La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
Su gesto fue tardío; su arma, insignificante.
9
La señal de los DIOSES
Kharas estaba plenamente concentrado en el hombre al que había prometido matar, adaptado su cerebro a asumir la mentalidad del guerrero y fijarse tan sólo en su objetivo, sin dispersarse en conceptos más abstractos. Hasta tal extremo se había imbuido de su misión que no hizo el menor caso a los dos aparecidos, suponiendo que se trataba de espectros invocados por el archimago.
Vio el enano que los centelleantes ojos de su rival se vaciaban de expresión, que sus labios abiertos para recitar el mortífero encantamiento se separaban en fláccida postura, y supo que durante unos segundos el enemigo estaría a su merced. Arremetió presto, y su daga atravesó los holgados ropajes negros para hender la carne.
Acercándose más aún a su víctima, el consejero enanil acabó de hundir su pertrecho en el enteco cuerpo del humano, y el calor extraño, abrasador de su adversario le envolvió cual un infierno llameante. Tal era la ira, el odio que dimanaba aquel ser, que Kharas sintió que le asestaba un golpe físico, una embestida que lo lanzó hacia atrás y dio con sus huesos en el suelo.
No importaba. Raistlin había recibido una herida de la que no había de recuperarse. Alzando la vista desde donde yacía, los ojos de Kharas toparon con los de su oponente y, además de su furia, advirtió en las desencajadas cuencas el estigma de un dolor lacerante. Bajo la incierta luz del candil, distinguió asimismo la empuñadura de su daga incrustada en el vientre del hechicero. Las delgadas manos del agonizante se retorcían sobre ella, como si tratara de arrancarla, y en los tímpanos del enano resonó un alarido agónico. Comprendió que no tenía nada que temer, que aquel ser perverso no volvería a lastimar a nadie.
Tras incorporarse con dificultad, el enano estiró el brazo y recuperó su daga de un tirón. Entre gritos de acerba angustia, bañado en el diluvio de su propia sangre, el mago cayó de bruces inerme.
Fue entonces, perpetrado su acto, cuando Kharas se concedió unos minutos para contemplar la escena. Sus hombres libraban una encarnizada batalla contra el general, quien, al oír el grito de su hermano, había palidecido visiblemente y se había entregado a la contienda con un ímpetu renovado, hijo del terror y la cólera. La bruja parecía haberse esfumado, su fantasmal aureola se había extinguido en la penumbra circundante.
Una exclamación ahogada, que no procedía de los litigantes, obligó al barbilampiño enano a girar la cabeza. Descubrió a los dos espectros que había llamado en su auxilio el nigromante, y no dejó de sorprenderle el pánico que desvirtuaba sus facciones mientras, rígidos, observaban al yaciente. No le cupo la menor duda de que eran criaturas de carne y hueso al comprobar su aspecto: uno era un kender ataviado con calzones azules y el otro un gnomo de incipiente calvicie que vestía un mandil de cuero, ninguno de ellos ofrecía la imagen de un espectro convocado desde el Abismo.
No tenía tiempo para reflexionar sobre el fenómeno. Había cumplido con éxito su cometido, al menos en parte. En cuanto a su otro designio, revelar a Caramon las confabulaciones de sus supuestos aliados, no era aquella la ocasión propicia, de modo que desistió y consagró todos sus esfuerzos a organizar la huida. Corrió hasta el lado de la tienda donde se desarrollaba la trifulca, recogió su mazo y, tras ordenar a sus secuaces que se apartaran, se abalanzó sobre el fornido luchador sin otro propósito que ponerle fuera de combate.
El mazo descargó su peso en el cráneo del general, dirigido certeramente por su portador para privarle del sentido. El atacado se desplomó como un fardo y, de pronto, se hizo en la tienda un letal silencio.
Asomándose por la cortinilla, Kharas verificó que el caballero que montaba guardia yacía desmayado. No percibió ningún síntoma de que los soldados que se agrupaban en torno a las lejanas fogatas hubieran detectado el alboroto.
Alzó entonces la mano, deseoso de detener el vaivén del farolillo y ver el desenlace del enfrentamiento. El archimago, sin mover un músculo, estaba tendido en un charco sanguinolento. El general se encontraba cerca de él, estirado su brazo hacia su gemelo como si socorrerle hubiera sido su último anhelo antes de perder el conocimiento. En un rincón se hallaba la bruja, tumbada boca arriba y con los ojos cerrados. Al vislumbrar sangre en su túnica, Kharas lanzó a sus hombres una mirada fulgurante.
—Lo siento —se excusó uno de ellos, a la vez que se convulsionaba en un violento temblor—. La he abatido porque su luz era demasiado brillante. Por un momento he creído que me iba a estallar la cabeza, y no se me ha ocurrido otro medio mejor para apagarla. He vacilado unos instantes porque no quería agredirla, pero el hechicero ha exhalado un alarido y, cuando ella ha respondido con otro, su aureola se ha intensificado. No lo he soportado y he tenido que golpearla, aunque sin mucha fuerza. No está malherida.
—Bien —susurró, comprensivo, el cabecilla—. Salgamos de aquí —añadió, si bien no pudo por menos que ojear al guerrero que yacía a sus pies—. Lo lamento —se disculpó y, asiendo el pergamino del cinto, lo depositó en su palma inerte—. Quizás algún día pueda darte las explicaciones que mereces. ¿Estáis todos bien? —inquirió a sus seguidores.
Los hombres asintieron y empezaron a deslizarse por la entrada del túnel, que tan hábilmente habían forzado.
—¿Qué hacemos con estos dos? —preguntó uno de los asaltantes, deteniéndose junto al kender y el gnomo.
—Les llevaremos con nosotros —decidió Kharas—. Si les dejáramos libres no tardarían en dar la alarma.
Al escuchar tal sentencia, Tasslehoff pareció volver a la vida.
—¡No! —se rebeló, estudiando al alto enano entre espantado y plañidero—. ¡No podéis hacernos esa jugada después de lo mucho que nos ha costado regresar al mundo! Hemos dado con Caramon, al fin podremos catapultarnos a nuestra casa y a nuestro tiempo. ¡Por favor, permitid que nos quedemos!
—¡Lleváoslos! —insistió el consejero, en un tono tajante que no admitía réplica.
—No —insistió también Tas en un suplicante gemido, mientras forcejeaba en los brazos de su aprehensor—. No comprendes lo sucedido. Estábamos en el Abismo y logramos escapar…
—Amordazadlo —bramó Kharas impaciente, a la vez que espiaba el túnel abierto bajo la tienda para cerciorarse de que todo estaba en orden.
Tras indicar a los otros mediante un gesto que se apresurasen, el héroe de los enanos se arrodilló en el borde del agujero para dirigir las operaciones. Sus secuaces emprendieron el descenso arrastrando al enmudecido kender, si bien, frente a su desesperada resistencia, que se manifestó en puntapiés y arañazos sin tiento, tuvieron que detenerse y embroquelarlo como un pollo antes de arriarlo.
En compensación, el otro cautivo no les causó molestias. El pobre gnomo estaba paralizado por el miedo y se sumió en una especie de trance hipnótico en el que, extraviada la vista y con el labio colgando, obedeció al mandato de aquellos extraños sin chistar.
Kharas fue el último en partir. Antes de saltar a la seguridad del túnel, dio una postrera ojeada a la tienda.
El farolillo, que había cesado de oscilar, alumbraba con su tenue luz una escena dantesca. La mesa estaba resquebrajada, las sillas volcadas, la cena se había diseminado en incontables fragmentos. Un riachuelo de sangre fluía debajo del cuerpo del nigromante, formando una pequeña laguna en el margen del boquete y vertiéndose despacio, gota a gota, sobre el pasadizo subterráneo.
Tras zambullirse en la oscuridad del corredor, el enano que cerraba la comitiva se alejó del lugar en rápidas zancadas hasta que, una vez hubo interpuesto cierta distancia, frenó su marcha. Agarró entonces un cabo de cuerda que serpenteaba por el suelo, y tiró de él enérgicamente. El otro extremo estaba atado a una de las vigas sustentadoras del techo, justo debajo de la morada de campaña del general, que se desmoronó al recibir la sacudida. Se produjo un zumbido de derrumbamiento y las rocas circundantes empezaron a salir de sus encajes, aunque Kharas no pudo ver las consecuencias de su acción por culpa de la polvareda que provocaron los bloques al desprenderse.