La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
Él joven se agitó desazonado bajo el frío viento que cruzaba el desierto. De las tres personas que había en la tienda quien más le inquietaba era su general, un humano al que había llegado a reverenciar, a idolatrar, en el curso de sus campañas. Tan leales sentimientos le habían inducido a observarle, razón por la que había detectado la profunda depresión en que se hallaba inmerso, pese a la máscara de compostura tras la que intentaba cobijarse. Para el caballero, su nuevo adalid reemplazaba a la familia perdida, de tal suerte que se identificaba con su infelicidad como si la sufriera un hermano mayor, de su misma sangre.
—Son esos condenados enanos dewar —masculló, a la vez que pateaba el suelo para cortar el cosquilleo de sus ateridas piernas—. No confío en ellos. Desearía desembarazarme de su presencia, y estoy seguro de que el general ya lo habría hecho de no interponerse su gemelo…
Se interrumpió y contuvo el resuello, alerta todos sus sentidos. Nada percibió y, no obstante, habría jurado que alguien merodeaba por los alrededores.
Cerrada la mano en torno a la empuñadura de su espada, el joven centinela escrutó el paraje. Aunque durante el día el calor se hacía sofocante, por la noche aquellas yermas extensiones se tornaban gélidas y amenazadoras. Columbró en la distancia las fogatas y las sombras de los soldados que pasaban frente a ellas, nada fuera de lo normal.
Empezaba a relajarse, cuando oyó un ruido más preciso que el que le había sobresaltado segundos antes. Era un repiqueteo metálico que resonaba a su espalda, acaso el estampido amortiguado de unos pares de botas pesadas, recubiertas de hierro.
—¿Qué ha sido eso? —se alarmó Caramon, alzando la cabeza.
—El vendaval —aventuró Crysania, fijos sus ojos en las paredes de la tienda y sin atinar a refrenar un escalofrío al tropezarse con aquella urdimbre que se rizaba y abultaba cual los pulmones de una criatura viva—. Su embate parece ser perenne en este horrible lugar.
—No ha sido el viento —replicó el guerrero, quien se había incorporado y asido su arma—. Su ulular es monótono y lo que yo he oído producía unos retumbos más materiales.
—¡Siéntate, te lo ruego! —lo urgió Raistlin en un siseo ribeteado de furia—. Termina de cenar, no puedo entretenerme en fruslerías cuando me aguardan en mi refugio menesteres de suma importancia.
El archimago se hallaba atareado en descifrar las incógnitas de un complicado cántico arcano. Había pasado jornadas enteras tratando de descubrir el ritmo exacto, la inflexión necesaria para desvelar el misterio de las frases, pero el hechizo se obstinaba en eludirle. No lograba pronunciar sino incongruencias sin sentido.
Apartó el plato todavía lleno e hizo ademán de levantarse, mas no pudo completar su acción porque, en aquel mismo instante, el mundo se hundió literalmente bajo sus pies.
Como la cubierta de una nave que se deslizase por la pendiente de una ola embravecida, el arenoso terreno escoró hacia el abismo. Al bajar la mirada, el nigromante reparó perplejo en el vasto agujero que se había abierto delante de él. Una de las estacas que soportaban la tienda se zambulló en el insondable vacío, desarticulando toda la estructura, y el candil del techo comenzó a balancearse en su argolla en un enloquecido vaivén que deformó las sombras de los objetos hasta convertirlas en seres animados, en saltarines demonios.
En un impulso instintivo, Raistlin se agarró a la mesa y evitó así que lo tragase el torbellino. Pero, mientras se debatía para afianzarse a su tabla de salvación, atisbo unas figuras que se encaramaban por el borde de la ancha fisura, unos entes achaparrados y barbudos. Durante unos breves segundos, la danzante luz alumbró unos filos acerados, brilló en varios pares de pupilas que despedían chispas feroces. Luego, de repente, los aparecidos se desvanecieron en la penumbra.
—¡Caramon! —gritó el hechicero, necesitado de auxilio.
No persistió en su llamada, pues un cavernoso reniego y el chirriar de una hoja de espada al abandonar la vaina le revelaron que su gemelo era consciente del peligro.
También asaltó los tímpanos de Raistlin el timbre de una voz femenina que invocaba a Paladine, al mismo tiempo que se recortaba en su flanco el espectro de una luz blanca, prístina. Supo que Crysania se aprestaba a la defensa, pero no tuvo opción de ocuparse de la sacerdotisa porque un enorme mazo enanil, moldeado en una esfera astral, resplandeció bajo la llama del farolillo y se equilibró sobre su cabeza.
Formulando el primer encantamiento que acudió a su mente, el mago permaneció inmóvil y comprobó satisfecho que una fuerza invisible arrancaba el pertrecho de las manos de su portador. Obediente a su mandato, el fantasma de ultratumba transportó el mazo a través de la estancia y lo arrojó con un baque sordo en un lóbrego rincón.
Aunque al principio quedara aturdido por la sorpresa del ataque, tras esta victoria inicial, el cerebro del hechicero entró en una febril actividad. Tal era el dominio que ejercía sobre sus emociones, que juzgó la escaramuza una simple interrupción de sus estudios y resolvió ponerle fin cuanto antes, en lugar de ceder al pánico. Se enfrentó sin tardanza a su enemigo, una criatura que, plantada a escasa distancia, lo miraba con firme determinación.
Sabedor de que no podía matarle, dado que semejante evento no figuraba en los anales de la Historia, Raistlin entonó su conjuro sin precipitarse. Sintió cómo una poderosa energía se acumulaba en sus entrañas, experimentó el éxtasis, el placer sensual que siempre le invadía al discurrir aquella por sus venas. Decidió que, después de todo, no resultaba desagradable que le distrajeran de sus cuitas y que se le ofrecía la oportunidad de practicar un ejercicio interesante. Estiró parsimonioso las manos, dispuesto a pronunciar los versículos que debían de lanzar relámpagos de luz azulada contra el retorcido cuerpo de su rival.
No llegó a completar la primera sílaba. Con la sobrecogedora virulencia de un fragor de trueno, otras dos figuras se materializaron ante él, como si hubieran surgido de la nada o caído de una estrella.
Una de las nuevas apariciones, que había tropezado y yacía a los pies del archimago, irguió el rostro hacia él y vociferó, presa de una indecible excitación:
—¡Pero si es Raistlin! ¡Gnimsh, lo hemos conseguido! ¿Cómo estás, amigo? —saludó al hechicero—. Sin duda asombrado, ya que no esperabas verme. Tengo que relatarte mis aventuras, he vivido una experiencia curiosísima y ardo en deseos de explicártela. Yo estaba muerto o, mejor dicho, en otro plano…
—¡Tasslehoff! —lo reconoció al fin el nigromante.
Una serie de pensamientos surcaron su mente, con la misma velocidad con que los rayos arcanos que nunca creó habrían cruzado el recinto de la tienda. El primero fue que, si el kender estaba allí, era posible alterar el curso de los acontecimientos, una lógica secuencia de ideas que le indujo a concluir que, de ser ciertas tales asunciones, él podía morir, puesto que ya no le protegía la Historia.
El impacto de tales cavilaciones desestabilizó por completo su mente, arrebatándole la serenidad que tanto precisaba para realizar sus sortilegios.
Al comprobar que su mayor problema se había solventado sin que participase su voluntad y también, que este hecho podía acarrearle un conflicto todavía más irreversible, Raistlin perdió el control. Se desdibujaron las palabras del hechizo destinado a destruir a su rival, quien, sin embargo, avanzaba impertérrito hacia él.
En una reacción instintiva, con mano trémula, el archimago extendió la palma, a fin de recibir la pequeña daga plateada de su manga.