La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
– Ya no soy el que era, ya no tengo gana de hablar de nadie, ya no hay nada que hablar. Está todo acabado.
Ha parado la lluvia, esta lluvia del norte que no cesa, va y viene. Como si nos hablara, se acrecienta y decrece, a su aire, acompasándonos, dejándonos hablar e interrumpiéndonos, silenciándonos cuando es fuerte y volviéndonos elocuentes e íntimos cuando se debilita y parece borrarse. Ahora parece que la lluvia se ha borrado y es ya de noche o parece de noche, y la estufa eléctrica, que es la única luz de la habitación, deja en penumbra a Antonio y a Fernando en esta hora de confesiones y de milagros. Antonio piensa de pronto que hace falta un milagro para esclarecer el corazón y amansarlo, pero Antonio no cree en los milagros. No hay milagros -insiste Juan Campos-: en los milagros se cree porque no existen y a veces invocamos a los cielos, a los dioses, pero una invocación no es un acto de conocimiento y no nos dice nada acerca de lo invocado. Sería preferible
– dijo Juan Campos en una ocasión, cuando la muerte de Matilda era ya inminente- que pudiéramos acogernos a esa enraizada esperanza humana de que lo imposible es posible y sucederá si lo invocamos. Por eso lo invocamos y nuestra esperanza se disuelve a cada invocación… Lo mismo que la lluvia -reflexiona ahora Antonio-. Parece haberse disuelto la lluvia, haberse callado para que podamos oírnos mejor Fernandito y yo.
– ¡Pero tú eras brillante, Fernando, tan brillante, más listo que todos nosotros! ¡Juan cuánto te amaba! ¡Y yo mismo!…
– Ah! ¿Tú también?
– Claro. Yo también. Yo el que más.
Fernando está contento ahora. Siempre acababa ahí con Antonio, contento al final. La lluvia racheada arrecia y se ensombrece Fernandito de nuevo. La viveza del contraste entre la calidad ingenua del afecto que Antonio siente por él y lo que lleva dentro: su mala baba le hace palidecer y adensarse como la niebla una tarde de niebla ensordecida. [Y el caso es que en ese afecto cree Fernandito, como quien cree en la solidez de la tierra firme al embarcarse y salir a maganos un atardecer estival. Y detenida la motora sobre la sospechada balsa de maganos, el olor a gasolina impregna el aire en el interior de la motora mareándonos un poco. Y el balanceo en mar abierta, la ondulación túrgida de las olas gruesas y redondeadas, profundamente azules como alcores, el chapoteo del choque contra el casco, el vaivén, la tierra firme, el espigón del puerto al regreso, la peligrosidad del mar y la certeza de la tierra firme a lo lejos.] Así que Fernando cree en el afecto profesado por Antonio, pero se le ensombrece el rostro, los ademanes se le ensombrecen al recordar el motivo que le hizo venir despendolado al Asubio la otra noche, el aborrecimiento impulsor que suma y multiplica todos los recuerdos desabridos, toda la negatividad hecha un pelotón, compacta y dura y brillante como las cagarrutas de las ovejas. Y Antonio advierte confusamente lo que sucede en su interlocutor. Y tiene la impresión de que hablar con Fernandito esta tarde es como agitar un pisapapeles nevado, de tal suerte que al invertirlo nieva sobre un pueblecito aterido y una vez retornado a su posición normal y posada la nieve y hundido casi el pueblecito en ella, clarificado el esférico cielo cristalino, puede volverse a pensar en los cálidos hogares y en los pucheretes donde murmura el sabroso cocido de alubias y el tocino reluciente. Por eso, ahora Antonio Vega vuelve a retomar la conversación que interrumpió, el hiato que dejó la lluvia, que dejó la ausencia, rellenar el vacío, el intervalo entre lo dicho y lo no dicho, lo pensado y lo impensable o todavía no pensado:
– Le haría mucho bien a tu padre que le llevaras a dar una vuelta en tu coche, que os bajarais los dos a Lobreña a tomar unas cañas. ¿Te acuerdas cuando bajábamos todos a Lobreña, vosotros erais todavía niños o casi niños y tomabais Fantas de naranja y limón y tú querías probar la cerveza y te dejaba yo beber de la mía un buen sorbo?
– Sí, me acuerdo. Claro que me acuerdo, pero también recuerdo que tú no tenías importancia. Daba igual lo que hicieras tú, que me querías, porque con tu afecto ya contaba y podía descontarlo. En cambio, no podía contar con mi padre.
– ¡Pero sí que podías!
– No podía contar con mi padre. Le entretuvo durante un tiempo el que yo fuera vivo y listo y tramposo. ¿Te acuerdas que le divertía que le hiciera trampas jugando al parchís y a la brisca? ¿Te acuerdas de eso?
– Claro. Cómo no voy a acordarme: se reía mucho contigo.
– Le hacían gracias mis maldades. Recuerdo que decía: es igual que su madre, y yo era muy pequeño y, cuanto más le oía decirlo, más malo quería ser, más malo que malo…
– Eras un granuja, Guillermo el travieso. Eras Guillermo el travieso.
– Sí, tú nos leías aquellos libros de Richmal Crompton, ¿te acuerdas? Guillermo el conquistador, Guillermo el travieso. Yo hasta quise ser Matón-kikí, la niña traviesa de los cuentos de Celia. Todo porque quería hacer reír a mi padre, que me riera las gracias. Eso se acabó. Todo está acabado, ahora hay que dar a cada uno lo suyo, a eso he venido, a darle su merecido.
Antonio Vega siente un escalofrío. Ha anochecido. Mane nobiscum Domine quoniam advesperascit. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Ya es de noche y la lluvia es ahora la noche retumbante, exigente, vengativa, que no comprende la cálida piel de los topos y de los ratoncitos de campo, que no siente los escalofríos de quienes sienten escalofríos, ni el malestar de quienes calados de agua se meten al asubio y encienden un fuego de encina, o las estufillas o los braseros de las camillas. La lluvia odia el fuego y el calor y la sensatez y el sentido común y corrompe la entereza de los corazones y enferma a los bebés, les acatarra. Y los gatos la odian: la odiosa lluvia virginal, alta y dura y monótona y viva y cruel y resplandeciente y tenaz, terca y tenaz, que cala los pudrideros de las tumbas, pulveriza los rasos de los ataúdes bajo tierra, anega el corazón insignificante y todas las referencias amorosas y el amor…
Fernandito ha contemplado a Antonio en silencio. La lluvia se ha hecho cargo de la habitación y de ellos dos. No han llegado a ninguna conclusión. Y Fernandito no se ha enternecido ni se ha abierto. Ahora dice secamente:
– Como ves, mi buen Antonio, tan pánfilo como siempre, no hay ninguna conclusión que sacar, no puedo ser convertido, transformado, enderezado, persuadido, dulcificado, recobrado, nada es recuperable ya, y el único sentimiento final, el único dato absoluto, es el rencor que siento contra mi padre y casi contra ti, aunque no lo parezca.
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Algunas veces, en Estados Unidos, lesbianas, se lo preguntaron: ¿sois amantes? Ejecutivas guapas, delgadas, guasonas, con la ternura insólita de Lesbos insepulta en sus lencerías. Siempre lo negó. Nunca la creyeron. Se atormentaban en vano viéndolas juntas. Hubiera sido verosímiclass="underline" a las agresivas newyorkers de Wall Street siempre les pareció inverosímil lo contrario. Y, sin embargo, fue la verdad. Matilda decía: nuestra imagen existe en la acción. Nuestra poética es la acción. Las dos amamos la acción. Como en su día la amaron los hombres, la vida activa, los negocios: ahora nos toca a nosotras. Y la acción es la escapatoria absoluta, la liberación de la mujer más profunda: estamos inventándonos en la acción. Ninguna definición, ninguna foto fija nos atrapará. Ninguna definición de papeles convencionales o no, ningún antecedente determinará lo que venga después. Nosotras inventaremos el después y, por lo tanto, también el antes. No somos nada tú y yo, sólo acción. Nuestra capacidad de actuar, de producir constantemente más y más acciones nuevas, ésas son nuestras seguridades nuestra seguridad nuestros títulos, nuestra cartera de valores. Y añadía Matilda Turpin: y esta imaginería tomada de la bolsa es, y las dos lo sabemos, certera y trivial, superficial claro está que sí. Una instantánea verbal de usar y tirar porque en la acción tú y yo acabamos siempre más allá, renovadas, relanzadas, a salvo de todas las teorías y enternecimientos de nuestras colegas lesbianas, de nuestros colegas machistas.