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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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VIII

Esta noche Emilia está sola en su lado de la casa. Está sola y recuerda cómo empezó todo. Es, en realidad, un momento tranquilo, equivalente a la suspensión de un dolor intenso y continuo a consecuencia de un calmante. La emoción rememorada en calma hace las veces de calmante ahora. Tiene Emilia la impresión de que sus recuerdos de lo que sucedió al principio, las personas de entonces, el Antonio de entonces, el Juan de entonces, Matilda misma, se suceden en su conciencia con la precisión, distante y próxima a la vez, de ciertos sueños. Emilia no está muy segura de ser capaz, por sí sola, de calificar esta nítida remembranza de ahora. Tiene la impresión, sin embargo, de que una ordenada sucesión de imágenes alejadas pero también clarificadas, se presentan ante su conciencia: tiene una sensación de transcurso, como se tiene cuando soñamos: tiene la impresión de que asiste mentalmente a una historia que le resulta familiar -no obstante algunas variantes curiosas e incomprensibles- y que equivale más o menos a lo que siempre ha sentido por los primeros tiempos de su relación con Matilda y con la familia Campos. Emilia no es especialmente reflexiva o intelectual y, por lo tanto, su relación con el propio pasado recuerda un poco los relatos de la gente de campo (de hecho, Emilia tiende, en conversaciones con Antonio, a asegurar que sus recuerdos son precisos: lo aseguraba también en vida de Matilda, a veces discutían por eso). Preguntaba Matilda con frecuencia: ¿cómo fue esto o aquello? Por ejemplo ¿qué le regalamos a Andrea cuando cumplió doce años?: Emilia siempre estaba segura de poder decir con toda exactitud en qué consistió ese regalo. Era porfiada en esto de la memoria y propensa a proceder con una cierta terquedad pueblerina si Matilda o Antonio o Juan le discutían la exactitud de su rememoración En una ocasión, Juan declaró: es casi imposible que te acuerdes, Emilia, digas lo que digas… salvo que hayas tomado notas, hayas registrado lo que ocurrió en un diario. La memoria modifica todos sus contenidos constantemente.

El olvido es el dato más indiscutible de nuestra memoria. Juan propuso esto con una cierta vivacidad: mantuvo con vehemencia que el pasado personal era esencialmente modificable y la prueba estaba en que, confrontados los recuerdos de cualquiera de nosotros con una hipotética relación cronológica, siempre se descubría que la memoria era infiel. Juan añadió en aquella ocasión que éste era un punto filosófico trivial pero comprobado una y otra vez: los recuerdos son construcciones que se hacen desde el presente hacia atrás y nunca son exactamente fieles. Emilia guardó respetuoso silencio en aquella ocasión, pero tomó esta declaración de Juan muy a mal. Le dijo a Antonio por la noche: Mira, con todo respeto, Juan se equivoca. Dice eso de la mala memoria porque él tiene muchas cosas en la cabeza. Pero nosotros no. Ni mi madre ni mi abuela tenían gran cosa en la cabeza, casi no pasaba nada nunca: lo poco que pasaba lo recordaban palabra por palabra. Yo lo mismo. A Antonio le sorprendió esta declaración sobre todo porque Emilia rara vez hacía referencia a su pueblo un pueblito en los Picos de Europa, en la raya con Asturias, de donde había salido para estudiar mecanografía y contabilidad en Madrid y preparar la oposición al banco. Esta noche, Emilia no está discutiendo ya nada con nadie, y mucho menos con Juan. Se siente como anestesiada, como quien se ha desvelado y vuelve a quedarse dormido. Y sueña con nitidez una escena muy punzante y precisa que le recuerda escenas de su vida pasada. Tiene la sensación de que lo representado oníricamente sucede de verdad fuera del sueño. Así Emilia esta noche, durante un largo rato -por algún motivo Antonio, que ha pasado la velada con ella como de costumbre, se ha ausentado, quizá le ha llamado Juan como hace a veces-, está sola, entrecerrados los ojos, recuerda cómo fue al principio. Y lo que recuerda está, por de pronto, dotado de la evidencia imbatible que corresponde a una percepción actuaclass="underline" parece que está volviendo a verlo: Emilia entró en el banco con un contrato temporal de seis meses para una campaña de verano en el departamento de cheques de viaje. Vio el cielo abierto. Fue considerada una chica muy despierta, mucho más que sus otros compañeros y compañeras del mismo contrato temporaclass="underline" creyó que al final de la campaña le ofrecerían un contrato indefinido. Emilia tenía un poco de pie en aquel banco porque uno de los conserjes era hermano de su madre e iba algunas veces, los domingos, a comer a su casa. Al cabo de los seis meses se acabó el contrato y Emilia se quedó en la calle. Se desconcertó mucho porque no creyó que mereciera ser despedida y también porque había creído que los jefes, el apoderado de cheques de viaje, los otros jefes y oficiales del departamento, la estimaban mucho.

Todos, a decir verdad, lamentaron que tuviera que irse. Pero no estaba en su mano hacer nada. Las decisiones relativas al personal contratado venían de Personal, de la Central, y eran inapelables. El único consuelo fue que Emilia entró a formar parte de una lista y le aseguraron que estaba una de las primeras (era, al parecer, un listado por puntos). Quitando la familia del conserje, no conocía a nadie en Madrid. Se colocó en uno de los turnos de un Burger King, un mal turno que empezaba a las ocho de la tarde y duraba hasta las dos de la madrugada. Ahí aguantó como pudo. Volvieron a contratarla en el banco al cabo de seis meses. Volvió a ilusionarse. Y el contrato se terminó sin que le hicieran un contrato indefinido. Entonces conoció a Antonio Vega. Entonces, también, se encontró con Matilda, que hacía sus prácticas en el banco. Dio la casualidad de que pasaron casi un mes en el mismo departamento en créditos documentarios. Matilda recorría los diversos departamentos del banco y todos los compañeros sabían que era una chica rica, que estaba aprendiendo el oficio desde abajo. Matilda y Emilia se cayeron bien. Emilia quedó fascinada: ésta es la sensación de verosimilitud, la sensación de verdad, la impresión de evidencia actual que la remembranza de Emilia ha cobrado de pronto esta noche: nunca había conocido una criatura como Matilda. El glamour de Matilda le pareció a Emilia una cualidad mística de su nueva amiga: no dependía de sus bien cortados trajes, de la habilidad con que hablaba en inglés o en francés, indistintamente, del sentido del humor o de la rapidez con que aprendía los intríngulis del negociado todos aquellos créditos de importación y de exportación los Incoterms, el tedioso papeleo. Su habilidad para redactar los teletipos que luego se alineaban como cómicos lacitos por orden de urgencia en una mesa para ir siendo enviados a sus destinos, los célebres ticker-tapes. Matilda parecía haber nacido en medio de todo aquello. Estaba de buen humor todo el tiempo. Nunca Emilia había conocido a nadie igual. Pasaron los seis meses y Emilia tuvo que volver a la calle. Matilda continuó en el banco todavía. Se reunían a tomar café algunas tardes. Entonces fue cuando hablaron de Simone de Beauvoir, de los proyectos de Matilda. Fue entonces cuando Emilia manifestó su desesperación ante aquella precariedad laboral, que la reducía a la condición de mano de obra casi sin cualificar, sustituible en cualquier momento por cualquiera a la que podía ilusionarse con promesas laborales que nadie después tenía el poder de cumplir. Siguió saliendo con Antonio que era ya auxiliar administrativo.

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