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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Tim no la siguió. Se quedó de pie, sintiéndose exhausto, deseando entrar de nuevo en el coche, pero sin atreverse a hacerlo hasta que ella regresara. Le parecía una cobardía quedarse en el coche, a resguardo de la lluvia, mientras ella vagabundeaba por la carretera, buscando... ¿Qué buscaría?

Por fin Eileen regresó y subió al coche. Tim dio la vuelta al vehículo, subió también y se sentó a su lado. Ella puso el coche en marcha y empezó a retroceder despacio, esta vez sin ayuda. Tim quería preguntarle qué estaba haciendo, pero se sentía demasiado cansado. Ella había tomado una decisión y así era mejor para él. El coche llegó a una ancha franja de grava al lado izquierdo de la carretera. Eileen avanzó despacio hasta situarse por completo fuera de la calzada.

—No me convence este sitio —dijo finalmente—. Podría producirse un deslizamiento de barro, pero prefiero que nos quedemos aquí. Imagina si viniera otro coche por la carretera.

—No vendrá nadie.

—Probablemente no. De todos modos nos quedaremos aquí.

—¿Te apetece una cerveza? —le preguntó Tim.

—Claro.

Tim sacó dos latas de una caja que el vendedor les había dejado en el coche. Abrió una de ellas e hizo ademán de tirar la anilla.

—No tires eso —le pidió ella.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Hay que guardarlo todo. No tenemos muchas cosas. No sé para qué podrá servirnos eso, pero nunca lo volveremos a tener. Guárdalo. Las latas también. No las tires.

—De acuerdo. Toma.

La cerveza estaba caliente, como la lluvia que caía. No tenían nada más, nada que comer, y la lluvia era un poco salada. Tim se preguntó si podrían beber aquel agua sin peligro. Muy pronto tendrían que hacerlo.

—Por lo menos hace calor —dijo Tim—. No nos helaremos, ni siquiera a esta altura.

Sus ropas estaban empapadas y en realidad no hacía mucho calor. Ojalá hubiera cogido el viejo impermeable que encontraron en el otro coche. Por un momento, Tim pensó en el dueño del Chrysler. ¿Le habrían condenado a morir al robarle el coche? No debía pensar en ello, pero ¿en qué iba a pensar?

—¿Qué hacemos? —preguntó a Eileen—. ¿Guardamos las latas de cerveza o nos emborrachamos?

—Será mejor que conservemos dos por lo menos.

La voz de Eileen era inexpresiva, carente de emoción. Tim se preguntó si a ella también se lo parecería así. Abrió en silencio otro par de latas y los dos se pusieron a beber.

Dos latas de cerveza, y con el estómago vacío, tras un día lleno de excitación... Tim observó que le hacían más efecto de lo que había esperado. Casi volvía a sentirse humano. Sabía que no duraría mucho, pero de momento tenía una cálida sensación en el estómago y notaba la cabeza ligera. Miró a su compañera. No podía verla bien en la oscuridad. Era sólo una sombra en el asiento a su lado. Escuchó el ruido de la lluvia unos instantes más y luego se acercó a ella.

Eileen permaneció rígida, inmóvil. No le rechazó pero tampoco respondió a sus avances. Tim le tomó el hombro y luego su mano descendió hasta el pecho. La blusa estaba húmeda, pero cuando Tim introdujo la mano por debajo notó la piel cálida. Eileen seguía sin moverse. Tim se aproximó más y colocó la cabeza entre sus senos.

—¿Crees que esto es apropiado?

La voz de Eileen parecía la de una persona extraña. Era la suya, sí, pero indiferente, como si hablara desde una gran distancia.

Tim se sintió avergonzado. El agradable calor proporcionado por la cerveza se había desvanecido.

—Lo siento.

—No, no lo sientas. Dormiré contigo, si eso es lo que deseas. Pero preferiría no hacerlo. Ahora no...

—Tienes razón, ya vendrán mejores tiempos.

—No lo creo, si es eso lo que realmente deseas. He estado pensando. ¿Acaso hemos estado enamorados de veras?

—Te pedí que te casaras conmigo...

—Y yo lo deseaba, pero no quería comprometer a nadie. Bueno, ahora es como si estuviéramos casados.

Tim permaneció silencioso en la oscuridad. Sentía absurdos deseos de echarse a reír. Pensó que su madre se sentiría complacida. El pequeño Timmy por fin casado. ¿Dónde estaría su madre y el resto de su familia? ¿Pudo haber hecho algo por ellos? ¿Debió haberlo intentado? No había movido un solo dedo en su ayuda. No hizo más que echar a correr para salvar el pellejo.

—¿Estás segura de que me quieres? —le preguntó Tim.

—¿Sabes? Cuando salí de aquella oficina en ruinas y te vi... me alegré como jamás me había alegrado en mi vida.

Tim se preguntó si le estaría tomando el pelo. ¿Pero de qué servía preocuparse por ello?

—Aprenderemos a querernos —siguió diciéndole Eileen—. Lo hemos estado aprendiendo durante todo el día de hoy. —Dio unas palmaditas en la mano de Tim, que aún permanecía pasivamente sobre su seno—. Así que, si eso es lo que quieres, estoy dispuesta.

Tim se incorporó, apartándose de ella.

—Tim, por favor, no te enfades.

—No te preocupes. Tienes razón, éste no es el momento adecuado. Todo el coche está húmedo, las ropas se nos pegan al cuerpo y no sé cómo estarás tú, pero yo me muero de cansancio. Dios mío, ¡hemos estado a punto de despeñarnos por ese puente derrumbado!

Eileen le apretó la mano.

—Sí, ni el momento ni el lugar son apropiados. ¿Qué te parece el hotel Savoy?

—¿Qué?

—El hotel Savoy de Londres. Elegante, con un servicio de habitación increíble y unos baños enormes. Si éste no es el lugar apropiado para hacer el amor, el hotel Savoy lo es. Lo malo es que probablemente se encontrará bajo el agua. Claro, debe haber un buen sitio en alguna parte, pero ¿y si nunca lo alcanzamos? Eileen, casi no pude derribar aquella valla, y era preciso hacerlo. Tú no me necesitas. ¡Necesitas a Conan, el bárbaro! El para la fuerza y tú para el talento.

—¿Quieres dejar eso de una vez?

—No puedo. Seguimos avanzando gracias a ti. Si lo que quieres es fuerza viril, me temo que yo no la tengo. Tampoco tengo habilidades. Solía contratar a quienes las tenían.

—Tú me llevaste colina abajo —dijo ella, exagerando para tener más efecto—. Sabías dónde ir. Lo has hecho perfectamente.

Tim no podía verla en la oscuridad, pero sabía que no se estaba riendo de él, porque le apretaba la mano con todas sus fuerzas. El se aproximó de nuevo y ella fue a su encuentro, abrazándole desesperadamente. Tim no sentía un deseo sexual inmediato, sólo un instinto de protección hacia ella. Una parte de su mente sabía que aquello era absurdo, sabía que Tim Hamner, por mucho que pudiera compartir los antiquísimos instintos del Homo sapiens macho, carecía del adiestramiento y de los músculos necesarios para ponerlos en acción. Pero era muy agradable abrazar a Eileen y dejar que se durmiera quedamente con la cabeza en su regazo, para quedar dormido también él al poco rato.

El mar se retira de Inglaterra.

Lentamente, frenadas por los escombros, las aguas que han conquistado Londres se retiran hacia el Canal. Henchidas de cadáveres, de los automóviles más livianos, de las paredes de madera de los edificios más viejos y de los escombros del fondo marino que fueron impulsados tierra adentro por tres monstruosas oleadas, las aguas tienen que abrirse camino alrededor y a través de masas montañosas que ayer fueron altos edificios. Las ventanas que resistieron la embestida de la ola se rompen ahora para dejar que el agua pase. Inunda los interiores y se lleva muebles, camas, almacenes enteros llenos de ropas.

Los edificios a lo largo de las riberas del Támesis han sido aplastados y hasta sus cimientos arrancados de cuajo. Tremendas presiones despedazan el cemento armado y arrojan los fragmentos, junto con toneladas de barro de las orillas, al lecho del río.

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