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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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—Ardillas, ¡qué ocurrencia! —se burló el enano—. Sólo los de mi raza son capaces de edificar algo tan perfecto. Fíjate bien en su trabajo, es una obra de artesanía —le instó, mientras pasaba suavemente la mano por la lisa cúpula—. ¿Desde cuándo la naturaleza concibe tales maravillas?

—¡Enanos! —repitió Caramon a su vez—. ¿Con qué objeto? Ni siquiera los enanos aman tanto el trabajo como para realizar esfuerzos gratuitos. ¿Por qué pierden el tiempo en erigir falsas dunas en el desierto?

—Son puestos de vigía —fue la sucinta explicación.

—¿Y qué observan desde ellas?, ¿las serpientes? —indagó el guerrero en tono socarrón.

—La tierra, el cielo, los ejércitos como el nuestro —lo atajó el hombrecillo. Pateó acto seguido la superficie adyacente, levantando una nube de polvo—. ¿Oyes eso? —preguntó a su interlocutor, que estaba más perplejo a cada segundo.

—¿Qué tiene de particular?

—Escucha atentamente —lo apremió el enano, y estampó de nuevo el pie en el arenoso suelo—. Suena hueco.

—¡Túneles! —vociferó el general, boquiabierto, antes de examinar la sucesión de lomas que se desplegaba a través del llano.

—Hay kilómetros de ellos —confirmó Reghar, al mismo tiempo que asentía con la cabeza—. Se edificaron hace tantos años que en la época de mi tatarabuelo ya estaban como ahora, aunque también es verdad que durante siglos nadie los ha utilizado. Según la leyenda, en los albores de nuestra era había varias fortalezas entre este punto y Pax Tharkas, moles defensivas que se comunicaban mediante accesos subterráneos. Su largo entramado llegaba hasta los montes Kharolis, de tal modo que los enanos podían viajar del alcázar que hemos conquistado a Thorbardin sin exponerse a la luz del sol.

»Las fortalezas han desaparecido, al igual que muchos de los túneles. El Cataclismo los obstruyó o derrumbó por completo, aunque no me extrañaría —agregó, echando de nuevo a andar— que Duncan se haya servido de los que aún se conservan para mandar a sus espías y estar así informado de nuestros movimientos.

—Desde arriba o desde abajo, no dejarán de percibir nuestro avance —susurró Caramon, puestos sus escrutadores ojos en el desnudo llano.

—En efecto —admitió el enano con resuelto ademán—, pero no será eso lo que les conceda la victoria.

El guerrero nada respondió. Dando unas largas zancadas para alcanzar a su acompañante, reanudó la marcha junto a él hasta arribar al campamento, donde el humano se dirigió a su tienda y el hombrecillo al lugar donde se habían instalado los de su tribu.

En una de las engañosas dunas, no muy lejos de la tienda de Caramon, varios pares de ojos espiaban al ejército. Sin embargo, no era el conjunto de las tropas el centro de su interés, sino tres criaturas determinadas, sólo tres.

—Ya no falta mucho —dijo Kharas, que oteaba el panorama a través de unas rendijas excavadas en la roca con tan absoluta minuciosidad que permitían divisar el exterior a los que se agazapaban en la estructura sin ser vistos desde fuera del montículo—. ¿Has calculado la distancia?

El interpelado era un enano viejo, de innoble apariencia, el cual, tras asomarse a una hendidura con aire tedioso y estimar también de una ojeada la longitud del túnel, dictaminó:

—Doscientos cincuenta y tres pasos y te hallarás en el punto justo.

Kharas volvió a examinar el llano y, con especial atención, el enclave donde se alzaba la tienda de Caramon, alejada de las fogatas. Se le antojó prodigioso que el anciano pudiera medir tan exactamente la distancia que les separaba de su objetivo. Habría expresado sus dudas de tratarse de otro, pero Smash, el antiguo ladrón al que había sacado de su retiro para esta empresa, gozaba de gran predicamento como artífice de hechos extraordinarios, de un renombre parangonable al del héroe mismo.

—El sol se pone —informó el cabecilla, si bien era innecesario pues las postreras sombras del día, que se filtraban a través de las grietas, se proyectaban en largos hilillos sobre las paredes de roca del túnel—. El general regresa, entra en su tienda. Por la barba de Reorx —rezongó—, espero que no decida mudar sus costumbres esta noche.

—No lo hará —lo tranquilizó Smash. Acurrucado en un confortable rincón, el enano hablaba con la certeza de quien, durante largo tiempo, ha vivido de sus dotes para observar las idas y venidas, sobre todo las idas, de su congéneres—. Lo primero que uno aprende cuando se dedica a asaltar las casas ajenas es que todo el mundo se crea una rutina y procura no cambiarla. El tiempo es apacible, no han surgido imprevistos y lo único que se ha impreso en su retina es arena y más arena. No, no alterará sus hábitos.

Kharas frunció el entrecejo, disgustado por la alusión que había hecho su secuaz a su turbulento pasado. Consciente de sus limitaciones, el consejero había elegido a Smash para esta misión porque necesitaba a un experto en el arte del sigilo, avezado a moverse deprisa y en silencio, a atacar en plena noche y fundirse luego en la negrura.

El recto y ahora barbilampiño enano, que tanto había admirado los Caballeros de Solamnia por su alto sentido del honor, no era inmune al aguijón de la conciencia. Serenó su alma diciéndose en su fuero interno que Smash había pagado el precio de sus crímenes años atrás y que, incluso, había prestado ciertos servicios al soberano que le habían convertido, si no en un personaje respetable, sí al menos en un héroe de segunda categoría.

«Además —recapacitó—, son muchas las vidas que va a salvar».

Al pensar en su encomiable proyecto exhaló un suspiro de alivio. En voz alta, concedió:

—Tenías razón, Smash. El mago y la bruja acaban de salir de sus tiendas.

Tras estudiar el mazo, que había depositado junto al muro, Kharas se valió de una mano para colocar la daga que había embutido en su cinto en una postura más cómoda, mientras, con la otra, hurgaba en su saquillo y extraía un pergamino. Impregnada su faz desnuda de una expresión entre solemne y meditabunda, guardó el rollo en un bolsillo que quedaba oculto bajo su pectoral de cuero.

Volvióse entonces hacia los cuatro enanos apostados a su espalda, a fin de hacerles las últimas puntualizaciones:

—Insisto en que no debéis lastimar a la mujer ni al general más de lo imprescindible para someterlos. El hechicero, en cambio, ha de morir. No olvidéis que es muy peligroso; conviene actuar con la máxima celeridad.

Smash esbozó una mueca de satisfacción y se arrellanó en su improvisado asiento de roca. El no les acompañaría; era demasiado viejo. Si en otro tiempo le hubieran excluido, se lo habría tomado como un insulto, mas a su edad lo consideró una deferencia y, además, sufría últimamente un molesto crujir en sus rodillas.

—Dejad que se aposenten —les recomendó—, que inicien relajados su cena. Una vez se hayan reunido en torno a su ágape —continuó, llevándose la mano a la garganta en un expresivo gesto—, contad doscientos cincuenta y tres pasos…

Garic, que montaba guardia en la entrada de la tienda del general, no oía sino silencio en su interior. Aquella quietud le angustiaba, parecía dimanar ecos más sonoros que una violencia trifulca.

Aguzó la vista para entrever lo que ocurría en la estancia a través de la cortinilla, que no estaba corrida del todo, y distinguió a sus tres ocupantes sentados como cada noche, absortos en sus respectivas cábalas y sin romper apenas el tenso mutismo.

El mago había reemprendido sus estudios con renovado ahínco, y corría el rumor de que estaba preparando un poderoso hechizo destinado a abrir de un arcano estallido las puertas de Thorbardin. En cuanto a la bruja, ¿quién era capaz de imaginar sus pensamientos? Garic se alegró al comprobar que Caramon no la perdía de vista.

Los hombres hablaban sin cesar de aquella enigmática mujer. El caballero les había oído comentar en incontables ocasiones los supuestos milagros que obró en Pax Tharkas restituyendo la vida a los muertos mediante el simple contacto de su mano o haciendo crecer miembros sanos sobre los supurantes muñones de los heridos. No daba crédito a tales cuchicheos, desde luego, pero había algo en el talante de la sacerdotisa, especialmente en los últimos días, que le incitaba a preguntarse si no sería acertada la impresión que le había causado en un principio.

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