Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La guerra de los enanos
La guerra de los enanos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La guerra de los enanos

Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:

La guerra de los enanos
1 ... 90 91 92 93 94 95 96 97 98 ... 117
Перейти на страницу:

El gabinete en que introdujo a Kharas era, sin lugar a dudas, su habitación preferida. Decoraban los muros varias hachas y escudos guerreros, además de una variopinta serie de espadas de hoja curva capturadas a los hobgoblins, un tridente de minotauro que había sido ganado en justa lid por un ancestro del adalid y, cómo no, martillos, cinceles y otras herramientas para trabajar la roca.

Duncan agasajó al héroe haciendo gala de auténtica hospitalidad. Cumplió con todos los requisitos: le ofreció la mejor butaca, sirvió la cerveza y azuzó el fuego siempre que fue preciso, pero sus atenciones no obstaron para que el consejero, que había estado múltiples veces en aquella sala, se sintiera de pronto tan incómodo como si hubiera irrumpido en la intimidad de un extraño. Quizá su desasosiego se debía a que Duncan, pese a dispensarle el trato cortés que solía presidir sus intercambios, lanzaba miradas furtivas, penetrantes, a su rasurada faz.

Al advertir aquel singular brillo en los ojos de su superior, menos habitual que su obsequiosidad, a Kharas le resultó imposible relajarse y se sentó en el borde de la silla, retirando de sus comisuras la espuma del brebaje más a menudo de lo que era imprescindible. Y así, aplicado el dorso de la mano a su boca, esperó que concluyesen las formalidades.

Los preámbulos, por fortuna, no se prolongaron demasiado. Tras agotar de un solo trago el contenido de la jarra, el rey depositó el recipiente en un velador que se erguía junto a su butaca y, acariciándose la barba mientras estudiaba al héroe en sombrío ademán, dijo:

—Kharas, me aseguraste que el mago había muerto.

—Sí, thane —respondió perplejo el aludido—. Le asesté un golpe letal, al que ningún hombre habría sobrevivido.

—Él lo hizo —fue el tajante comentario del monarca.

—¿Acaso insinúas, me acusas de…? —empezó a exaltarse el consejero.

—¡No, amigo mío! Nada más lejos de mi intención —se apresuró a apaciguarlo Duncan—. Estoy persuadido de que creíste firmemente haberlo ajusticiado, aunque más tarde los acontecimientos se revelasen diferentes. En efecto, nuestros exploradores informan haberle visto en el campamento. Estaba herido o, al menos, no podía cabalgar. El ejército prosigue su marcha hacia Zhaman, con el hechicero alojado en un carro.

—¡Eso es imposible! —protestó Kharas, purpúreos sus pómulos al sumarse el enfado a la congoja—. Su sangre bañó mis manos, arranqué la daga de lo más hondo de su vientre. ¡Por Reorx! —blasfemó—. En sus pupilas vidriosas había anidado la muerte; yo mismo lo comprobé.

—No lo dudo, hijo. —Compadecido por la vehemente angustia de su súbdito, el monarca estiró una mano para darle unas paternales palmadas en un brazo—. Nunca tuve noticia de que una criatura se sobrepusiera a una herida como la que describiste, salvo cuando los clérigos habitaban Krynn.

Al igual que todos los sacerdotes verdaderos, los de la raza enanil también se esfumaron poco antes del Cataclismo. Sin embargo, este pueblo se distinguía de los otros que poblaban el país en que nunca perdió la fe en su antiguo dios. Reorx, el Forjador del Mundo, permaneció presente en sus vidas pese a que sus siervos se sintieron defraudados por su evidente complicidad en el desencadenamiento de la hecatombe. Su disgusto les llevó a dejar de adorarle en público, mas su creencia estaba demasiado arraigada, el concepto de la divinidad se hallaba demasiado vinculado a sus costumbres, como para renegar de él a consecuencia de tan liviana infracción.

—¿Tienes idea de lo que ha podido ocurrir? —indagó el rey, fruncido el ceño.

—No, thane —admitió el héroe—. Pero me extraña que no hayamos recibido una contestación del general Caramon. ¿Habéis interrogado a los dos individuos que apresamos? Quizá sepan algo.

—¿Un kender y un gnomo? No digas sandeces —le espetó el dignatario—. ¿Qué pueden comunicarnos? No me interesa en lo más mínimo la sarta de embustes que puedan contarnos ni, si he de serte franco, me preocupan los tejemanejes del mago. La razón por la que te he hecho venir, Kharas, además de darte a conocer la recuperación de esa criatura, es insistir en que debes olvidar tus arengas en favor de la concordia y prepararte para la guerra.

—Algo se oculta bajo ese par de barbas —farfulló el consejero, parafraseando un viejo proverbio. Quedaba patente que no había escuchado la parrafada de su interlocutor—. En mi opinión, tendrías que…

—Adivino lo que piensas —lo interrumpió el thane—, que esos hombrecillos son apariciones invocadas por el nigromante. ¡No seas ridículo! ¿Qué hechicero que se precie se valdría de un kender, aunque se hallara en un terrible apuro? No, son criados o algo semejante. En la tienda reinaba el caos, tú mismo lo mencionaste.

—Hay algo que me intriga, y que también suscitaría tu curiosidad si hubieras visto la expresión del mago cuando se materializaron —replicó Kharas sin alzar la voz—. Su rostro en nada difería del de un viajero que, al atravesar una planicie yerma, descubre de pronto a sus pies un cofre repleto de oro y de joyas. Autorízame a llevarlos a presencia del consejo, thane. Habla con ellos, es lo único que te pido.

Duncan suspiró y miró al héroe con impaciencia.

—De acuerdo —accedió a regañadientes—; supongo que no me perjudicará. Pero voy a ponerte una condición —agregó, y dirigió a su súbdito una mirada imperiosa, ineludible—. En el caso de que resulten infructuosas nuestras pesquisas, rechazarás tus absurdas nociones y te concentrarás en las tácticas bélicas. Será una lucha cruenta, hijo —preconizó, suavizado su tono al detectar la pesadumbre que surcaba las acciones de su subordinado—. Te necesitamos.

—Sí, thane —contestó el otro, sumiso—. Acepto el compromiso.

El monarca llamó a su guardia personal y, de manera abrupta, salió de su morada seguido por Kharas. El héroe caminaba despacio, absorto en sus meditaciones.

Después de atravesar el vasto reino subterráneo, doblando callejas y avenidas, cruzaron en un bote el Mar de Urkhan y llegaron al fin a los calabozos. En el primer nivel se hallaban confinados los delincuentes menores, aquellos que habían incurrido en transgresiones, como no pagar sus deudas, mostrarse irrespetuosos con padres o cabecillas, hurtar objetos sin importancia o emborracharse y organizar pendencias. Y también en este plano se encontraban el kender y el gnomo. Al menos, allí les dejaron la noche anterior.

—El problema radica en que carecemos de un mapa —se lamentó Tasslehoff, mientras el celador le hostigaba a andar.

—Si no recuerdo mal, dijiste que ya habías estado antes en estos parajes —refunfuñó Gnimsh.

—Antes no, después —le corrigió el kender—. O quizá la expresión adecuada sería «más tarde». Voy a sacarte de tu error, y espero que lo comprendas. Visitaré este reino escondido dentro de doscientos años, si no me equivoco en mis cálculos, aunque para mí el futuro es pasado. Lo cierto es que se trata de una historia fascinante. Vine con unos amigos. Fue después de que se casaran Goldmoon y Riverwind y antes de emprender viaje a Tarsis. ¿O habíamos pasado ya por esa ciudad? No, no puede ser, porque fue en Tarsis donde me cayó encima aquel edificio…

—Eso que tu calificas de «historia fascinante», y que es un tremendo galimatías, me resulta más que familiar. Conozco​ese​episodio​de​memoria.

1 ... 90 91 92 93 94 95 96 97 98 ... 117
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)