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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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– No podrás, te cansarás, lo dejarás.

– ¡No lo creo -decía Matilda.

Emilia era ya de joven de pocas palabras, pero la amistad de Matilda la complació infinitamente: se sentía, no sólo valorada como una competente empleada de banco, sino sobre todo admirada como mujer. Matilda la animó a arreglarse mejor, a vestirse mejor. Con Matilda se sintió por primera vez Emilia reconocida en un mundo en que las mujeres todavía tenían que luchar por su reconocimiento profesional lo que incluía su reconocimiento como figuras públicas en pie de igualdad con los hombres. La discusión que inicialmente las unió -aparte de encontrarse ambas mutuamente elegantes y guapas- fue la gran discusión del momento acerca del papel de la mujer profesionalmente competente que se ve desgarrada entre lo que Emilia llamaba las babosas exigencias de la maternidad y la afirmación de sí misma, la propia realización.

– Desengáñate, que serás siempre menos tú, casada que soltera. Serás media Matilda.

– Pero ya estoy casada -contestaba entre agresiva y divertida Matilda Turpin.

– Y te hundirás por ello. Jodiéndote viva acabará el matrimonio, como ha jodido a todas.

Este pintoresco lenguaje de chica macho, que salpicaba la conversación de la primera Emilia, cambió a medida que Matilda y Emilia intimaron. Matilda acababa de leer El segundo sexo de la Beauvoir en la edición inglesa, y las dos juntas discutieron apasionadamente los asuntos de ese libro admirable. A partir de ahí, Emilia se convirtió en un satélite de Matilda, una compañera inseparable. Emilia conoció por entonces a Juan y a Jacobito y asistió al embarazo y nacimiento de Andrea. Y dejó el banco. Fue una decisión repentina, arriesgada, apoyada enteramente en la confianza que Matilda le inspiró: «Quédate conmigo y me ayudas con los niños. Yo te doy un sueldo…» Pareció una insensatez, y Emilia, sin embargo, nunca vivió aquella arriesgada decisión suya como una insensatez, sino como una liberación. Matilda no tenía dudas y Emilia tampoco las tuvo. Emilia se volvió indispensable ¿Cómo aparece Antonio Vega? Ésta era una pregunta graciosa en opinión de Matilda. Matilda fingía, o quizá no fingía, no acordarse: quizá, en efecto, dada su disposición a sobrevolar la particularidad de los entes de este mundo (la economía que le gustaba a Matilda Turpin de joven era la macroeconomía, un saber abstracto donde los haya) no se acordaba de lo que nunca reconoció como existente hasta que lo tuvo encima, así que tal vez era sincera cada vez que se preguntaba cuándo diablos y cómo apareció Antonio Vega entre ellos. Emilia, por su parte, solía seguirle la corriente a su amiga y mentora en estos asuntos menores -un caso curioso de acomodación libre, sumisión libre si se quiere, de una voluntad firme a otra voluntad firme (porque Emilia era una joven de gran firmeza personal) sin merma de ninguna de las dos y sin esfuerzo y sin enfrentamientos-. Las dos, Emilia y Matilda, mantuvieron siempre que no había asuntos mayores o menores entre ellas, porque todo era siempre mayor, desmesurado, exaltante, y a la vez al alcance de la mano. No empequeñecido, sino ajustado a la voluntad de poder de aquellas dos mujeres que habían puesto su voluntad en la identidad, en la identificación mutua y no en la diferencia. Eran, pues, como un único entendimiento agente, una ejecutividad bimembre, una doble Voluntad única. Hasta la aparición de Emilia, todo esto había sido un irrealizable, un transvisible, para Matilda Turpin. Algo de esto había, sin duda, comprendido en la estrecha relación que mantuvo siempre con su padre: la identificación voluntaria, resuelta, el atrevimiento, la lucidez intensa, la unificación de la intención paterna y filial. Todo esto fascinaba a Matilda Turpin de adolescente y de joven, cuando acompañaba a su padre a lo largo del mundo, cuando pasaba horas y horas con él en el despacho de su finca andaluza ¡O fines de semana invernales, o los veranos del Asubio!

Hombre sin embargo, Mr. Turpin, distraído por consiguiente, impreciso, dejaba insatisfactoriamente en fárfula una parte, la más enérgica, de esta unificación. Un hombre práctico, un hombre de negocios que se divertía con el talento natural para los negocios con la astucia, la mano izquierda con el maquiavelismo adolescente de la hija, y no llegaba a entender lo serio, lo deliberado, lo artificiosamente estricto de la intención filial. Así que las cosas quedaban siempre ablandadas al final, sin resolver del todo. Los afectos firmes sin cuajar del todo, la voluntad de identidad y de fusión de la hija. Con Emilia, en cambio, la gran empatía de las dos mujeres aún jóvenes se formó mutuamente, se tradujo simultáneamente a una sola voluntad desde las dos voluntades en acto. Así que, ¿qué papel cumplían ahí los hombres, Juan Campos primero, Antonio Vega después?

– Yo adoro a Juan, éste es el dato más claro de mi vida. Hijos no, marido sí, éste es el lema de mi vida, pero, ¿y tú?

– Para mí todos los hombres son accidentales, no me casaré nunca. Y, por cierto, ¿qué me cuentas de tus hijos?, ¿qué pasa con ellos?

– Nada. ¿Qué va a pasar? Es natural que tenga hijos, ¿no? Es irreprochable. No son una carga.

Y sin embargo Emilia hizo sitio a Antonio Vega, aquel joven guapo que la trataba con admiración y deferencia. Se conocieron en el banco, donde también Antonio era auxiliar administrativo en la sección de créditos documentarios. Charlaban junto a la máquina del café, en los pasillos. Tomaban cañas a la salida. Antonio fue arrastrado por Emilia antes de que ninguno de los dos se diera cuenta. Salieron varias veces juntos. Emilia era virgen entonces. Antonio parecía amarla en paz, dejándola tranquila echando hilo a la cometa del alma enérgica de Emilia. Aún no eran ni siquiera novios cuando Emilia presentó a Antonio Vega al matrimonio Campos. Antonio era un muchacho sencillo y perspicaz. Matilda, y quizá más todavía Juan, establecieron entre la joven pareja una relación indisoluble, los casaron por decirlo así. Antonio continuó en el banco un par de años o tres hasta seguir a Emilia a casa de los Campos. Juan Campos se acostumbró a Antonio Vega, por analogía quizá con la relación establecida entre Emilia y Matilda. Una vez establecidas las dos parejas, no volvieron a cuestionarse ninguno de los cuatro el origen de ambos emparejamientos. ¿Y por qué no? Porque formaba parte integrante de la voluntad de coincidir, la voluntad de nunca disentir, la voluntad de no quebrar o quebrantar lo constituido indisolublemente. Es difícil saber a estas alturas si fue el carácter de los cuatro individualmente considerado, los cuatro distintos caracteres, lo que se intercaló entre sí sin fisuras, o si la voluntad de intercalarse indisolublemente precedió a lo intercalado e hizo que velozmente alcanzaran su configuración final, la forma unificada que llegaron a tener en resumidas cuentas.

Antonio Vega está intranquilo. Le intranquiliza la presencia de Fernando en la casa y le intranquiliza la creciente introversión de Juan Campos. Haberse traído consigo tal cantidad de objetos de valor, que tapizan ahora el Asubio, le hace sentirse alerta: como si los objetos, las cosas, se le hubieran vuelto a Juan andaderas para una vida que no sabe cómo continuar. Realmente, no está haciendo nada en el Asubio -piensa Antonio-: es sólo un retiro, un apagamiento del mundo exterior, sale de paseo con regularidad por los acantilados pero no contempla el paisaje, sino que lo recorre cabizbajo, con una lentitud que recuerda los andares de una persona de mucha más edad. La otra intranquilidad de Antonio Vega es Emilia.

Transcurrido ya un año largo de la muerte de Matilda, Emilia no ha tomado ninguna iniciativa, o ha vuelto a hablar de ningún proyecto propio: se ha plegado a un imaginario papel de ama de llaves que será casi innecesario en esta casa donde sólo estarán ellos tres la mayor parte del año. Y no resulta fácil para Antonio comunicarse ahora con Emilia. Siempre se amaron, en la cercanía y en la lejanía. Los años del despegue de Matilda, sin embargo, la separación física al menos, fue una dificultad. Pero no una dificultad insalvable. Lo único que realmente cambió con la muerte de Matilda es que ahora, en la casa, apenas hay actividad alguna. Mientras vivieron en el piso de Madrid y Juan tenía aún sus clases, esta inactividad era menos visible, también en una ciudad como Madrid había más recados, incluso más visitas. Juan salía más a la calle. Pero ahora, en el Asubio, está a punto de producirse un efecto de clausura, una mónada sin puertas ni ventanas, porque el campo y el paisaje invernal son galerías que conducen la conciencia hacia sí misma. De pronto Antonio se descubre a sí mismo como bajo los efectos de una anestesia local en la silla del dentista (como quien percibe gigantescas operaciones indoloras efectuadas en sus encías, taladros de un torno implacable que le harían gritar y que apenas son una fuerza sorda próxima al paladar al borde temblón de la lengua): así la intranquilidad de Antonio Vega está hecha en parte de la excesiva tranquilidad que parece envolverles. De pronto ninguno de los tres parece dispuesto a tomar iniciativa alguna. La presencia de Fernandito, a mayores subraya la falta de iniciativa de ellos tres, con repentizadas iniciativas juveniles que consisten en su mayor parte en pasar el día con Emeterio, o dar vueltas con el Porsche por los alrededores o almorzar y cenar en casa de Boni y Balbanuz. Y Fernandito -en opinión de Antonio Vega, una opinión que reconoce en parte viciada- hace las veces de un testigo indeseado, un contemplador frío, un juez extranjero que juzgará lo que sucede en la casa. Fernando Campos hace, en opinión de Antonio, que todo cuanto sucede en la casa, todo cuanto no sucede, resulte más anómalo, más solitario, más intranquilo que si sólo los benevolentes ojos de Antonio Vega lo vieran.

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