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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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Arrodillándose a su lado, el guerrero posó la mano sobre la febril frente del hechicero.

—¿Por qué no has permitido que venga Crysania? —inquirió en un susurro. El enfermo asumió un rictus de dolor y, rechinando sus dientes, logró articular una frase a través de sus labios amoratados.

—Paladine no me curará —dijo, estrangulada su garganta por el esfuerzo.

—¡No puedes sucumbir! —protestó e] general, consternado—. Tú mismo me contaste que el destino estaba escrito.

—El tiempo ha sido alterado —le reveló su gemelo.

Los ojos giraban en enloquecidas órbitas, la cabeza se agitaba, la sangre chorreaba por su boca.

—Pero…

—Ha llegado mi hora, ¡déjame morir en paz! —exclamó el yaciente entre horribles convulsiones, corroído de ira.

Caramon se estremeció. Miró a su hermano, deseoso de conmoverse, pero aquella faz macilenta, desvirtuada, se le antojó la de un extraño. La máscara de sabiduría e inteligencia había sido brutalmente arrancada de sus facciones para poner al desnudo las líneas más sinuosas del orgullo, la ambición y la avaricia, todas ellas ribeteadas por la huella de una insensible crueldad. Era como si, al escudriñar un rostro que conocía desde su nacimiento, el guerrero descubriera de pronto a una criatura abyecta e ignota.

«Quizá Dalamar vislumbró lo mismo que veo yo ahora en la Torre de la Alta Hechicería —conjeturó—, cuando su maestro le imprimió en la carne el estigma de sus manos castigadoras. Quizás el mismo Fistandantilus contempló este rostro espeluznante antes de morir».

La repugnancia, el pavor, le indujeron a desviar la mirada de aquel semblante cadavérico y ominoso. Endurecida su expresión, estiró el brazo.

—Te vendaré la herida —anunció más que pedirlo.

Raistlin meneó la cabeza con vehemencia. Separó la garra que parecía encerrar en sus entrañas la poca vida que le restaba y, aun a riesgo de que se le escapara el último soplo, vapuleó el robusto brazo del guerrero.

—¡No! Quiero terminar cuanto antes —aseveró—. He fallado, no soporto que los dioses se burlen de mí.

El hombretón estudió unos segundos al yaciente y, de manera repentina, irracional, una cólera irrefrenable se apoderó de él. Tan hostil sentimiento era producto de su perenne servilismo, de los innumerables años de convivencia en que no había sido sino un títere vilipendiado, humillado por las chanzas despiadadas de aquel ser monstruoso. Era la furia que vengaba a los amigos muertos a causa de su desmedida sed de poder, que rehabilitaba a su propia persona después de haber sido arrojado a la pendiente de la destrucción. Era el rencor frente a una criatura que había devorado, negado el amor. En la cumbre del paroxismo, Caramon aferró las negras vestiduras y levantó la cabeza de su gemelo de la almohada donde se complacía en su sufrimiento.

—¡Por los dioses que no he de permitir que mueras! —explotó, temblorosa su voz debido a la rabia—. No perecerás, ¿me oyes bien? Durante toda tu existencia, has pensado únicamente en ti mismo, en salvaguardar tus intereses, y ahora, en tu lecho de muerte, buscas la salida más cómoda. Has sido un egoísta, pero ahora no actuarás según tu conveniencia. No quedaré atrapado en esta guerra insensata, ni abandonarás a Crysania. ¡No, hermano! ¡Vivirás, maldita sea! Vivirás para mandarme de regreso a casa. Lo que pase después es algo que no me concierne.

Raistlin le observó y, a pesar de su comatoso estado, se dibujó en sus labios una grotesca parodia de sonrisa. Se diría que iba a carcajearse, mas una burbuja sanguinolenta obstruyó su boca. El general aflojó la zarpa con la que atenazaba la túnica y, con una violencia más querida que real, lanzó hacia atrás a su oponente, ignorando la emoción que le consumía. En efecto, el mago se desmoronó en su cojín y fijó en el guerrero unas pupilas rezumantes de odio.

—Voy a advertir a Crysania —masculló Caramon, indiferente por completo a aquel feroz escrutinio—. Merece al menos una oportunidad de ejercer sus dotes curativas sobre tu persona. Sé que si las miradas matasen, ahora mismo caería fulminado —apuntó, para darle a entender que se había percatado de su actitud y nada le importaba—. Escúchame bien, Raistlin, Fistandantilus o quienquiera que seas: si es voluntad de Paladine que mueras antes de cometer más atrocidades en este mundo, acataré sus designios, y también lo hará la sacerdotisa. Pero en el caso de que decida prolongar tu existencia, tanto tú como nosotros respetaremos esa resolución.

El mago, casi agotadas sus energías, mantuvo la mano apretada contra el brazo de su hermano, asiéndole con unos dedos yertos que comenzaban a asumir el rigor de la muerte.

Firme, comprimidos los labios, el hombretón se deshizo de aquella mano que se obstinaba en retenerle y, poniéndose de pie, se alejó del lecho. Oyó a su espalda un plañido discorde, un chillido de tormento que se abrió paso hasta su alma y detuvo su avance. Evocó en aquel instante la imagen de Tika, del hogar, y halló el remedio que sus vacilaciones necesitaban.

Salió a buen ritmo al desolado paraje nocturno, en dirección a la tienda de la sacerdotisa, cuando descubrió al enano sentado de modo displicente en las sombras, ocupado en tallar un leño con su afilado cuchillo. La visión de aquella pequeña criatura trajo a su memoria el asalto de que habían sido objeto y, sin apenas darse cuenta, rebuscó bajo su armadura hasta extraer el pergamino que le entregara Garic. Lo releyó, aunque el conciso mensaje se había grabado en su mente.

«El archimago os ha traicionado a ti y a tu ejército. Envía un emisario a Thorbardin para averiguar la verdad».

Tiró al suelo el papiro y siguió su camino.

¡Qué broma tan cruel! ¡Cuán vejatoria y retorcida!

En medio de su suplicio, Raistlin oía las risas de los dioses. «Me ofrecen la salvación con una mano y me la arrebatan con la otra —se dijo—. ¡Cómo deben regocijarse de mi derrota!».

Los ataques espasmódicos de su cuerpo eran livianos comparados con los de su espíritu, que se contorsionaba en una ira inerme, al recibir el acoso de su conciencia, de una voz interior que le repetía lo ridículo de su fracaso.

—¡Eres un humano débil e insignificante! —le gritaban las divinidades—. Nosotros, en nuestra superioridad, hemos querido recordarte que eras un simple mortal.

No se enfrentaría al triunfo de Paladine, se negaba a contemplar desvalido la complacencia y la glorificación que el hacedor hallaba en su caída. Era mejor morir en el acto y buscar refugio en las oscuras esferas que se lo brindasen. Pero aquel condenado hermano suyo, aquella otra mitad de sus propias esencias que tanto envidiaba y despreciaba y que, por derecho, le habría correspondido encarnar, se empecinaba en privarle del anhelado solaz.

—¡Caramon! —vociferó, solo en un mundo de tinieblas—. ¡Caramon, socórreme! ¡Protégeme, no me abandones! —Rompió en sollozos y se agarró el vientre, que había adquirido la dura tensión de una piedra—. No dejes que me encare en soledad con mi sino.

Se extravió su cerebro en un torbellino, perdido el hilo del raciocinio, y sufrió alucinaciones mientras la vida escapaba entre sus dedos agarrotados. Visualizó alas de reptiles del Mal, un Orbe de los Dragones roto, a Tasslehoff, a un gnomo… «La salvación está en la muerte», le susurraba en su delirio un ente incorpóreo.

Una luz blanca, pura y lacerante como una espada abrió una brecha en su interior. Sintiendo su asedio, el hechicero trató de sumergirse en el bálsamo cálido y acogedor de la negrura. Oyó que alguien, él mismo, suplicaba a Caramon que acabara con él y con su dolor, que extinguiera el intangible puñal luminoso.

Era él quien profería estas exhortaciones, pero no en obediencia a un dictado de su albedrío. Sólo supo que hablaba a una criatura real porque, en la aureola de la prístina luz, vislumbró la espalda vuelta de su gemelo.

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