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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Poco a poco, había empezado a tolerarlas y a escuchar de buen grado las explicaciones de Nellie y, al final, las había aceptado. En el transcurso de los últimos meses hasta se había dedicado a desarrollar una labor de proselitismo instando a otras mujeres a unirse a la lucha en favor de la absoluta igualdad de derechos.

Es más, esta nueva actitud había sido una de las causas de la rotura de sus relaciones con Roger Clay, éste tenía unas ideas británicas muy anticuadas acerca del lugar y del papel de la mujer y no era capaz de comprender aquella necesidad de absoluta igualdad y libertad.

Pero Roger había resultado ser tan sensible e inteligente como ella y su decisión de reunirse con él en Inglaterra se había debido a la esperanza de que estuviera cambiando o fuera lo suficientemente flexible como para dejarse instruir y moldear. En tal caso, tal vez pudieran establecer unas sólidas relaciones.

Y estos animales ignorantes deseaban que abandonara y renunciara a este nuevo concepto de la liberación. Eso era lo que más la enfurecía. Y, a pesar de que ello pudiera parecer contradictorio, se sentía molesta por algo que la humillaba más si cabe.

En el transcurso de los pasados años de ascenso al poder y la independencia, su precio siempre había sido muy elevado. Siempre se había enorgullecido de su valor. A cambio del disfrute de su cuerpo, siempre había recibido valiosos regalos: una importante presentación o recomendación, un contrato legal, un papel interesante, un fabuloso guardarropa o una costosa joya. Jamás se había vendido barata.

Siempre la habían comprado como un objeto de lujo. Y ello la había enorgullecido siempre. Sin embargo, una vez retirada del mercado, ya no se había visto obligada a vender nada a cambio de un precio, porque ya no había querido estar a la venta.

Sólo estaba dispuesta a entregarse a cambio de algo que no tuviera precio -el amor-, pero nada más. Y ahora, la mujer más deseable del mundo según las cotizaciones del mercado, resultaba que tenía que venderse a aquellos odiosos animales a cambio de una insultante pitanza. Su portavoz le había ofrecido un poco de comida corriente y unas cuantas píldoras baratas a cambio de que accediera a servirles de Cosa.

Era una humillación degradante, casi tan degradante como la violación de su independencia. Si capitulaba, perdería todo aquello que finalmente había logrado alcanzar.

– Muy bien, señorita -le estaba diciendo el Malo-, no me has contestado. Te daremos si nos das. ¿Estás dispuesta a aceptar estas condiciones?

La cólera la cegó. Recogió toda la saliva que tenía en la boca y le escupió, mojándole una pernera del pantalón.

– ¡Ahí va mi respuesta, hijo de puta! Yo no les doy nada a los animales.

– Muy bien, señorita -dijo él con expresión sombría-, te daremos tu merecido. -Se quitó rápidamente la ropa y se quedó desnudo, acercándose a ella con el horrible aparato-. Muy bien, me parece que ya es hora de que te enseñemos a comportarte bien con la gente.

Echó abajo la manta y se le colocó encima inmediatamente procurando separarle las piernas. Con unas reservas de fuerza cuya existencia desconocía, intentó luchar contra el ataque.

Movió el cuerpo de un lado a otro para esquivarle y le propinó puntapiés manteniendo las piernas juntas, pero éstas estaban empezando a ceder y supo que aquel individuo se las separaría muy pronto y quedaría indefensa.

Ya no aspiraba a ganar sino simplemente a hacérselo pagar muy caro, a darle a entender lo mucho que odiaba aquella violación de su ser.

Le había separado las piernas y abierto la falda y Sharon vio que el tipo estaba luchando contra su resistencia. Un último y desesperado esfuerzo antes de que le inmovilizara las piernas. La rodilla, la rodilla que tenía libre. Con toda la fuerza que le quedaba, levantó la rodilla por debajo de su erección y se la descargó contra los testículos.

Se le cerraron los ojos, contrajo las facciones a causa del sufrimiento y emitió un grito gutural de dolor. Sus manos la soltaron, se las acercó a la ingle y cayó hacia atrás retorciéndose.

Ella le observó fascinada hasta que dejó de retorcerse. Permaneció tendido sin moverse. Después, recuperándose muy lentamente, se puso de rodillas y la miró.

La expresión de su rostro la llenó de terror. Se estaba acercando a gatas con las repulsivas facciones deformadas por la furia asesina.

– ¡Pequeña puta asquerosa! ¡Ya te arreglaré a ti las cuentas! -le dijo. Echó la mano hacia atrás y después se la descargó sobre la mejilla. Una y otra vez y otra vez la pesada mano se descargó contra sus mejillas, mandíbulas y cabeza.

Intentó gritar pero se sentía el cerebro suelto y parecía como si se le hubieran caído los dientes y le llenaran la boca, como si se le hubieran hinchado los labios impidiéndole hablar.

No supo cuántas veces debió golpearla ni cuándo dejó de hacerlo, pero debió dejar de hacerlo porque su cabeza cesó de moverse hacia adelante y hacia atrás como una pelota de boxeo.

Le distinguió vagamente a través de la bruma de las lágrimas y pudo verle satisfecho de su hazaña esbozando una inhumana y sádica sonrisa.

Se notaba en la boca el ácido sabor a sangre y advertía que ésta le estaba resbalando por la barbilla. Yacía casi cegada, gimiendo y con el cuerpo convertido en un amasijo inanimado de carne y hueso.

– Así está mejor -dijo él con voz ronca-. Ahora ya sabes lo que te espera. Y ahora, como no te reportes, volverás a cobrar.

Estaba retrocediendo de rodillas situándose encima suyo una vez más y Sharon comprobó que la violencia había contribuido a excitarle.

Esperó a que se iniciara el acto de necrofilia. Le levantó las piernas y se las separó sin que ella ofreciera la menor resistencia. La penetró lacerándola y sin hacer caso de sus gemidos.

Sharon fue consciente del martinete de movimiento continuo que tenía dentro destrozándole y desgarrándole el cuerpo vencido. Perdió la noción del tiempo, se hundió en la inconsciencia y se convirtió en una blanda muñeca de trapo mutilada.

Pero después volvió a recuperar el conocimiento, emergió de la negrura a la luz y el dolor de las magulladuras del rostro fue sustituido por el espantoso sufrimiento de sus muslos separados y su cuerpo martirizado.

La estaba martilleando por dentro como si quisiera matarla, como un verdugo enfurecido, y de repente el lacerante dolor de sus entrañas fue tan intenso que le devolvió la voz.

Suplicando piedad, gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Sus gritos ejercieron en él un efecto acelerador.

La acometió con una arremetida final que casi la partió en dos mitades obligándola nuevamente a gemir y después todo terminó.

Oyó que llamaban sin cesar a la puerta y escuchó el sonido de una voz amortiguada.

Advirtió que el Malo se estaba levantando de la cama. Intentó abrir los ojos, consiguió abrirlos un poco y pudo verle a través de las rendijas de pie junto a la cama mirando enfurecido en dirección a la puerta.

Con deliberada calma se puso los calzoncillos, los pantalones y la camiseta y, remetiéndosela en los pantalones, se encaminó hacia la puerta. La abrió y retrocedió.

Sharon vio al Soñador en la puerta y a los otros dos detrás de él en el pasillo.

– ¿Qué sucede? -preguntó el Soñador-. Hemos oído los…

Sharon observó que sus ojos la miraban con incredulidad. Después le vio entrar en la estancia y quedársela mirando fijamente. Súbitamente giró sobre sus talones.

– ¡Hijo de puta! -rugió mientras con ambas manos intentaba apresar la garganta del Malo.

Los antebrazos del Malo se adelantaron y apartaron a un lado las manos del Soñador. De un solo movimiento lanzó un puño hacia adelante descargándolo contra la cabeza del Soñador e inmediatamente le descargó otro contra el estómago.

El Soñador retrocedió y se desplomó pesadamente al suelo. Instantáneamente Sharon les vio a los tres, no, a los cuatro agitándose en la estancia mientras el Soñador se ponía vacilantemente en pie.

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