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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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Consumida de pronto, habiendo perdido mucho peso y todo el color, envejecida, casi encorvada, se refugió en la ternura de Antonio. Y sin embargo no fue suficiente. Ahora llueve. Antonio aprovecha estos días, estas tardes lluviosas, para trastear en el garaje desde las cuatro hasta la hora del té hacia las siete, que toma ahora casi siempre en sus dependencias, después de haberle subido una bandeja de sándwiches y una cerveza a Juan Campos, quien, a su vez, se acurruca sobre sí, como contraído, estos días de lluvia: apenas se levanta del sillón de orejas, frente al fuego de leños crepitando frente a él, hermoso y distante como un fuego imaginario. Ahora llueve y Antonio es incapaz de entenderse o de entender la casa o de consolar a Emilia, o de iniciar una conversación animada o seria o superficial o indiferente con Juan Campos. Incapaz se siente también de hablar con Fernandito, que esta tarde de lluvia ha vuelto al Asubio poco después de almorzar con Emeterio y los padres de Emeterio abajo y se ha encerrado en su cuarto. Tan inmovilizado se siente Antonio Vega esta tarde, tan perturbado se siente por la creciente lluvia -rachas de viento sacuden los laureles y el bambú de la entrada-, que abandona el garaje y se encamina escaleras arriba al cuarto de Fernando.

Golpea la puerta. Fernando no contesta. Por un momento, Antonio Vega cree que el chico ha salido sin que él lo advierta. Y cuando ya está a punto de retirarse, Fernando abre la puerta y sin decir nada contempla a Antonio.

– Perdona, creí que no estabas -declara Antonio, inexplicablemente cohibido.

– Pues estaba. Aquí estoy. ¿Qué querías?

– Nada. Charlar. Me está acogotando esta lluvia.

– Es deprimente, sí. Pasa si quieres.

– No quiero molestarte.

– Vamos, entra.

Fernando se hace a un lado y Antonio entra en la habitación del chaval. Fernando ha conservado su habitación tal y como era cuando tenía quince o dieciséis años. Un póster del Real Madrid de la Quinta del Buitre. Antonio siente una punzada de melancolía clarificadora. Al fin y al cabo, Fernandito fue su hermano pequeño. Los sentimientos de Antonio por los hijos de Matilda y de Juan han variado poco desde la época en que él era su tutor deportivo. Sin duda, ahora, esta última temporada, barruntando la hostilidad de Fernandito por su padre, aunque sin percibir aún el deseo de venganza, Antonio se ha sentido intranquilo y hasta irritado con Fernando. Pero cada vez que le ve cara a cara, como esta tarde que ha subido casi sin darse cuenta a buscarle, el viejo sentimiento fraternal reverdece.

– Apenas hablamos… desde que llegaste.

– ¡Bah! Ya lo tenemos todo hablado.

– Sabes que no. Nunca decías eso antes, cuando hablábamos… ¿O no te acuerdas ya?

– ¿Qué no decía?

– Que teníamos todo hablado. Eso sólo se dice cuando se deja de hablar casi del todo. Las parejas, los matrimonios…, lo tienen todo hablado y ya no hablan. ¿Nos pasa eso a nosotros, Fernando, a ti y a mí?

– ¿Has venido a conmoverme? ¿No habrás venido a decirme que me echas mucho en falta, que echas de menos mi conversación? ¿No lo hablas todo con mi padre ya? No es que mi padre hable gran cosa, ni tampoco tú. Os comunicáis sin hablaros, en silencio, como putos ángeles, de especie a especie.

– ¿Esto a qué viene?

Antonio se ha sentado en la silla situada ante la mesa- pupitre de Fernando. Es la misma mesa que tenía de estudiante y que Fernando hizo llevar al Asubio años atrás (Antonio no recuerda el motivo de este absurdo traslado, teniendo en cuenta que Fernando no pasa ya temporadas largas en el Asubio y menos en su cuarto). Sorprendido por el tono agresivo del chico, Antonio desvía la mirada y piensa que la mesa bien podría ser para Fernandito uno de los restos del barco de su juventud echado a pique, que rescata trayendo esta mesa a un lugar seguro, a la acogida del Asubio. Al fin y al cabo -se le ocurre de pronto a Antonio- toda la habitación de Fernandito exhala nostalgia: la Quinta del Buitre, la mesa, la colección completa de Salgari, de Bruguera, los libros de texto del colegio, unas cuantas fotos de fin de curso enmarcadas, las medallas de atletismo en un medallero. La habitación, que no se ha vuelto a pintar desde hace años, conserva el primitivo papel pintado original, los no muy sólidos muebles estivales de bambú, las paredes vacías verdean un poco con la lluvia de afuera. Hace frío en esta habitación. Hace mucho frío.

– ¿No sientes frío? -Pregunta Antonio-. Hace muchísimo frío aquí.

– ¿Tienes frío tú? Te enciendo la estufa.

Fernando enciende la estufa. Este gesto de encender la estufa cambia el tono tenso. Los dos se relajan. Y la lluvia se abalanza sobre los cristales como una significación repentina, como un impulso repentino, casi como un abrazo, y subraya el silencio interior, la verdeante juventud dejada atrás, la nostalgia como un garabato ilegible.

– ¿Qué te van a decir en la oficina? ¡Te van a echar!

– ¡Tengo la gripe…!

– Pero, ¿por qué? Es evidente que no tienes la gripe.

– Ah, ¿no?

– No. No sé qué tienes, pero no es la gripe.

– Tenía ganas de pasar unos días en la casa paterna, con mi buen padre. ¿Es eso más verosímil que un gripazo?

– Sería verosímil, estupendo, si no fuera porque…

– Porque no te parece verosímil, ¿es eso?

– Supongo que sí.

– Entonces te parece inverosímil el pretexto de la gripe para pasar unos días con mi buen padre, que se ha retirado, jubilado anticipadamente… ¿estás diciéndome que no soy un buen hijo?, ¿que resulto inverosímil en el papel del buen hijo?

– Fernando, de sobra sabes que no estoy diciendo nada de eso. He subido a verte porque llueve. Llueve y hace frío y he pensado que estabas solo y sobre todo he pensado que yo estoy solo. Y tu padre está solo y Emilia está sola y se me viene la casa encima. Y también porque estoy inquieto, porque tú y yo ya no hablamos como antes.

– Antes hablábamos más, ¿no? -murmura Fernando.

– Hablábamos mucho.

– Cuando tú viniste, me contabas cuentos. Y luego a Emeterio y a mí nos contabas cuentos a los dos, ¿te acuerdas de eso?

– Claro. Por eso he subido. Viéndote entrar y salir estos días, no parar en casa… No sé. Apenas me hablas. Como si no te acordaras del tiempo que pasamos juntos, Emeterio, tú y yo, y tus hermanos, y también tu padre.

– Emeterio se acuerda más que yo. Yo no tengo corazón. Cada vez tengo menos corazón.

– ¡Bah, bobadas!

– Además tú te has puesto del lado de mi padre…

– Pero, ¿qué dices?

– Tú no me quieres ya. Emeterio sí. Por eso voy con él. Tú estás del lado de mi padre, el hijo puta…

– ¡Ah, pero qué dices, Fernando!

– ¡Ahí te duele! ¡Lo ves! Mi padre es intocable, todo lo que hace está bien. Te has puesto de su parte, por eso no hablo contigo, ¿para qué?

Antonio Vega tiene la impresión de estar acercándose a un punto verdadero, a una queja, que puede no ser, sin embargo, un punto de partida. Tiene una sensación de vértigo, como si se viera forzado a resolver un asunto que le desborda. Es verdad que está de parte de Juan Campos, pero no es verdad que eso signifique que está en contra de Fernando Campos. Esta formulación de Fernandito, además, le ha revelado una hostilidad que hasta la fecha sólo imprecisamente percibía.

– No sé de dónde sacas eso: no estáis de un lado tu padre y de otro tú. Es cierto que te encuentro raro últimamente, que me intranquiliza verte intranquilo, no sé, agresivo quizá. Y tampoco entiendo del todo a qué has venido. Entiéndeme: me parece estupendo que estés aquí, pero es como si a la vez no quisieras estar… Y el caso es que esta tarde no he subido a tu cuarto por ti, sino por mí. Me sentía confuso y melancólico, con toda esta lluvia y esta casa tan solitaria. Y Emilia y tu padre tan apagados. Me gustaría hablar de todo esto contigo… si tú quieres. Además, acuérdate, tú y yo hablamos de los demás desde que eras casi un crío, cuando había dificultades, con tu hermana o con tu padre o tu madre, tú y yo lo hablábamos primero. Así que hoy he venido a hacer lo que siempre hice, lo que tenía costumbre de hacer, discutir estas cosas contigo.

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