantalones de tela cruzada. De uno de los lados de su cinturón colgaba una taza metálica. Del otro lado colgaba la pistola en su funda, pero no parecía consciente de que la llevaba—. Me llamo Fred Haskins. ¿Dicen que han llegado cruzando la garganta, por el viejo camino en zigzag?
—Sí —dijo Eileen.
—¿Cómo están en Los Angeles? —preguntó Haskins.
—Mal —dijo Tim.
—Sí. Ha habido un buen terremoto, ¿eh? —Haskins miró detenidamente a Tim. También miró el agujero de la bala—. Oiga, ¿cómo le han hecho eso?
—Alguien trató de detenernos.
—¿Dónde?
—Cuando empezábamos a subir las montañas —dijo Tim.
—La granja de los presos —musitó Haskins—. Habrán matado a los vigilantes y todos los presos estarán sueltos.
—¿Qué ha querido decir con eso de que Los Angeles está mal? —preguntó la mujer—. ¿No puede ser más explícito?
De repente, Tim no pudo soportarlo más.
—Todo ha desaparecido. El valle de San Fernando, todo lo que había al sur de las colinas de Hollywood... Todo inundado por las aguas. Y lo que no ha sido inundado, se ha quemado. Tujunga parecía en bastante buen estado, pero el resto de la depresión de Los Angeles ha dejado de existir.
Fred Haskins le miró fijamente, como si no comprendiera.
—¿Ha dejado de existir? ¿Ha muerto tanta gente? ¿Tantos?
—Más o menos —dijo Tim.
—Probablemente aún queda mucha gente viva en las colinas —dijo Eileen—. Pero, si las carreteras están cortadas, no podrán llegar hasta aquí.
—Dios mío —dijo Haskins—. Ese cometa chocó, ¿verdad? Sabía que iba a chocar, Martha, te dije que estaríamos mejor aquí arriba. ¿Cuánto tiempo...? Supongo que enviarán al Ejército en nuestra busca, pero también podemos abrirnos camino por nuestra cuenta. La carretera al otro lado parece en buenas condiciones. Al menos, hasta donde podemos ver. Martha, ¿todavía no has oído nada por la radio?
—Nada. Sólo interferencias. A veces creo oír algunas palabras, pero no tienen sentido.
—Ya.
—¿Tienen ustedes algo qué comer? —preguntó Martha Haskins.
—No.
—Parecen muertos de hambre. Les daré algo, señor...
—Tim.
—Tim, y usted se llama..
—Eileen. Gracias.
—De nada. Tim, acompañe a Fred y cave con él hasta que prepare el almuerzo.
Mientras subían por el empinado camino, Fred habló a Tim.
—Me alegro de que hayan llegado. No estaba seguro de que pudiéramos poner todos los coches en marcha. Con el cacharro tan potente que usted lleva podrá darles un empujoncito. Luego iremos en busca del Ejército.
La carretera empezó a moverse, el firme se onduló, y el camión en cabeza avanzó dando tumbos.
El cabo Gillings, que dormitaba en su asiento, se despertó bruscamente. Lanzó un juramento y miró a través del toldo. El convoy se había detenido. La tierra se ondulaba como las aguas de un mar.
—El cometa... —murmuró.
Los soldados comentaban lo que ocurría.
—¿Qué es eso? —preguntó Johnson.
—El fin de este maldito mundo, estúpido. ¿Es que no lees nada?
Gillings lo había leído todo. El National Enquirer, los artículos de Time y las entrevistas a Sharps y los demás. Lo había planeado todo un millar de veces, soñando en su litera, añadiendo encantadores detalles a la escena. Gillings sabía lo que ocurriría tras la caída del martillo de Lucifer. Sería el fin de la civilización, y también el fin del maldito Ejército. Cada hombre sería dueño de sí mismo, y uno podría ser un rey si sabía jugar bien sus cartas.
Johnson le miraba fijamente, perplejo y desorientado, deseando que siguiera. Gillings sentía la cabeza ligera. Estaba desorientado: no era corriente que sus sueños se convirtieran en realidad.
—Fuera de los camiones. ¡Todo el mundo fuera! —ordenó el capitán Hora.
La mente de Gillings se aclaró. Las cosas volvían a ponerse en su sitio, y aquel era el primer problema: ¡los malditos oficiales! Hora no era un oficial tan malo, y a los hombres les caía bien. Habría que hacer algo al respecto, y rápidamente. De lo contrario, el Ejército Regular les haría trabajar como esclavos, tratando de salvar a los asnos civiles hasta que las olas gigantescas los ahogaran a todos.
—Estamos atrapados, capitán —gritó el sargento Hooker—. Hay corrimientos de tierras delante y detrás. No creo que podamos sacar los camiones de aquí.
—Los dejaremos aquí, sargento —dijo el capitán Hora—. Iremos andando. Hay mucha gente en estas colinas. Veremos qué se puede hacer por ellos.
—Señor —dijo Hooker. Su voz carecía de entusiasmo—. ¿Qué vamos a comer, capitán?
—Ya tendremos tiempo de preocuparnos por eso cuando estemos hambrientos —dijo Hora—. Echaremos un vistazo adelante. Tal vez podamos pasar sobre el barro.