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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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Compungido, el interpelado contrajo sus facciones. Tras alzar, en un impulso reflejo, la mano para atusarse la ondulante barba que ya no adornaba su mentón, la dejó caer laxa sobre el costado y, con evidente sonrojo, bajó la cabeza.

—Nuestros exploradores han verificado este informe —prosiguió el soberano—. El ejército rival ha emprendido viaje hacia Thorbardin.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Kharas, alzados otra vez los ojos y con creciente disgusto—. Yo también he oído tales rumores, pero no les di crédito ni por un segundo. ¿Han partido antes del arribo de sus carros de provisiones? En ese caso debe ser cierto que el hechicero ha asumido el mando, pues ningún militar cometería semejante error.

—Estarán en la planicie dentro de dos días —se ratificó el rey, sin hacer caso de tan elocuentes aseveraciones—. Su objetivo es, según nuestros espías, la fortaleza de Zhaman, donde instalarán su cuartel general. Tenemos allí una reducida guarnición, que realizará un simulacro de defensa y se dará a la fuga para atraerlos a campo abierto.

—Zhaman —repitió pensativo el consejero, rascándose la mandíbula ahora que ya no podía mesarse la barba. De pronto avanzó unos pasos y, anhelante, propuso—: Thane, si consigo exponerte un plan factible para zanjar esta guerra con el mínimo derramamiento de sangre, ¿me escucharás?

—Lo haré —accedió el otro, rígidas todas sus vísceras.

—Dame un escuadrón de hombres especialmente seleccionados, mi señor, y yo mismo me ocuparé de matar a ese endemoniado Fistandantilus. Después de destruirle, mostraré el pergamino al general y a nuestros congéneres. Comprenderán entonces que han sido traicionados, y no podrán sustraerse al predominio de nuestras huestes levantadas contra ellos. ¡Se rendirán, estoy convencido!

—¿Qué haremos con ellos si se rinden? —le preguntó Duncan irritado, pese a que mientras hablaba no cesaba de dar vueltas en su cabeza al proyecto.

Los demás dignatarios reunidos en el cónclave, por su parte, habían abandonado los susurros entre dientes para proceder, ahora, a consultarse unos a otros mediante ademanes en los que los pelos de sus hirsutas cejas se confundían en una sola franja irregular.

—Entrégales Pax Tharkas, thane —sugirió Kharas, más vehemente a cada segundo—. A quienes quieran vivir allí, por supuesto. Nuestros hermanos de raza volverán a sus hogares, y nosotros les haremos algunas concesiones. Unas pocas bastarán —se apresuró a puntualizar al ver que el rostro del monarca se ensombrecía—. Quedarán establecidas al discutir los términos de su claudicación, sí bien hemos de prometerles cobijo durante el invierno, a ellos y a los humanos. Pueden trabajar en las minas…

—Reconozco que tu plan tiene posibilidades —le atajó el soberano—. Una vez te encuentras en el desierto, siempre te resta la alternativa de ocultarte en las dunas.

Enmudeció, deseoso de reflexionar, y transcurrieron varios minutos antes de que reanudara su conversación.

—Se trata de una misión muy peligrosa, Kharas —objetó—, que quizá no dé el fruto esperado. Aunque logres aniquilar al Ente Oscuro, y te recuerdo que sus poderes han alcanzado una reputación difícil de desmentir, es más que probable que te eliminen sin contemplaciones en cuanto descubran tu acción. Quizá no llegues a hablar nunca con Caramon Majere. Se rumorea que el nigromante es su hermano gemelo.

El leal senador esbozó una sonrisa, extendidos aún sus dedos sobre la rasurada tez.

—Moriré gustoso, señor, si con ello evito sacrificar a mis semejantes.

Duncan le observó iracundo, pero, al rozar su inflamada faz, suspiró y recobró la calma.

—De acuerdo —dijo—, te autorizo a intentarlo. Elige con celo a los hombres que han de acompañarte. ¿Cuándo piensas partir?

—Esta misma noche, thane.

—Os abriremos las puertas de la montaña, y luego las ajustaremos. De ti dependerá que vuelva a accionarse el mecanismo para admitir a tu grupo victorioso o para vomitar las fuerzas armadas de los Enanos de las Montañas. ¡Alumbre tu mazo la llama de Reorx!

Con una reverencia, Kharas dio por concluido el parlamento y salió de la cámara, más rápido y vigoroso su paso que el que adoptara al entrar.

—Ahí va alguien a quien mal podemos renunciar —comentó uno de los dignatarios, fijos sus ojos en la figura en retroceso del inteligente consejero.

—Estaba perdido para la causa desde el principio —replicó el rey con tono hosco, pese a que había palidecido y en su semblante se dibujaban las líneas de la tribulación—. Y, ahora, ultimemos los preparativos de la guerra.

8

La penosa marcha

—Ha vuelto a agotarse el agua —anunció Caramon, poniéndose de pie.

Reghar rezongó para sus adentros. Pese a que el timbre de voz del general había sido voluntariamente desapasionado, el enano sabía que le hacía responsable de tan serio contratiempo. El hecho de admitir que, en parte, tenía razón, no le ayudaba a sentirse mejor, pues sólo existe algo más insoportable y descorazonador que la culpabilidad: reconocer que los reproches son merecidos.

—Hallaremos otro pozo antes de que termine el día —refunfuñó el hombrecillo, convertida su faz en una máscara de granito—. En los viejos tiempos los había por todos los rincones, como marcas de viruela dibujadas en la tierra.

Extendió el índice, y el general estudió su entorno. Hasta donde alcanzaba la vista no se distinguía nada, ni árboles, ni aves, ni siquiera los matojos habituales de las zonas desérticas. Nada salvo una interminable superficie de arena, cuya monotonía rompían unas extrañas dunas de forma abovedada. En la distancia, los oscuros perfiles de las montañas de Thorbardin vibraban en el aire como el recuerdo persistente de una pesadilla.

El ejército de Fistandantilus empezaba a perder antes de entablarse la batalla.

Tras unas jornadas de dificultosa marcha habían abandonado el paso montañoso de Pax Tharkas y, ahora, estaban en las llanuras de Dergoth. Los abastos no habían llegado y, debido al rápido paso que imprimieron a la marcha, el hombretón sospechaba que las cargadas carretas tardarían más de una semana en alcanzarlos.

Raistlin insistió frente a los oficiales en la necesidad de acelerar el avance y, aunque Caramon se había enfrentado a él sin disimulo, Reghar respaldó al archimago y consiguió que los bárbaros se pusieran también de su lado. Una vez más, al general no le quedó otra opción que seguir adelante.

Como todos los días, los soldados se levantaron antes del alba. Tras recoger el campamento, caminaron, sólo con una breve pausa a primera hora de la tarde, hasta el crepúsculo, ese momento en que la luz comenzaba a declinar y todavía era posible acampar sin tener que gatear en la negrura.

No ofrecían la imagen de un ejército victorioso. La camaradería, las chanzas y los juegos vespertinos se habían evaporado en la tensa atmósfera. Tampoco se cantaba, ya que incluso los enanos preferían reservar su aliento para el penoso periplo. Y, por la noche, los hombres se derrumbaban literalmente en el lugar donde posaban los pies, engullían sus magras raciones y se sumían en un pesado sueño hasta que les despertaban los zarandeos y los puntapiés de sus inmediatos superiores.

En tales circunstancias, la moral estaba por los suelos. No se oían sino quejas y gemidos, que se tornaban más frecuentes a medida que menguaba el alimento. En las montañas no habían sufrido tales carencias, ya que abundaba la caza, pero al descender a la planicie se cumplieron las profecías de Caramon y las únicas criaturas, vivientes que uno veía eran sus compañeros. Se nutrían de pan duro, horneado sin levadura, y de carne desecada que sólo probaban dos veces al día, en el desayuno y en la cena. Las porciones eran irrisorias, y el general era consciente de que habría que reducirlas a la mitad si no recibían pronto refuerzos.

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