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Fan Club

Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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El más corpulento, el Vendedor, estaba apartando al Malo y procuraba calmarle hablándole en voz baja. El más viejo, el Tiquismiquis, estaba ayudando a levantarse al Soñador y le imploraba que no prosiguiera la pelea.

– A mí nadie me interrumpe -estaba gruñendo el Malo-. Y nadie me dice lo que está bien y lo que está mal.

La puta me ha propinado un rodillazo, me ha hecho mucho daño y yo le he dado una buena tunda para que recuerde quién es el amo. No lo he hecho sólo por mí sino por todos nosotros.

– ¡Por mí no hagas nada! -estalló el Soñador-. Y puedes creerme, no estoy dispuesto a tolerar más violencia.

El Vendedor se había interpuesto entre ambos hombres.

– Escuchad, no hagamos escenas delante de ella. Podremos limar las asperezas hablando tranquilamente. No hay nada que no pueda resolverse por medio de la calma y la discusión. ¿Qué decís, amigos? Vamos a la habitación de al lado para hablar en secreto, preparémonos unos tragos y discutámoslo. -Empezó a acompañar al Malo en dirección a la puerta y le indicó al Soñador que le siguiera.

Mientras estos últimos salían al pasillo, el Vendedor se detuvo brevemente junto a la puerta-.

Sé buen chico -le dijo al más viejo-, encárgate de ella. Ya sabes donde está el botiquín de primeros auxilios. Lávale la cara con agua tibia y aplícale un poco de aquella cosa que detiene la hemorragia.

Después déjala descansar. Mañana se encontrará bien.

Mañana. Sharon giró la cabeza sobre la almohada, gimió y, al poco rato, se sumió en la oscuridad.

Otra mañana. Luz amarilla filtrándose a través de las rendijas de las tablas de las ventanas, había salido el sol. Había despertado de un ligero sueño reparador y había tardado un buen rato en recordar dónde estaba y lo que le había sucedido.

Jamás en toda su vida había sido un amasijo tan absoluto de sufrimiento desde la cabeza a los pies. No había salido bien librada ni una sola parte de su anatomía. Le dolía horriblemente la cabeza.

Le costaba mover la mandíbula y tenía un labio y parte de una mejilla magullados y ligeramente hinchados. Le dolían incesantemente los brazos atados, los hombros y el pecho.

Su huelga de hambre también había empezado a ejercer efecto. Se notaba el estómago distendido a causa de la falta de alimento. Le ardían los muslos y las partes genitales a causa del terrible castigo a que había sido sometida.

Se notaba las pantorrillas entumecidas. Y la falta de descanso continuado durante cuarenta y ocho horas consecutivas le había dejado el sistema nervioso crispado y a punto de estallar. Y lo más grave era que se estaba acentuando su depresión suicida.

No obstante, no podía negarse que todavía se abrían ante ella unas pocas y miserables alternativas capaces de mejorar su suerte. Se esforzó por pensar lógicamente en su futuro.

No vislumbraba futuro alguno y su cerebro no hacía más que tropezar. Procuró recordar los acontecimientos de la noche anterior, recordó algunos de ellos con pesar y comprendió finalmente que aquella situación ya no podría prolongarse por más tiempo.

No habría forma de alcanzar nada y ni siquiera de recuperar ciertas sombras de dignidad. Su resistencia era valiente, arrojada y justa pero sólo la conduciría a la muerte. Sus apresadores -pensaba en ellos como un todo único a pesar de que el Soñador se hubiera opuesto físicamente a los malos tratos a que la había sometido el Malo (seguía culpando al Soñador de la creación de aquel siniestro Club de Admiradores)-seguirían matándola de hambre, golpeándola, violándola y manteniéndola prisionera como un solo hombre.

No se avendrían a razones. No sabían lo que era la compasión. Eran unos maníacos homicidas y sabía que no podría tratar con maníacos. Y tampoco podría esperar que la ayudaran desde el exterior.

Ahora ya lo había comprendido. A partir de aquel momento tendría que encargarse de cuidar personalmente de sí misma. Su principal objetivo tendría que ser la supervivencia. Al diablo la violación de su independencia. Al diablo la humillación y la degradación.

Tenía que vivir. Ninguna otra cosa le importaba. Lo importante era la vida. Por mucho que se acostaran con ella no la matarían.

En cambio sí podría matarla una ulterior resistencia. En el pasado, a pesar de todas sus debilidades, siempre había poseído una fuerza. Había sido una superviviente. Tenía que concentrarse en esta fuerza.

Por mal que la trataran tendría que seguir soportándolo para poder seguir siendo una superviviente. Y no es que antes no hubiera sabido lo que era la degradación. De la misma manera que en otros tiempos se había sometido a agentes de medio pelo, directores, productores y hombres acaudalados, ahora tendría que ceder ante estos monstruos depravados.

“La Garde meurt et ne se rend pas”, decía aquel comandante de Waterloo en aquel libro del club de lectores que había leído. La guardia muere pero no se rinde.

Tonterías. De niña solía ser más sensata; te retiras para poder seguir luchando otro día. La capitulación era su única defensa contra la muerte. Si no morías, vivías. Si vivías, te quedaba la posibilidad de vengarte.

Al final, era posible que aquellos monstruos la ejecutaran. O tal vez no. En cualquier caso, la rendición constituía un aplazamiento de la aniquilación. Su atormentado cerebro no hacía más que girar en torno a tópicos. No estaba en condiciones de hacer mayores esfuerzos y se aferró a un tópico: mientras hay vida hay esperanza.

Estaba demasiado enferma y se sentía demasiado débil para pensar otra cosa. Levantó la voz gritando todo lo que pudo:

– ¿Hay alguien ahí? ¿Me oyen? ¿Quieren venir?

Esperó pero no obtuvo respuesta. Volvió a llamar una y otra vez hasta enronquecer. Decepcionada, impaciente por cerrar el trato que le permitiera salvarse antes de que fuera demasiado tarde, procuró luchar contra el aturdimiento de su cerebro al objeto de no sumirse en la inconsciencia.

Tenían que saberlo, tenían que enterarse antes de que ella cayera enferma sin posibilidad de restablecimiento. Hizo acopio de todas sus fuerzas para volver a gritar.

Articuló las palabras pero comprendió que éstas no saldrían de la estancia. Cuando ya se estaba diciendo que era inútil, se abrió la puerta del dormitorio. Y apareció el que ella llamaba el Vendedor mirándola inquisitivamente.

Se esforzó por encontrar las palabras y lo consiguió al cabo de unos momentos.

– Muy bien -dijo débilmente-, me portaré como es debido. Haré lo que ustedes quieran.

Habían transcurrido doce horas y había vuelto a anochecer. Yacía en la cama con las muñecas amarradas una vez más a los pilares esperando la llegada del dulce olvido del sueño. Pronto llegaría.

Hacía diez minutos que el último de ellos le había administrado el Nembutal y su último compañero de lecho iba a ser el amado sueño.

Estaba satisfecha de su decisión. Doblegarse a las condiciones del enemigo había sido un suplicio mitigado únicamente por su debilidad física y por su imposibilidad absoluta de resistir por más tiempo. El precio había sido horrible pero la adquisición de la vida había merecido la pena.

A decir verdad, la recompensa había resultado más agradable de lo que había supuesto. El Vendedor había regresado acompañado de los demás para asegurarse de que había entendido bien los términos del trato.

Los había entendido, los había entendido, les repitió una y mil veces. Colaboración. Basta de resistencia. Colaboración.

Los monstruos, los sapos, los vampiros se habían alegrado, la habían contemplado sonrientes como si la hubieran conquistado en buena lid. Sólo el más extraño de todos ellos, el Soñador, no había reaccionado con alborozo y expresión de triunfo.

Estaba como aturdido y sin poder comprenderlo. El cambio de atmósfera, de actitud y de trato había sido casi mágico.

El Malo se había ido a celebrarlo con un trago, pero los demás se habían pasado el resto de la mañana y la tarde cumpliendo con el trato.

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