La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
Fernando Campos ha terminado también su desayuno hace rato. Ha permanecido inmóvil en su asiento, contemplando a su padre, que de pronto le parece bañado en la luz inverniza como un caracol que se recluye en su interior, como un animal introvertido, como un gato que da vueltas sobre sí mismo hasta que encuentra una posición adecuada en un sillón o en el lugar más estrafalario. Fernando ama a los gatos y ahora en estos momentos ama también a su padre al contemplarle aislado frente a una taza de café vacía en el comedor de esta casa de campo, tan inhóspita y a la vez tan acogedora, tan espaciosa, tan bella y tan antigua a la vez. Fernando siente el peso de toda esta casa que su madre nunca quiso acondicionar con las comodidades de la vida moderna, que carece de calefacción central y cuya instalación eléctrica retiembla y se cortocircuita los días de tormenta. Una casa de estufas y mesas camilla y fuegos en las chimeneas de los cuartos. A Fernando le ha sorprendido gratamente esta mañana -no puede negarlo- la transfiguración de su padre que, a medida que bajaba el volumen de la radio y hojeaba un grueso volumen que tenía entre las manos, iba como diluyéndose o achicándose, sumiéndose, como un galápago, dentro de su grueso jersey de lana: así, durante un largo instante su padre contempló fijamente la taza del desayuno, los platos, la cafetera. Da la impresión de estar en otro ámbito, hipnotizado. Y esto es lo que Fernando Campos más teme: que se le escape su padre por esa vereda ensimismada, ahí no sólo es inaccesible, sino que le desarma por completo. Se siente pequeño ante la figura ensimismada del padre, siempre un poco ausente.
– No te acompaño, estoy un poco acatarrado. Tengo la gripe -anuncia Fernando.
– ¿De verdad tienes la gripe, Fernandito, hijo? Creí que habías puesto un pretexto para quedarte unos días más, cosa que celebro…
– Vale, ha sido un pretexto, pero también tengo algo de gripe. No te acompaño por eso. Me enfrié ayer en casa de Emeterio. Estuvimos por los acantilados. A Emeterio le encanta mi Porsche nuevo.
– ¡Qué bien! Me encanta que estés con Emeterio. En fin, hasta luego…
Sale Juan Campos a la terraza y al jardín. Desde la ventana de la sala, antes de subir a su cuarto que da al otro lado de la casa, Fernando observa a su padre inhibirse, cohibirse, arroparse, alzar las solapas de su chaquetón marinero, calarse la gorra de visera hasta las orejas y perderse en dirección a la entrada del jardín, en dirección a la casa de Boni y Balbanuz, dispuesto quizá a darse un largo paseo por los acantilados que rodean el Asubio.
VI
La violencia del tiempo. La lectura de la carta de Hölderlin le ha llevado a la frialdad heideggeriana que hace desaparecer el yo sustancial. El dasein es existencia y es experimentado por cada cual individualmente, cada cual experimenta el suyo. Y, sin embargo, no designa nada individual, sólo la existencia pura, que no es individual y que no es sustancia ni es cosa. ¡Qué poco heideggariano soy! -se dice Juan Campos-. Ha comenzado a llover, el sirimiri: paseará de todos modos hasta que la humedad cale el forro de su gorra de visera. Quizá una media hora en línea recta, en dirección a Lobreña, cuesta abajo. Quizá llegue a Lobreña y telefonee desde el bar, para que le recoja Antonio. Todo gira ahora alrededor de Matilda y su muerte y el sentido de la vida de los dos. Matilda era más heideggeriana que yo piensa no amaba los objetos de uso cotidiano. Existía con una energía de la que Campos nunca fue capaz. No dejó que nadie la detuviese, que nadie la cosificase. Matilda se desmaterializó. No amaba los objetos de uso ni el lujo, ni los elegantes bibelots que, sin embargo, Juan Campos secretamente atesoraba en nombre de Matilda para su propio deleite. Juan sí amaba este mundo sustancial, vulgarizado, del tiempo sucesivo, indefinido. Las cosas, los fugitivos cielos enramados de febrero en Madrid y de marzo. Amaba los cuadros barrocos que representaban jirones de Cielo, e incluso Watteau, con su irrealidad microscópica de vidas galantes en paisajes imaginarios. Pero también los paisajes de Patinir que revelan el mundo. Y amaba el Asubio, la casa de verano que Matilda heredó de su padre. La falta de comodidades del Asubio venía de su condición de finca de verano, como mucho estancia de fin de semana, refugio, asubio de los dos. Y también, cuando se hicieron mayores de los hijos (si bien procurando no coincidir nunca padres e hijos el mismo fin de semana). Fernandito es, quizá, quien más ama esta casa, este jardín. No se le oculta nada a Juan Campos en punto a su hijo pequeño (aunque ha sido incapaz de detectar su ambiguo deseo de venganza). Con tantas posibilidades económicas como llegaron a tener, lo lógico -en opinión de Matilda-, lo poético, lo contrario al sentido común, lo anti-común, fue no arreglar la casa, conservarla en invierno tan fría y vacía como en verano, soleada y nevada al mismo tiempo: que la lluvia del norte y los variables cielos grisazules entraran y salieran por las ventanas y cristaleras abiertas de las dobles puertas, sin visillos, con cortinas de cretona raídas ya con los años que no debían recambiarse nunca, ni siquiera lavarse o plancharse: así formaba parte de la emoción, de la apasionada vida de cosa entre las cosas, de cosa al alcance de la mano, toda la casa entera. El sirimiri se adensa y Juan Campos se acobarda un poco: ha caminado lentamente sin darse cuenta y ahora de pronto el adensado sirimiri le cala el cuero cabelludo, los bajos de los pantalones. No ha llegado aún, le falta la mitad, unos tres kilómetros para llegar a Lo- breña y otros tres cuesta arriba luego, para regresar al Asubio. ¿No se le ocurrirá a Fernandito salir a buscarme? Me ha visto salir sin paraguas ni gabardina. ¿No se le ocurrirá venir a buscarme?
Fernando Campos no ha abandonado el cuarto de estar, ha observado el acrecentamiento de la lluvia, la ferocidad de pronto del sirimiri tupido como un prado de hierba fresca, como un campo de alfalfa, como un nutrido bosque de símbolos que le observan enemistados. El corazón enemistado. Mi corazón amargado. Odio a mi padre: iré a buscarle, no iré a buscarle. Y, de pronto de la parte de la cocina se oye el ruido de las puertas que se abren y cierran y entran Emeterio y Antonio: sonriente Antonio:
– Tienes visita, Fernando. Emeterio que se ha escaqueado del taller para venir a verte.
Y desaparece Antonio y ahí está Emeterio frente a él, calado de agua: su cuerpo poderoso quizá algo más carnoso en los últimos años. Huele a sudor y a grasa consistente. Fernandito se olvida de su padre. Suben los dos al dormitorio de Fernandito en el piso alto del Asubio. Al cabo de media hora Juan Campos regresa calado hasta los huesos a casa. Antonio -sabiendo de sobra que había salido de paseo sin gabardina ni paraguas y que se calaría hasta los huesos- no ha querido ir a buscarle. Es parte de la compleja vida en común que Antonio proteja a Juan Campos sin nunca protegerle. El ser es lo más fiable y al mismo tiempo el abismo.
VII
Antonio ha vuelto a su lado de la casa. En comparación con la cantidad de trastos valiosos que Juan Campos ha traído consigo del piso de Madrid, el lado de Antonio y Emilia resulta ascético. Al principio, la decoración (la no-decoración, que era el concepto que Matilda tenía de la decoración) era idéntica. Se repartieron los dos matrimonios el mobiliario estival del padre de Matilda a partes iguales. Ahora el lado de Matilda y Juan ha cobrado una gran belleza histórica, casi museística, que incomoda un poco a Antonio Vega. Emilia introdujo a Antonio Vega en casa de los Campos. Antes, Emilia y Matilda se habían conocido en un gran banco madrileño, en la sección de créditos documentarios, donde Matilda hizo sus prácticas y donde Emilia trabajaba como auxiliar administrativo, con un contrato temporal. La diferencia de clase no fue un obstáculo entre ellas. Matilda estaba ya casada, intimaron de inmediato. Fascinó Matilda a aquella Emilia de veintiún años, tan oscura y tan inteligente a la vez. La sorprendía a Emilia que Matilda tuviese ya un hijo y que estuviese dispuesta a llevar adelante aquellas dos vocaciones, la familiar y la profesional.