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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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El Soñador y los restantes monstruos, sometidos al lavado de cerebro de la leyenda, no se creerían la verdad porque no querrían creérsela. Y, sin embargo, era su verdad, la atormentada odisea que desde la miseria de Virginia Occidental pasando por la infamia de Nueva York la había conducido a la despiadada explotación de Hollywood.

Los primeros años de actriz habían sido los peores, el ofrecimiento de placeres, el hacer de geisha, el ofrecimiento de su carne y de su órgano femenino con tal de alcanzar el éxito. Había sido afortunada porque lo había alcanzado. Lo había alcanzado y lo comprendió al llegar a los platós y comprobar que los hombres la necesitaban a ella más de lo que ella les necesitaba a ellos.

Su primer papel estelar la había liberado para siempre de su esclavitud en relación con los hombres y había sido libre a partir de entonces. Ahora, si bien se miraba, algo había en su pasado que la tenía perpleja. En la auténtica versión de su historia siempre había considerado que los hombres de su vida la habían explotado para satisfacción de sus propios y egoístas placeres.

Y, sin embargo, volviendo a revisar su historia, era posible que otra persona la interpretara de otro modo. Tal vez hubiera podido decirse que los hombres no habían explotado a Sharon Fields en su propio beneficio tanto como Sharon Fields los había explotado a ellos en el suyo.

Se esforzó por aclarar sus ideas. No cabía duda de que siempre había creído que los hombres la habían explotado -y la habían explotado, vaya si lo habían hecho-, pero tampoco podía negarse que ella los había utilizado constantemente y despiadadamente en su propio beneficio. Había coqueteado y les había atraído con la promesa del goce sexual.

Hábilmente, para lograr sus propósitos, había manejado a los hombres, había jugado con sus apetitos y debilidades y necesidades.

Les había enfrentado unos con otros exigiendo y después dando, siempre cambalacheando y comerciando y utilizándolos a todos en calidad de peldaños para ascender a la cumbre. Implacablemente y a sangre fría, en muy pocos años, destrozando orgullos e incluso carreras, destruyendo matrimonios, había utilizado a los hombres para ascender al pináculo.

Pero tenía una excusa. Había sido una chiquilla perdida en un tiránico mundo masculino.

Había entrado en el mundo masculino con desventaja, sin el respaldo de la seguridad familiar, sin instrucción, sin dinero, sin inteligencia natural, un auténtico ser primitivo.

No ambicionaba el dinero y la fama como no fuera para alcanzar aquello que siempre había ansiado y estaba decidida a alcanzar: la seguridad, la libertad, la independencia y la propia identidad.

Había conseguido ver cumplidos sus deseos porque era dueña, por suerte suya, de la única moneda que más anhelan los hombres: la belleza. No obstante, se resistía a atribuir exclusivamente su éxito a su rostro y a su cuerpo.

Había conocido a cientos y a miles de muchachas igualmente hermosas, muchachas de hechiceras facciones y preciosas figuras. Y, sin embargo, no habían conseguido alcanzar el mismo éxito que ella. La causa de haber conseguido el éxito no se debía sólo a la intensidad de su anhelo sino a la búsqueda de algo más que su simple apariencia exterior, algo que le permitiera promocionarse.

Había estudiado y había aprendido a utilizar su aspecto para atraer y seducir a los hombres, para convertirles en esclavos suyos fingiendo ser ella su esclava.

En eso había estribado la diferencia. Ya no recordaba con cuántos hombres se había acostado, se había hecho el amor y había dormido en el transcurso del traicionero ascenso. No podía recordarlo porque no había nada que recordar.

Eran hombres sin cuerpo y sin rostro porque se limitaban a ser unos peldaños y, tanto en la cama como fuera de ella, Sharon siempre había mirado más allá, hacia la lejana cumbre.

La sexualidad jamás había significado nada para ella. El acto jamás había sido un compromiso humano. Había sido simplemente un apretón de manos, una carta de presentación, una llamada telefónica, un contacto, un contrato, otra cosa.

La sexualidad jamás había sido para ella algo especial sino simplemente una de tantas funciones corporales automáticas, algo que se hacía, algo de que se sacaba un provecho, algo que a veces resultaba agradable pero no gran cosa, lo tomas o lo dejas, sólo que últimamente había sometido a revisión sus antiguos conceptos y había empezado a considerar la sexualidad como parte integrante del amor.

Y ahora se encontraba aquí sofaldada y atada a un lecho desconocido procurando reorganizar su futuro. Encuadrada en el contexto de su pasado, su actual situación se le antojaba mucho menos amenazadora. Al fin y al cabo, no eran más que unos hombres, y qué más daba que se lo hicieran un poco más teniendo en cuenta que ya la habían violado y le habían brutalizado el cuerpo.

Desde esta perspectiva fatalista, se le antojaba absurdo no beneficiarse de algo a cambio de lo que tendría que soportar. ¿Por qué no rendirse al precio que le exigían? ¿Por qué no colaborar a cambio de comida, descanso y liberación de las ataduras que le magullaban las muñecas, le entumecían los brazos y le producían un dolor incesante en los hombros? ¿Por qué no cambalachear al objeto de llegar a un acuerdo en el sentido de ser liberada muy pronto de aquel cautiverio? Reflexionó acerca de la posibilidad de llamarles, convocarles, decirles que estaba dispuesta a abandonar la resistencia a cambio de ciertas consideraciones.

Antes de que pudiera llegar a una decisión final, se percató sobresaltada de que no estaba sola. El más alto, con aquel rostro tan horrible y aquel lenguaje tan vulgar, se encontraba en la habitación de espaldas a ella corriendo el pestillo de la puerta.

Se le acercó rascándose la piel por debajo de la camiseta gris y se detuvo junto a la cama. Con los brazos en jarras, la inspeccionó en silencio. Después habló en un tono que, tratándose de él, hasta podía considerarse conciliador.

– ¿Estás dispuesta a comer y a tomarte las píldoras? La respuesta se le quedó atascada en la garganta pero ella la obligó a salir fuera.

– Sí -contestó.

– Eso ya está mejor. ¿Conoces las condiciones?

Conocía las condiciones. Se lo quedó mirando fijamente.

Frente baja, pequeños ojos juntos, nariz fina, delgados labios perdidos en el bosque del bigote, todo ello en un rostro huesudo y enjuto. Horrible y cruel.

Experimentó repugnancia al comprobar que se estaba rindiendo ante “aquello”, pero comprendió inmediatamente que su repugnancia no se debía a una reacción de carácter físico ante aquel individuo o cualquier otro de los demás, sino al descubrimiento de que, junto con la rendición, estaba entregando algo que era lo que más estimaba en la vida.

Podía soportar que le hubieran violado la vagina, pensó. Pero no estaba segura de poder sobrevivir a la violación de su espíritu. En todos sus pasados encuentros con los hombres que la habían explotado, el acto amoroso no había sido algo tan indiferente como ella había intentado creer.

Había llegado a odiar con toda el alma aquel cambalacheo de su cuerpo a cambio de la promoción. Demasiados hombres habían podido comprobar que su ser era un complejo y delicado mecanismo muy sensible, lleno de necesidades y deseos humanos, y, sin embargo, no la habían considerado más que una vasija inanimada rebosante de placer, una cosa, últimamente, tras haber alcanzado el éxito y haberse convertido en una diosa, había podido comprender que ya no le hacía falta someterse a la explotación de los hombres.

Ella misma se había coronado y se había ganado a pulso la libertad después de tantos años de esclavitud. Era libre, independiente e intocable. Podía hacer lo que le viniera en gana. Además, últimamente su conciencia había dado un paso adelante.

Su secretaria y confidente, Nellie Wright, formaba parte de la vanguardia del movimiento de liberación femenino. Al principio, oprimida por el pasado y sus antiguas ideas, Sharon se había burlado de las militantes creencias de Nellie acerca de la emancipación femenina.

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