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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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Cuando Matilda terminó sus prácticas embarazada de Jacobo, su primer hijo, Emilia estaba cesante una vez más. Y Matilda le ofreció un puesto en su casa. Tendrás que ayudarme en todo, hacer de todo. Tendrás que fregar y que lavar y que planchar, más o menos igual que yo. Es un puesto en el servicio doméstico lo que te ofrezco, Emilia, dijo Matilda con toda claridad. No tienes por qué considerarte atada a este empleo. Tómalo como un sustituto ligeramente menos estúpido que el Burger King. Emilia no lo dudó. Y sucedió que aún cuando pasados seis meses esperaba ser llamada de nuevo, cada vez se sentía menos inclinada a cambiar el considerable trabajo de la casa de los Campos por el trabajo temporal en el banco. Sucedió además que en esa tercera ocasión no transcurrieron seis meses sino diez meses. No vale la pena, Matilda, me quedo contigo, dijo. Y las dos se echaron a reír. Transcurrieron así algo más de tres años. Para entonces -e impulsada por Matilda- se creó una especie de noviazgo entre Emilia y Antonio. Matilda no tuvo nunca dudas: estaban hechos el uno para el otro. Y Emilia tenía que reconocer que Antonio era un chaval majo desde todos los puntos de vista. Era guapo, era tranquilo, era muy trabajador y la quería. Pasaban juntos los fines de semana. Emilia se acostumbró a considerar a Antonio su pareja.

Esta noche Emilia sonríe sola, entrecerrados los ojos, la viveza de esa casi percepción actual le hace sonreír. Y Emilia recuerda ahora con gran intensidad que el sentimiento predominante de aquellos años fue la gratitud y la admiración por Matilda. Matilda le pareció una criatura celeste, libre de todas las babosas adherencias de lo celestial o de lo fabuloso de lo ilusorio: Matilda tenía la claridad de las cosas reales, de las personas auténticas, de las amistades duraderas y profundas. Y estos sentimientos de Emilia fueron calando lentamente en Antonio Vega que tenía buena fama en el banco, era un buen auxiliar administrativo, con muy escasas posibilidades de hacer carrera, ni siquiera al más modesto nivel, en el banco. Hacen falta cuatro trienios para ser oficial primero, eso son doce años, declaró un día Antonio. Era un domingo por la tarde. Estaban sentados a la mesa de la cocina del piso de Madrid, Emilia, Matilda y el propio Antonio. Juan trabajaba en su despacho. Era esa pausa entre las seis y las siete de la tarde que precedía al momento de bañar y acostar a los niños. El piso de los Campos en Madrid tenía, por aquel entonces, un vigoroso aire de nursery y de campamento juvenil. Juan Campos trabajaba en sus cosas y no ayudaba nunca en los trabajos de la casa, Matilda y Emilia lo hacían todo. Emilia consideró que aquellos años fueron los más felices de su vida. Y Antonio fue, poco a poco, viéndose envuelto en el circuito bien humorado de la vida de las dos mujeres y los tres niños. En otra ocasión repitió Antonio como reflexionando en voz alta: con suerte dentro de doce años seré oficial primero. Y los tres se echaron a reír, Antonio el que más. Y exclamó: ¡qué carrerón llevo! Por ahí empezó Antonio a considerar que un destino posible sería emplearse él también en casa de los Campos. ¿Pero para hacer qué? La cosa quedó en suspenso.

Emilia recuerda esta noche algo más: ahora mismo acaba de recordar lo más importante de todo: lo fascinante de Matilda, de aquella Matilda de entonces, fue que con todo su glamour de chica rica y de universitaria distinguida se aplicase competentemente a las monótonas y rutinarias tareas de la crianza y del cuidado de la familia. Este contraglamour este contrapunto vivísimo, que Matilda practicaba sin prestar la menor atención al asunto, consagró de una vez por todas la admiración que Emilia sentía. Si Matilda se hubiera quejado de las tareas del hogar, si hubiera viajado en exceso o lamentado en algún momento su aparentemente irremediable destino convencional de mujer casada a la española, Emilia se hubiera desilusionado de inmediato. Pero Matilda no fallaba nunca, no dudaba nunca. Creía fervorosamente en lo que hacía. Y era capaz, además, de discutirlo con Emilia y con Antonio, y también con Juan cuando comían juntos los cuatro, al nivel teórico del papel de la mujer en la vida contemporánea. Matilda no tuvo nunca miedo a nada. Ni al cansancio, ni a las contradicciones, ni al aburrimiento ni, dieciocho años más tarde, al despegue, tras morir su padre, como financiera.

La noche es un hormiguero esta noche. Ahora el duelo de Emilia está todo hecho de alivio. La falta de Matilda da de sí esta noche una como percepción actual de la Matilda de los primeros tiempos. La conciencia hormigueante de Emilia hace venir la memoria, hace memoria casi perceptiva de aquella Matilda Turpin de treinta años que no era nada española. Matilda fue la primera mujer extranjera que Emilia conoció y a través de Matilda tuvo Emilia su primer contacto vigoroso con el inglés, con el francés, con los viajes europeos, a Londres sobre todo, acompañando a Matilda para que sir Kenneth viera a sus nietos y desmañadamente les montara en ponis y les contara historias desmesuradas de caza y pesca en su bronco inglés de bebedor y disfrutador de la vida. Que Matilda fuera de pies a cabeza española (su madre, fallecida muy joven, pertenecía a una

ilustre familia malagueña, una de esas viejas familias camperas de la Andalucía interior) hacía más notable, a ojos de Emilia, su profunda distancia con la mujer española al uso. Muy al principio del contrato con Matilda, cuando salió a relucir la desteñida expresión el servicio doméstico, Matilda se había apresurado a añadir: ¡Entiéndeme bien, Emilia! Yo no necesito sumisas criadas filipinas en mi casa. El empleo que te ofrezco no es de empleada del hogar (pocas cosas detesto más que esa noción: servir). ¡Ni tú serás una criada ni yo seré una maruja española! Matilda dijo esto con gran vehemencia y luego se echó a reír. Construida en futuro, la expresión tenía un carácter programático una declaración de principios casera.

Emilia recuerda que Matilda fue explicando esto en detalle durante un cierto tiempo. Estaba encantada de criar a sus hijos, atender a su marido, cuidar su casa. Pero quería hacerlo resueltamente: esta idea de vivir resueltamente era importante para Matilda: todo menos enfangarse en las ñoñerías de las amas de casa. Resolver en dos o tres horas todo lo que puede ser resuelto en ese tiempo y dedicar el resto a cualquiera de las miles de cosas interesantes que podían hacerse en la vida: una de las cosas interesantes que Matilda consideraba que Emilia debía hacer era aprender inglés, la otra era sacarse el carnet de conducir. Aseguró Matilda que, a juzgar por el remango que Emilia ya manifestaba, en un par de años hablaría el inglés con soltura. Y así fue. La propia Emilia no lo creía: la confianza que Matilda puso en ella hizo milagros. Si crees que soy capaz de hacerlo, lo hago -decía-. Y así fue.

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