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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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El espectro que había borrado su última esperanza había sido ella misma.

Navegaba al garete, sola y sin que nadie que la echara en falta, sobre una balsa en un mar desconocido y era necesario que afrontara aquella realidad de una vez por todas. Estaba totalmente a la merced de aquellos sádicos tiburones.

¿Cómo era posible que ella -precisamente ella-hubiera acabado metida en aquella pesadilla viviente? Buscó alguna explicación racional y se acordó de aquellos increíbles momentos del día anterior, de la tarde del día anterior, en que el Soñador le había leído todas sus falsas declaraciones en el transcurso de las falsas entrevistas de prensa, las declaraciones que la habían hecho aparecer como una ninfómana, papel que justamente interpretaba en su última película, “La prostituta real”.

Todas aquellas falsedades y aquella imagen suya deformada, que ya empezaba en la biografía que los estudios habían divulgado, la habían conducido en cierto modo a la cautividad de aquella cama.

La biografía de los estudios, la biografía pública, parecía que todavía estuviera escuchando al Soñador recitándola, recitándosela como si fuera el Evangelio.

Nacida en una plantación de Virginia Occidental. Sus padres, unos aristócratas. Su padre, todo un caballero y abogado sureño. Estudios en la escuela de Educación Social de la Señora Gussett y en Bryn Mawr.

Un concurso de belleza, un anuncio de televisión, el método Stanislavsky, un desfile de modelos benéfico, un descubridor de talentos, unas pruebas cinematográficas, un contrato con unos importantes estudios, un papel secundario y el inmediato ascenso al estrellato.

Santo cielo, si aquellos chiflados supieran la verdad. Pero, si alguien se la contara, no la creerían. Ni ella misma podía creérsela porque la había reprimido y enterrado hacía mucho tiempo.

En contra de su voluntad, su cerebro empezó a practicar excavaciones arqueológicas en su no muy lejano pasado. Había que ir desenterrando uno a uno todos aquellos feos y desagradables objetos. Un solo vistazo a cualquiera de ellos bastaba para horrorizarla mentalmente.

Klatt y no Fields, ése había sido su apellido y el de sus padres. Hazel y Thomas Klatt. Su padre, un inmigrante analfabeto, guardafrenos de los ferrocarriles de Chesapeake y Ohio, borracho, borracho de bourbon barato, que murió de una afección hepática cuando ella tenía siete años. Abandonándola y dejándola injustamente sola y esclavizada por Hazel (seguía sin poder llamarla su madre), que la odiaba porque era para ella un estorbo, que la obligaba a efectuar los trabajos domésticos, que no le hacía el menor caso en su afán de dedicar toda su atención a los posibles futuros maridos.

Un padrastro, desde los nueve a los trece años, otro borracho que apaleaba a Hazel (le estaba bien empleado) y que un día se largó sin más.

Otro padrastro, probablemente un tipo que debía limitarse a vivir maritalmente con Hazel, granjero y maniático sexual, que miraba a la hijastra con lascivia y que la despertó una noche cuando ella tenía dieciséis años con una garra entre sus piernas y otra sobre su busto.

A la tarde siguiente abandonó su hogar y se fue a Nueva York. Todo aquello en Virginia Occidental, los primeros años en una sucia buhardilla situada encima de unos locales de servicios religiosos de Logan. Más tarde en una helada y estéril granja de las cercanías de Hominy Falls, en la zona de las montañas Allegheni, tierras de palurdos.

Más tarde en una miserable casa de huéspedes de una empinada y estrecha calleja de Grafton.

La escuela. Tres años en una miserable escuela superior de Virginia Occidental. Tres meses de clases nocturnas en un colegio municipal de Nueva York. Seis semanas en una academia de secretariado de Queens. Por la noche en las salas cinematográficas mirando, soñando, procurando imitar.

Empleos. Camarera en Schrafft’s. Secretaria de una empresa de venta de automóviles. Vendedora de maíz tostado en un cine de reestreno. Empaquetadora de unos almacenes. Camarera de un bar. Recepcionista de un pequeño taller de confección. Mecanógrafa de una empresa de postales por correo.

Después un día el fotógrafo ¿cómo se llamaba? ¿Aquel joven de la cara llena de granos que había cambiado el rumbo de su vida? Era colaborador libre de ciertas publicaciones especializadas. Estaba realizando un reportaje fotográfico acerca de las postales.

La vio, le pidió permiso a su jefe para utilizarla en el reportaje al objeto de conferir a éste garra y brillantez.

No faltaba más. Le dedicó diez carretes. Y los fines de semana, entusiasmado ante la sensualidad que decía se escapaba por sus poros, le hizo innumerables fotografías, una vez en la campiña de Connecticut, otra en bikini en las playas de Atlantic City.

Más entusiasmo. Le mostró las fotografías a un amigo suyo que trabajaba en una agencia de modelos. El amigo le aconsejó que siguiera un curso de modelo de tres meses de duración. Ella se mostró de acuerdo.

Tenía por aquel entonces un amigo acomodado, subdirector de un hotel de la Avenida Park, y éste le pagó la matrícula del curso a pesar de lo tacaño que era, pero es que ella no estaba dispuesta a darle nada si no pagaba.

Aquel curso le enseñó muchas cosas. Al terminar, abandonó al subdirector de hotel y se hizo amiga de un redactor de una agencia publicitaria, que estaba casado y le pagó el arreglo de la dentadura y las clases de dicción y el repaso de los ejercicios. Obtuvo varios trabajos de modelo, no los mejores pero sí bastante aceptables.

Pasó sujetadores, lencería y bikinis para los compradores. Empezó a aparecer en anuncios de revistas vestida muy sucintamente con ropa interior y pasó a las portadas, primero “U.S. Camera” y después revistas para hombres, tres en dos meses.

Un agente de Hollywood de segunda categoría y ya en declive -¡un agente!-la vio en la portada de una de las revistas para hombres, la localizó, se ofreció a tomarla bajo su protección y llevársela a Hollywood, pagarle el alquiler y entregarle dinero a cuenta hasta que consiguiera encontrarle trabajo en la televisión o el cine. Y se fue con él a Hollywood.

No era gran cosa, no disponía de despacho sino tan sólo de teléfono, vestía raídos trajes, era achaparrado y panzudo, olía a puro y a ajo, pero era su agente. Personalmente se conformaba con muy poco -un trabajo manual dos veces a la semana-; gracias, cariño, muy bien. Y le encontró trabajo.

No precisamente en el cine pero muy cerca del cine. Actuó de azafata en salones del automóvil, salones náuticos y cuatro convenciones. Fue uno de los muchos cuerpos que recibieron a los invitados en el transcurso de las inauguraciones de un restaurante y un supermercado.

Muy pronto se la vio del brazo de este actor en ascenso, de aquel otro y del de más allá en fiestas y estrenos. Y todo aquello empezó a gustarle.

Su agente no sabía promocionar talentos. No inspiraba respeto ni autoridad. Sólo le conseguía contactos de segunda mano. Pero a ella le gustaba. La palabra agente era el eufemismo que se utilizaba para designar a un rufián de categoría.

Sin embargo, ella no necesitaba ningún rufián. Se las apañaría mejor por su cuenta. Fue sin cesar de un lado para otro.

Un actor de carácter. Contactos. Un director de reparto. Algún que otro papelito secundario. Un fabricante de cámaras. Mejores contactos. Un productor independiente. Dos papeles secundarios en cortometrajes.

Un acaudalado agente. Una presentación. Un director de estudios viudo. Un contrato, algunas pruebas, otro papel secundario, un puesto permanente de azafata en sus fiestas de Palm Springs, un apartamento en el paseo Wilshire. Exhibición.

El público la descubrió y la publicidad se encargó de lo demás. Casi había conseguido todo. Casi había olvidado que todo aquello había existido. Pero esta noche la habían obligado a recordarlo de nuevo.

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