La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
Esta noche lúcida y subterránea de repetición de la vida, Emilia piensa que el tiempo voló aquellos años: dieciocho años pasaron de golpe, porque no pesa el corazón de los veloces y porque en casa de los Campos las dos mujeres, los tres niños -y quizá también el propio Juan, aunque esto era más dudoso- vivían en un estado de rutinaria exaltación.
Una parte de la vida doméstica de Matilda consistía en hacerle de secretaria a Juan. Tres o cuatro tardes a la semana, a partir de las ocho, una vez que los niños estaban acostados, Matilda se encerraba con Juan en el despacho y pasaba a limpio sus apuntes sus conferencias, sus resúmenes de libros, sus artículos para las revistas filosóficas. Tenía instalada una mesita en un rincón del despacho donde escribía a máquina. Comentaba a veces, en broma, que seguía la estela de dos famosas españolas que hicieron de secretarias a dos famosos intelectuales españoles, Zenobia Camprubí y Carmen Castro. Esa referencia no le hacía gracia a Juan, que se limitaba a decir, cada vez que salía el tema, que él estaba muy lejos de parecerse a Zubiri o a Juan Ramón. Emilia no entendía estas referencias al principio: fue entendiéndolas después. Una cosa sí entendió desde un principio Emilia: que la presencia de Matilda en el despacho escribiendo a máquina e interesándose por la filosofía le impacientaba muchísimo a Juan. Y sorprendía a Emilia esta impaciencia -que determinaba un raro nerviosismo durante las cenas, al acabar las sesiones- porque Juan daba la impresión de ser un hombre tranquilo. No había ninguna explicación, o a Emilia no se le ocurría ninguna. Y, desde luego, nunca se atrevió a preguntar nada. Pero resultaba extraño observar durante las cenas, o en alguna ocasional entrada de Emilia al despacho con recados, que Juan apenas leía mientras estaba su mujer con él y se esforzaba por teclear él mismo sus artículos en su vieja Underwood. Juan Campos era torpe manualmente. De ordinario escribía todo a mano, con una caligrafía enrevesada, que sólo Maltida era capaz de descifrar con rapidez. Matilda le tomaba el pelo a veces: ¿por qué te empeñas en escribir a máquina cuando yo escribo a máquina? Esto no es un campeonato. Lo hago yo mil veces mejor que tú, es infantil. Y Juan sonreía y no contestaba. Y la escena de la impaciencia y el nerviosismo se repetía una y otra vez. Contra todo pronóstico, Juan Campos aceptó sin poner inconvenientes que Antonio Vega dedicara una parte de su tiempo libre, sábados y domingos, a pasarle a máquina sus notas. Las mujeres bromeaban entre ellas: ¡está visto, los hombres con los hombres! Y la verdad es que esto parecía ser verdadero en el caso de Juan. Antonio era, por supuesto, un mecanógrafo velocísimo, mucho más ágil y veloz que Matilda, aunque el desciframiento de la caligrafía de Juan supuso algunos convenientes al principio. Juan entonces descubrió que era más cómodo dictar sus textos que escribirlos a mano. Antonio cobraba un pequeño salario por sus trabajos de sábados y domingos. Pero esta actividad mecanográfica acabó invadiendo casi todas las tardes de ambos días. De aquí que Antonio se quedara sin descanso de fin de semana. Así fue como los cuatro comenzaron a debatir si Antonio debía dejar el banco o no. El sueldo no era obstáculo, ni la seguridad social tampoco. La cuestión parecía ser, más bien, el poco contenido de un empleo semejante: Antonio estaba acostumbrado a trabajar duro en el banco. La jornada de ocho horas era un asunto serio. Y lo máximo que Juan Campos necesitaba al día eran de una a dos horas de dictado. De haber estado Antonio decidido a hacer una carrera bancaria las cosas hubieran seguido como estaban. Pero Antonio no se veía a sí mismo progresando laboralmente gran cosa en el banco. Así que poco a poco los cuatro fueron haciéndose a la idea de que Antonio acabaría instalándose en casa de los Campos y ayudando a título de factotum, a Juan por una parte y al cuidado de los niños por otra. Los niños iban creciendo: los tres daban la impresión de haberse contagiado de la velocidad de crucero de Matilda y de Emilia. Fue Antonio quien sugirió que él podía hacerse cargo de ciertas actividades complementarias como el deporte o salir juntos de excursión. Y así fue como poco a poco Antonio Vega se instaló en la casa. La acomodación espacial de las dos parejas: todo un lado del piso de Madrid, con su cocina y su cuarto de baño para una pareja, todo el otro lado para la otra. Este arreglo espacial se mantuvo siempre así hasta el final. Y fue una organización de la vida doméstica que satisfizo a Juan Campos, quien disponía ahora de un secretario perpetuo y se veía libre de la presencia secretarial -siempre un poco demasiado agitante- de Matilda.
Una vez asentadas las dos parejas, se produjeron dos corrientes pedagógicas paralelas: Emilia aprendió de Matilda a vestirse con sencillez y elegancia, a hablar inglés con buen acento, a leer los periódicos y empezar a leer libros, a interesarse por el mundo, el ancho mundo. A su vez, Antonio resultó ser un estudiante aplicado. A fuerza de oír y mecanografiar textos filosóficos fue interesándose por la lectura. Y Juan Campos se ofrecía gustosamente a desempeñar, sin prisas, una especie de papel tutorial. Era ésta una relación amable, familiar, de los cuatro, convertidos alternativamente en maestros y discípulos unos de otros: porque, sin duda, también Antonio tenía cosas que enseñar a sus patronos: el gusto por la vida al aire libre en el caso de Juan, o los deportes o los largos paseos después de comer que Juan Campos al principio detestaba. Además, para alguien tan poco amigo de aprender cosas nuevas como Juan, la ingenuidad y el deseo de aprender de Antonio eran ya por sí solas una enseñanza, en opinión de Matilda. Y los niños crecían: éste era el dato más gracioso de todos. Cuando tuvo lugar la muerte de sir Kenneth y el despegue de Matilda, la estructura familiar de base estaba ya sólidamente inserta en la familia Campos.
Esta noche, hormigueante con la viveza de sus rememoraciones, ha acabado relajando a Emilia, que se ha quedado dormida. Antonio la encuentra dormida al regresar. Antes de quedarse dormida, casi sonriente, Emilia ha hecho un lance sentimental global de su pasado con Matilda: frena la atonía de su vida infantil, frente a la precariedad de juventud laboral en el banco, Matilda fue para Emilia lo más fiable. Matilda fue el fundamento de la comprensión de realidad que Emilia se hacía. Y después, cuando llegó la enfermedad, cuando llegó la muerte, Matilda seguía siendo lo más fiable y, a la vez, el abismo.
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Ahora llueve. La lluvia cierra la casa como una lengua extranjera. Antonio Vega se siente fuera de la casa y capturado dentro a la vez. Como se sintió de muy joven en un viaje a Londres capturado por la fascinación del lenguaje nuevo que veía en la televisión y en el cine, que oía por la radio, que trataba de descifrar en los carteles del metro o en los titulares de los periódicos, sintiéndose balbuceante antes de abrir la boca, tratando de preguntar por una dirección, por una panadería o por la parada de un autobús y olvidándose de pronto que bus no se pronuncia «bus», ni table «table». Dentro de los límites de la lengua, preso en el interior de su incomprensión y fuera, como esta tarde de lluvia que, al aislar la casa del resto del mundo, al borrar los contornos del jardín y del mar y de los acantilados, borra también el contorno de las habitaciones, rebota en la memoria aturdiéndola, achicándola, impidiendo a Antonio Vega recordar de pronto los sencillos hitos de su monótona existencia. Treinta de sus cincuenta años con los Campos en el Asubio o en Madrid. Han crecido los niños. Las tareas de Antonio en la casa han girado desde los fáciles y alegres comienzos a esta lentitud de ahora con su atención consagrada sobre todo a Juan Campos. Ha atravesado la terrible muerte de Matilda Turpin. Está atravesando esta misma tarde el decaimiento tan innegable como disimulado de Emilia. Una vez que las tareas domésticas, los recados, se acaban -y esto suele ocurrir una vez que se recogen los platos del almuerzo- le queda aún a Emilia toda la obturada tarde delante, neutra e idéntica a todas las tardes obturadas que siguieron al fallecimiento de Matilda. Se refugió en el amor de Antonio. Emilia no rechazó la ternura de su marido en ningún momento: ni durante la época vibrante de los viajes de negocios, ni durante la ferocidad del cáncer de Matilda, ni durante las últimas semanas, ni después.