Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Le habían facilitado tres comidas, una a media mañana, otra a primeras horas de la tarde y la tercera al anochecer.
Los huevos, los zumos, la sopa caliente, la ensalada, el pollo, el pan con mantequilla, el humeante café habían sido para ella toda una serie de festines exquisitos. Le habían aconsejado que no se atiborrara después de aquel ayuno tan prolongado, pero el consejo no le había hecho la menor falta ya que no consiguió terminarse ni una sola de las comidas.
Le habían soltado la mano derecha para que le circulara la sangre y pudiera frotarse el otro brazo y utilizarla para comer.
En determinado momento de la tarde, el Soñador la desató por completo y esperó fuera del cuarto de baño mientras ella utilizaba el retrete y se tomaba un buen baño.
Después le entregó un camisón para que se lo pusiera en lugar de la manchada blusa, la falda y las bragas. Le dijo que era nuevo y que se lo había comprado para ella.
Lo llevaba puesto mientras esperaba la llegada del sueño. Apenas era un camisón, más bien parecía una minitoga que le llegaba hasta los muslos, una reducida camisola blanca de nylon con escote pronunciado y cortes laterales, pero estaba limpia, resultaba cómoda y le sentaba bien. Era una de aquellas prendas que se anuncian y venden por correo en las revistas para hombres, una de aquellas prendas que los hombres aficionados a la sexualidad utilizan para ataviar a sus amantes imaginarias antes de masturbarse.
Después del baño y del cambio de ropa la habían vuelto a atar a la cama y ella no se había molestado en protestar.
En determinado momento le aplicaron una pomada suavizante a las magulladuras de la mejilla y la mandíbula. Después de cenar, le dejaron encima de la mesilla de noche la píldora para dormir junto con un vaso de agua.
Hubiera querido tomársela inmediatamente pero no se atrevió a pedirla.
Sabía muy bien lo que la aguardaba. Ellos habían cumplido con su deber. Ahora esperaban que ella cumpliera con el suyo.
No querrían gozar de ella estando medio dormida. La habían engordado, limpiado y atendido con vistas a una violación voluntaria y después de la cena se dispuso a someterse al suplicio.
Mientras esperaba al primero de ellos, empezó a pensar en cómo les trataría.
Había accedido a colaborar. Pero ello no incluía ninguna promesa de entrega, amor y calor. Significaba simplemente soportarlo todo pasivamente sin oponer resistencia oral ni física.
Le resultaría muy difícil reprimir el veneno y el instinto automático de rechazarles pero recordaría constantemente que no podía arriesgarse a perder la recompensa que le permitiera salvar la vida.
A pesar de constarle que no le quedaba ninguna otra alternativa, se aborrecía a sí misma por haber accedido al pacto. Sin embargo, su odio palidecía ante el que sentía en relación con sus apresadores, a quienes aborrecía y de los que abominaba con una intensidad que no podía expresarse por medio de la palabra, y la hacía ansiar vengarse de su inhumanidad y borrarles a todos de la faz de la tierra.
Había deseado que se apresuraran a entrar en el dormitorio y que se lo hicieran de una vez para poder ganarse la píldora tranquilizante y la huida temporal. Pronto se habían presentado uno tras otro para recoger el precio.
Al recordar la velada intentó desesperadamente borrarla de su memoria, rezó para que llegara el sueño, pero el caleidoscopio giraba y le mostraba con toda claridad las imágenes que se habían sucedido anteriormente.
Las desagradables horas pasadas se convirtieron en momentos presentes. Primero el Vendedor. ¿Lo habrían echado a suertes? El primero en recoger los frutos de la colaboración fue la mole de grasa. Mientras se desnudaba, se dedicó a alabarla. Había sido muy sensata al haber accedido a ser amable.
Que constara que él no era partidario de la táctica de matarla de hambre y de la violencia física y había esperado que ella comprendiera la situación y no provocara más incidentes. Estaba contento, estaba satisfecho de que todo se hubiera solucionado favorablemente.
Debía creerle, ninguno de ellos deseaba causarle el menor daño. Eran tan esencialmente honrados como cualquier grupo de hombres que ella hubiera podido conocer. Ya lo vería. Se lo demostraría.
Y cuando finalizara la luna de miel al cabo de unas semanas, estaba seguro de que se separarían como buenos amigos. De esto último había tomado buena nota.
Se proponían soltarla "al cabo de unas semanas". Se le antojaba una eternidad. En su fuero interno, rezaba para que, a cambio de la colaboración, su cautiverio no se prolongara más allá de unos pocos días.
Al fin y al cabo, ¿acaso aquellos monstruos no procedían de algún sitio y tendrían que regresar a alguna ocupación? ¿Acaso no les echarían en falta? Pero entonces se le ocurrieron las respuestas.
Estaban en junio. Los hombres eran móviles. Los Estados Unidos eran un país de vacaciones, un país de hadas, una interminable sucesión de placeres. Es decir, que no iba a pasarse simplemente unos días sino unas cuantas semanas en aquel Auschwitz mental. ¿Cómo podría soportar un cautiverio y un tormento tan prolongados? Hubiera querido hablarle, apelar a su sentido de la justicia.
Hasta cuando se jugaba sucio había cierto grado de juego limpio. Pero el instinto le dijo que la protesta no era la mejor forma de iniciar una colaboración. Se mordió el hinchado labio inferior y guardó silencio.
Tenía delante la masa de carne. Automáticamente empezó a juntar las piernas, pero se acordó a tiempo y las aflojó. Nada de resistencia, recordó. Pero, maldita sea, tampoco les entregaría nada. Podrían gozar de su cuerpo muerto pero de nada más.
– Oiga, qué camisón más bonito -le estaba diciendo-. ¿De dónde lo ha sacado?
– Estaba aquí.
Le levantó la camisola blanca de nylon hasta la cintura y se excitó inmediatamente. Sostenía un tubo en la mano.
– ¿Le importa? -le preguntó-. Será más fácil.
Ella se encogió de hombros y separó a regañadientes las piernas.
Se acercó ansiosamente con el lubrificante y, al tocarla, se excitó ulteriormente. No quería verle. Cerró los ojos.
Y comenzó la explotación. Ya se habían iniciado los jadeos de la ballena que tenía encima y ésta se agitaba y sacudía con regularidad. No notaba otra cosa como no fuera aquella violenta inyección física.
No notaba nada, no entregaba nada, no decía nada y procuraba no escuchar el extático monólogo. Pero, aunque no estuviera obligada a sentir nada, no tenía más remedio que oír. Y la letanía no cesaba.
– Así está mejor, estupendo. ¿es estupendo, verdad, cariño? estupendo, buena chica, muy bien, estupendo, muy bien, muy bien.
Terminó.
Mientras se vestía, la expresó su satisfacción. Le habló muy animado de las mujeres que había conocido, "pero que conste que ninguna como tú, Sharon, tú eres la mejor".
No, no engañaba mucho, estaba casado, su mujer era buena, engañar mucho resultaba peligroso y, además, era una mala costumbre. Pero un poco de variedad de vez en cuando contribuía a mejorar el matrimonio. Y no siempre se veía obligado a pagar a cambio.
En su trabajo, en el ambiente en el que se desenvolvía, solía encontrar a muchas mujeres que se encaprichaban de él.
Sharon sabía que estaba deseando que le dedicara un cumplido. Se negó a abrir la boca.
– Bueno, gracias, Sharon. Ha sido estupendo. Eres algo especial. Hasta mañana.
Ella asintió imperceptiblemente.
El segundo fue el Tiquismiquis, con su triste ratoncillo blanco. A pesar de lo que pudiera haberle dicho su predecesor, seguían mostrándose muy cautelosos a propósito de la colaboración.
Estaba nervioso, se disculpaba, le hablaba estúpidamente de estadísticas que había sacado de manuales sexuales de las que se deducía que una mujer podía entregarse a varias relaciones sexuales en el transcurso de una sola noche sin que tal actividad resultara perjudicial para sus órganos genitales.