El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Aunque llegaran al rancho, ¿les dejaría quedarse el senador Jellison? El rancho estaba muy por encima de la zona inundada. Si aceptaban a todos los que llegaran, sus reservas de alimentos se agotarían en un día, y al día siguiente desaparecería el ganado. Tal vez sólo admitirían a Charlie Sharps. Probablemente no necesitarían los servicios de Dan Forrester, doctor en Humanidades y ex astrofísico. ¿Quién iba a necesitarlos?
Le sorprendió encontrarse de repente ante su casa. El aparato de apertura de puertas a distancia funcionaba, y abrió la puerta del garaje. Todavía disponía de fuerza eléctrica, pero no sería por mucho tiempo. Dan dejó la puerta abierta. Una vez en el interior de la casa, encendió algunas luces y luego sacó un montón de velas, de las que encendió dos.
La casa era pequeña. Tenía una habitación grande, con las paredes forradas de libros, colocados en estanterías que iban del suelo al techo. Sobre la mesa del comedor, Dan había amontonado su equipo. Compró una buena provisión de alimentos congelados mientras los hubo en existencia, pero no se paró ahí, sino que se llevó a casa una buena cantidad de grandes bolsas de plástico, sprays de insecticida y bolas de naftalina, todo lo cual cubría la mesa. Dan se puso a trabajar en el suelo.
Silbaba a medida que realizaba su labor: rociaba un libro con insecticida, lo metía en una bolsa, con algunas bolas de naftalina, y la cerraba herméticamente. Luego metía el envoltorio en otra bolsa que también cerraba, y ésta en otra más... Los paquetes iban amontonándose en el suelo, y cada uno de ellos contenía un libro cubierto con cuatro bolsa de plástico. En un momento determinado se levantó para ponerse unos guantes y colocar un ventilador a su espalda; así evitaría que el insecticida le impregnara las manos y penetrara en sus pulmones.
Cuando el montón de bolsas sobre el suelo alcanzó una altura considerable, cambió de sitio, y cuando el segundo montón llegó a ser tan alto como el primero, se levantó lentamente. Tenía rígidas las articulaciones. Le dolían los pies. Movió las piernas para activar la circulación. Preparó café en la cocina. La radio no emitía más que los ruidos confusos de las interferencias. Puso un rimero de discos en el tocadiscos automático. Ahora tenía suficiente espacio en la mesa de la cocina y reanudó allí su trabajo.
Los dos montones separados de bolsas fueron acercándose hasta convertirse en uno solo.
Las luces se apagaron, las voces de los Beatles se hicieron graves y lentas hasta desvanecerse. Dan se vio de repente inmerso en la oscuridad y oyó los sonidos a los que hasta entonces no había prestado atención: los truenos encadenados, el ulular del viento y el fragor de la lluvia que se abatía contra la casa. El agua había empezado a filtrarse por un ángulo del techo.
Tomó un sorbo de café en la cocina y volvió a la habitación grande, iluminada por las velas situadas en estantes. Habían transcurrido varias horas. El café, olvidado, se había recalentado en exceso. Una quinta parte de los estantes todavía estaban llenos, pero la mayoría de los libros importantes habían sido empaquetados.
Dan anduvo junto a los estantes. El cansancio aumentaba su profunda melancolía. Había vivido en aquella casa doce años, pero hacía el doble de tiempo que leyó Alicia en el país de las maravillas, Los hijos del agua y Los viajes de Gulliver. Esos libros se pudrirían en una casa abandonada, junto con su colección de novelas de ciencia ficción y brujería. Los libros que había empaquetado no eran para entretenimiento, ni siquiera sobre filosofías de la vida, sino para reconstruir la civilización. Iba a dejar incluso Los planetas habitables por el hombre, de Dole...
¡No, maldita sea!, se dijo y, obedeciendo a un súbito impulso, arrojó el libro de Dole sobre la mesa. No era demasiado probable que cuando existiera de nuevo la NASA tuviese necesidad de aquel libro, convertido ya en polvo. Pero ¿qué importaba? Dan añadió algunos libros más: El shock del futuro, Los cultos de la sinrazón, el Infierno de Dante, Tau Cero... Decidió que ya era suficiente. Quince minutos más tarde había terminado. No quedaba ni una bolsa más.
Tomó café, que estaba todavía caliente, y se obligó a descansar antes de abordar lo más duro de la tarea. Consultó el reloj. Eran las diez de la noche. Había perdido la noción del tiempo.
Se dirigió al garaje y cogió una carretilla. Era nueva, todavía tenía las etiquetas. Dan se resistió a la tentación de sobrecargarla. Se puso un impermeable, botas de agua y un sombrero. Cargó la carretilla con bolsas de libros y salió al exterior a través del garaje.
El moderno sistema de desagüe de Tujunga era relativamente nuevo. El territorio estaba sembrado con depósitos sépticos abandonados, uno de los cuales se encontraba detrás de la casa de Dan Forrester. Lo malo era que se encontraba cuesta arriba, pero no se puede encontrar todo fácil.
El viento aullaba. La lluvia era salada y arenosa. La luz de los relámpagos guió precariamente a Dan. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para empujar la carretilla cuesta arriba, mientras buscaba el depósito séptico. Cuando lo encontró estaba lleno de agua, porque Dan había retirado la tapa la noche anterior.
Fue arrojando al depósito las bolsas de libros, empujándolas hacia el fondo con la ayuda de un largo trozo de tubería. Antes de regresar, abrió una bengala de emergencia y la dejó sobre la tapa del depósito.
Hizo el segundo viaje en traje de baño. La cálida lluvia que azotaba su cuerpo era menos desagradable que las ropas empapadas y pegajosas. Para el tercer viaje se puso el sombrero. Al regresar se sentía muy débil. Pensó que debería tomarse un descanso o no podría continuar. Se quitó el traje de baño mojado y se tendió en el sofá, cubriéndose con una manta... y se quedó profundamente dormido.
Cuando despertó, el estruendo de los truenos, el viento y la lluvia era infernal. Se sentía completamente rígido. Se levantó con esfuerzo, lentamente, y fue a la cocina, dándose ánimos. Primero desayunaría y luego volvería al trabajo. Su reloj se había parado. No sabía si era de día o de noche.
Llenó la carretilla sólo hasta la mitad y la empujó por el barro resbaladizo, cuesta arriba. Se dijo que en el próximo viaje debería llevar otra bengala. Cargó con todas las bolsas que pudo a la vez y las echó al depósito, empujándolas al máximo. Era improbable que nadie, estúpido o genial, buscara allí semejante tesoro, aun cuando supiera que existía. El olor apenas le molestaba, pero aquellos vientos huracanados no podían durar eternamente, y luego el tesoro estaría doblemente seguro. Fue en busca de otra carga...
Una de las veces resbaló y cayó cuesta abajo. No soltó la carretilla vacía, que le arrastró un buen trecho por el barro. Se incorporó con todo el cuerpo dolorido y sucio, y decidió que redoblaría sus precauciones.
Finalmente llevó la última carga. Se esforzó para levantar la tapa, descansó y probó de nuevo. Tardó mucho en retirarla y en ponerla de nuevo en su sitio. Luego bajó la cuesta con la carretilla vacía. Al cabo de un día sus huellas habrían sido borradas por la inundación. Dan pensó en enterrar la última prueba de su proyecto, la carretilla, pero la mera idea de emprender aquel trabajo le hizo estremecer.
Se secó con todas las toallas del baño y utilizó las mismas toallas para secar el equipo de lluvia. Sacó más toallas del armario. Rellenó las botas con pequeñas toallas de mano antes de meterlas en el coche, junto con el impermeable y el sombrero. El agua rezumaba ahora por las viejas paredes de la casa. Dan se preguntó si también se filtraría en el coche. En última instancia, no importaría. Al final tendría que abandonar el coche y andar bajo la lluvia, llevando una mochila a la espalda por primera vez en su vida. Estaría a salvo, o muerto, mucho antes de que la lluvia empezara a remitir.