Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Era víctima de haberla venerado y deseado demasiado y, sin embargo, experimentaba sentimientos de culpabilidad por haberla forzado de aquella manera De ahí que su mente no le permitiera consumar el amor con ella.
Muchacho -hubiera querido decirle ella-, piensa en tus padres, en tus temores infantiles, en tus decepciones de adolescente, en tu falta de autoestimación. No me culpes a mí y no culpes tampoco a las mujeres sexualmente liberadas que te atemorizan. El problema eres tú, no nosotras.
Hermano, necesitas ayuda y yo soy la única que podría ayudarte. Pero no voy a hacerlo, se prometió a sí misma enojada. Sufre, cerdo impotente.
Se encontraba a su lado y se le movía la nuez.
– No se lo cuentes a los demás -le dijo-. No lo entenderían.
– No me interesa hablar de usted -dijo-. Hágame un favor.
– Lo que quieras, Sharon.
– Tápeme -le dijo ella señalándole los pies de la cama-Y deme la pastilla para dormir.
– En seguida.
Le bajó el camisón. Tomó la manta que había a los pies de la cama y la cubrió con ella hasta los hombros.
Le levantó la cabeza de la almohada, le depositó la píldora en la lengua y después le dio a beber un poco de agua para que pudiera ingerirla.
– ¿Alguna otra cosa? -le preguntó.
– Déjeme dormir.
– Ya no estás enojada, ¿verdad? -le preguntó resistiéndose a marcharse.
Miró con incredulidad a aquel cretino chiflado.
– ¿Cuánto tiempo hace que no le violan en grupo? -le preguntó ella amargamente. Tras lo cual giró la cabeza, oyó que se abría y cerraba la puerta y esperó al último visitante: el sueño reparador.
Ahora, tras finalizar el primer día de colaboración, yacía despierta esperando la llegada del sueño. El reloj le dijo que hacía más de veinte minutos que se había tomado la píldora que nunca fallaba.
Rezó para que esta vez no la abandonara. Bostezó. Y empezó a imaginarse una entrevista consigo mismo, tal como solía hacer muchas veces.
Bien, señorita Fields, ¿qué opina de su aproximación a los papeles dramáticos?
Mmmm, yo diría que ha sido un acierto. No podía seguir haciendo siempre lo mismo. Mi público no me lo hubiera permitido.
¿Está usted satisfecha de su último papel?
A decir verdad, el papel no me gustaba. Pero estoy sujeta a contrato durante unas cuantas semanas y no tenía otra alternativa. O lo hacía o me moría de hambre.
Señorita Fields, ¿está usted satisfecha de su actual situación?
Bueno, nadie suele estar satisfecho jamás. Yo diría que mi situación actual es mejor que la anterior. Pero eso no me basta. Fundamentalmente, soy un ser libre. Adoro la libertad. Pero sigo bajo contrato, ¿sabe usted? Y eso coarta mucho, ¿sabe? No seré feliz hasta que me sienta libre.
Señorita Fields, ¿considera que existe algún obstáculo que se interponga entre usted y la absoluta libertad?
Sí. La moda de los Clubs de Admiradores. Tener que satisfacer a los Clubs de Admiradores es la trampa más peligrosa que pueda haber. Para sobrevivir, tienes que hacer lo que ellos quieren y sabes que, al final, pueden cansarse de ti, rechazarte, matarte.
No será tanto, señorita Fields.
Vaya si es, le digo que estoy francamente asustada.
Muchas gracias, señorita Fields.
Bienvenida, señorita Fields.
Esbozó una soñolienta sonrisa. Aquellas escenas imaginarias eran siempre el preludio del sueño. Se sentía dispuesta a no pensar y a entregarse, a ser posible, a un vacío sin sueños.
Pero en su cabeza seguía danzando una cosa. La colaboración era el “statu quo”. Tal vez la mantuviera físicamente viva, pero la desesperada rabia que experimentaba la destruiría por dentro, se la comería viva y la destrozaría. Vivir de aquella manera era como no vivir.
Emergería de allí, si es que emergía, psíquicamente enferma, incapaz de hacer frente a nada y a nadie, con el orgullo destruido, con su concha vacía apta únicamente para vivir en una triste habitación de la Residencia de Actores Cinematográficos.
No podría soportar varias semanas de implacable humillación, con su vida enteramente a la merced de aquellos sujetos. Era necesario salir de allí cuanto antes en bien de su cordura. Pero ¿cómo? Pensó en Nellie y en Félix Zigman.
Los había perdido pero ahora pugnó por encontrarlos y darles la voz de alerta. Estaba segura de que Nellie ya habría dejado de tomarse en serio sus palabras de la víspera del secuestro. Ahora que ya habían transcurrido tres semanas, no, dos mejor dicho, tres días.
No le cabía la menor duda de que Félix seguiría estando convencido de que ella había desaparecido por capricho y se habría cruzado de brazos.
No. Imposible. Félix se habría alarmado. Y Nellie también. Ya se habría puesto en marcha el engranaje. Abrigaba esperanzas. La encontrarían.
Pero ¿cómo? ¿Cómo era posible que la encontraran si ni ella misma sabía dónde estaba? Pero tendrían que encontrarla aunque no fuera más que para apresarles y castigarles por la degradación a que la habían sometido. Averiguar todo aquello se había convertido para ella en una obsesión.
¿De dónde procedían? ¿A qué se dedicarían? ¿Cómo se llamarían? ¿Cómo la habían traído hasta allí? ¿Qué lugar era aquél? Preguntas.
Tal vez Nellie y Félix consiguieran hallar algunas respuestas. Tal vez ella pudiera ayudarles, tal vez. Era necesario. Estaba demasiado aturdida para poder seguir pensando. Pero procuraría no olvidarlo a la mañana siguiente.
No olvidar, ¿qué? Mmmm, hola, señor sueño, viejo amigo, Sabía que vendrías.
Había dormido y dormido y estaba todavía soñolienta cuando a las nueve de la mañana la despertó el Vendedor con la bandeja del desayuno.
Le habían permitido utilizar el cuarto de baño y verse libre de las ataduras mientras consumía ávidamente el desayuno, pero después habían vuelto a amarrarla.
Dos horas y media más tarde, el Soñador le había traído el almuerzo y le había soltado la mano derecha para que pudiera devorar el pan de centeno, la ensalada de atún y la manzana cortada, él se había sentado a su lado observándola tímida y ansiosamente mientras comía.
Sólo se habían cruzado unas pocas palabras. Al atarle una vez más la muñeca y retirar la bandeja, ella le había preguntado:
– ¿A qué día estamos?
El se miró el reloj calendario y contestó:
– A sábado veintiuno de junio.
– ¿Cuándo me secuestraron ustedes?
– La… nos la llevamos el miércoles, este último miércoles por la mañana -contestó él, contrayendo las facciones en una mueca.
Ella asintió y él la dejó sola.
El cuarto día, pensó. Era indudable que Nellie y Félix ya habrían tomado cartas en el asunto, se habrían puesto en contacto con influyentes amistades, y a estas horas la policía ya estaría sobre su pista.
Sus pensamientos quedaron interrumpidos por voces a dos niveles. Se sobresaltó. Era la primera vez que oía voces procedentes de la habitación de al lado. Insólito.
Hizo un esfuerzo, levantó la cabeza y se percató de que, al salir con la bandeja, el Soñador había olvidado cerrar bien la puerta. Dos niveles de voces.
Dedujo que uno de ellos debía pertenecer a un aparato de radio o televisión, porque las palabras subían y bajaban, sonaban artificialmente y se oían ruidos.
Por el contrario, el otro nivel estaba segura de que pertenecía a las ya conocidas voces de sus apresadores. Pero no lograba entender claramente lo que decían a causa del trasfondo de las voces de la televisión o la radio.
Después, como si hubieran accionado un mando a distancia, el volumen del aparato se convirtió en un confuso murmullo y se escucharon con mayor claridad las voces de los componentes del Club de Los Admiradores.
Procuró identificar las voces. El que hablaba arrastrando las palabras era el Malo. La voz más recia pertenecía al Vendedor. La voz meticulosa y estridente pertenecía al Tiquismiquis. Y la voz vacilante correspondía al Soñador.