Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La guerra de los enanos
La guerra de los enanos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La guerra de los enanos

Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:

La guerra de los enanos
1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 117
Перейти на страницу:

Sabedor de que el túnel se había obstruido y cubría así su retirada, el consejero emprendió carrera en pos de sus hombres.

—General…

Caramon estaba de pie, con las manos extendidas en busca de la garganta de su enemigo y el rostro desfigurado por la ferocidad.

Garic, que era quien llamaba al confuso guerrero reculó asustado.

—General, soy yo —repitió el centinela.

La familiar voz del caballero penetró cual un doloroso dardo la mente del hombretón quien, con un gemido, estrujó su cráneo entre las manos y se tambaleó. El noble soldado detuvo su caída y logró reclinarlo en una silla.

—¿Y mi hermano? —inquirió el maltrecho luchador, todavía en el límite del desvanecimiento.

—Verás, Caramon… —titubeó el otro.

—¡He preguntado por mi hermano! —se encolerizó el general.

—Lo hemos llevado a su tienda —musitó el caballero—. Su herida es…

—¿Cómo? —le apremió el hombretón, al mismo tiempo que alzaba la cabeza y observaba a Garic con los ojos inyectados en sangre.

Éste no sabía qué responder. Abrió la boca, la cerró de nuevo y, al fin, acertó a explicar:

—Mi padre me describió en alguna ocasión la naturaleza de esos tajos, que someten a quienes los sufren a interminables agonías.

—Lo que, en otras palabras, significa que el arma ofensiva ha traspasado el vientre del mago —apostilló Caramon.

El joven confirmó esta presunción con un tímido asentimiento, y se cubrió el rostro con la mano. Al espiarlo de cerca, el general percibió su exagerada lividez y, entornando los párpados, hizo acopio de valor para vencer su propio mareo, la náusea que había de asaltarle cuando abandonase su apoyo. Se enderezó y, en efecto, la negrura se arremolinó a su alrededor en una nube palpitante. Se forzó a resistir, a permanecer firme, y abrió los ojos.

—Y tú, ¿cómo te encuentras? —interrogó a su seguidor.

—Bien —se apresuró a contestar el caballero, enrojecidos sus pómulos por la vergüenza—. En el momento en que me disponía a socorreros, alguien me propinó un fuerte golpe.

—Sí, es evidente —ratificó Caramon al estudiar la sangre coagulada que teñía la sien del infortunado guardián—. No se puede prever todo, no te inquietes. También a mí me pillaron desprevenido —le tranquilizó con un asomo de sonrisa. Garic agradeció mediante un segundo asenso que intentara infundirle ánimos, pero su expresión evidenciaba hasta qué punto le obsesionaba su derrota.

«Lo superará —pensó el guerrero—. Nadie se libra del fracaso, antes o después tenemos que enfrentarnos a él».

—Voy a ver a mi hermano —dijo en voz alta, a la vez que se aproximaba a la cortinilla con paso bamboleante—. ¿Y Crysania? —preguntó de pronto, deteniéndose en el umbral.

—Duerme. Tenía un corte en las costillas, como si un cuchillo le hubiera rozado el costado. Se lo vendamos lo mejor que pudimos, hubo que rasgar su vestido —relató el caballero, y su rubor fue en aumento—. Le dimos unos sorbos de coñac…

—¿Está al corriente de lo que le ha sucedido a Raist… Fistandantilus? —lo interrumpió su superior.

—Él prohibió que se lo comunicásemos.

Caramon enarcó las cejas y, al cabo de un instante, arrugó la frente. Examinó la maltratada estancia, distinguió el purpúreo reguero en el pisoteado suelo y, tras emitir un suspiro, descorrió la cortinilla y salió al exterior, llevando a Garic a sus talones.

—¿Y el ejército? —indagó mientras caminaban.

—Todos se han enterado, era inevitable que se extendiera la noticia —declaró el centinela, encogiendo los hombros en un gesto de impotencia—. Necesitábamos refuerzos para cuidaros y perseguir a los enanos.

—Supongo que ellos habrán bloqueado el túnel —aventuró el general, si bien la migraña le impidió continuar y tuvo que sellar sus labios.

—Sí —corroboró el caballero—. Intentamos cavar, pero fue tan inútil como pretender vaciar el desierto de arena. No hubo manera de rastrearlos.

—¿Cómo está la moral de los hombres?

El fornido luchador hizo una pausa al formular esta demanda, pues habían llegado a la tienda de Raistlin. Oyó en el interior un ahogado lamento.

—Atribulados; reina un gran desconcierto entre las tropas —confesó Garic.

Caramon comprendió y, en silencio, oteó la oscuridad que anidaba a perpetuidad en el refugio de su hermano.

—Entraré solo —resolvió el guerrero—. Gracias por todo lo que has hecho, muchacho. Ahora acuéstate y descansa —aconsejó a su subordinado en tono paternal—, antes de que te desplomes. Más tarde requeriré tus servicios, y poco vas a ayudarme si enfermas.

—Sí, señor.

Obediente, el joven guardián echó a andar con paso vacilante. No tardó, sin embargo, en volver sobre sus pasos y aproximarse de nuevo a su adalid. Tras hurgar bajo el peto de su armadura, retiró un pergamino empapado en sangre y se lo tendió.

—Lo hallamos en tu mano, general. El trazo es, indiscutiblemente, de un enano.

El guerrero ojeó el objeto que le presentaba, lo desenrolló, lo leyó y, sin proferir ningún comentario, lo ajustó a su cinto.

Una legión de centinelas cercaba ahora las tiendas de los cabecillas. Indicando a uno de ellos que se acercara, le dio instrucciones de conducir a Garic a un lugar tranquilo donde pudiera reposar. Tras asegurarse de que se cumplía su orden, reunió todo el coraje que atesoraba y se adentró en el recinto que cobijaba al hechicero.

Una vela ardía sobre la única mesa, al lado de un libro de encantamientos que se mantenía abierto y demostraba el propósito de Raistlin de enfrascarse en sus estudios una vez concluida la cena. Un enano de mediana edad, que exhibía en su piel las cicatrices de mil batallas y que el general reconoció como uno de los esbirros de Reghar, estaba agazapado en las sombras lindantes con el lecho. El hombre que había apostado dentro de la estancia saludó al mandamás cuando éste cruzó el umbral.

—Aguarda fuera —le ordenó Caramon, y el soldado desapareció.

—No consiente que lo toquemos —murmuró el enano, señalando al archimago—. Hay que lavar esa herida y contener la hemorragia, aunque no creo que tenga remedio. Un buen vendaje mitigaría el dolor; así por lo menos…

—Yo le atenderé —le atajó el guerrero, lacónico e incluso abrupto.

Afianzando sus rodillas, el hombrecillo se incorporó y se aclaró la garganta, en la actitud de quien no acierta a decidir si es preferible hablar o callar. Al fin optó por lo primero, si bien escrutó al colosal humano con ojillos perspicaces mientras se manifestaba.

—Reghar me dijo que debía proponértelo: si quieres, puedo acortar su agonía. Poseo mucha experiencia en estos menesteres, ya que ostento el oficio de carnicero desde hace años y me doy buena maña en rematar a los animales.

—Vete.

—De acuerdo —se sometió el enano que, a pesar de su falta de tacto, abrigaba las mejores intenciones—. Tú tienes la última palabra. Pero si fuera mi hermano…

—¡Sal! —vociferó Caramon, al borde de la enajenación.

No miró a la escurridiza criatura, ni siquiera oyó el ruido de sus botas cuando abandonó la tienda. Todos sus sentidos confluían en Raistlin.

El nigromante yacía en el camastro, todavía vestido y con las manos recogidas sobre la tremenda herida. Ennegrecido más de lo habitual por la sangre, el terciopelo de sus ropajes se adhería a la carne en un fantasmal amasijo y, en cuanto a su estado, era obvio que traspasaba una fase crítica. El mago se revolvía en espasmos involuntarios, cada aliento que inhalaba era un incoherente gemido y, al expulsar el aire, su suplicio se hacía patente en un siniestro gorgoteo.

Para el hombretón, no obstante, lo más espantoso de aquel cuadro eran los destellos que animaban las pupilas del moribundo, la forma en que le espiaba, consciente de su presencia, a medida que avanzaba hacia el lecho. Raistlin estaba despierto.

1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 117
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)